22 mayo 2025
Nunca la Casona de la Casa de la Cultura Ecuatoriana -de la 6 de diciembre-ha estado tan vacía, desierta y abandonada como ahora. Nunca. Hoy, la Casona luce fría, húmeda, y descuidada.
Desde hace casi dos años ingreso a la Casona todos los días, a las cinco de la tarde, y ya sus puertas están cerradas, como si de cualquier oficina burocrática se tratara.
Recuerdo -con un dejo de nostalgia, ciertamente, pero sobre todo de rabia-aquellos días cuando la Casona era un hervidero de actividades culturales. Cuando todas sus salas y auditorios estaban llenos de artistas y de público. En sus pasillos, durante todo el día, había una gran cantidad de jóvenes artistas. Recuerdo cuando, aún estudiante, quedaba deslumbrado con las muestras de pintura, allí conocí al maestro Kingman, y a Giti Neuman. Y a los artistas del Taller de grabado; Rosero, Viver, Cueva. Y me acerqué, de la mano de Ulises Estrella, a las películas de cine francés; de Truffaut, Godard, Varda. O al cine alemán de los tres grandes; Herzog, Fassbinder y Schlondorff . O Fuera de Aquí, de Sanjinéz. Y allí miré Chacón Maravilla, de Jorge Vivanco.
Para realizar una actividad en el Aula Benjamín Carrión, por ejemplo, había que separarla con al menos 4 o 5 meses de anticipación. La Casa te ayudaba con las invitaciones para tus eventos, y con la promoción y difusión. Gracias a ello, realizamos numerosas actividades en la Casona, presentamos nuestras revistas y nuestros libros. Siempre a sala llena.
Todas sus salas de exposiciones estaban siempre con muestras de artistas, buenos y no tan buenos, que exhibían su trabajo creativo. Todas. Hoy lucen vacías. Apenas dos exposiciones con los núcleos en los últimos años, y una de estudiantes de la PUCE.
Sus paredes lucen húmedas y deslucidas, sus baños poco “acogedores”. “La gestión de una institución cultural se puede medir por si hay o no papel higíenico en sus baños,” ironizaba hace poco Paola de la Vega.
Todos los días, luego de mi programa de radio, salgo a las siete de la noche, y la Casona está siempre desolada, lúgubre y oscura por la que sólo deambulan los viejos fantasmas. Y hasta los murales, frescos, del Monstruo Paredes, de Galecio, de Guerrero, lucen descuidados y ensombrecidos.
Y vuelven a mi recuerdo aquellos años cuando, a esa hora, la Casona estaba repleta de gente que había acudido a los diversos actos. Eventos que se extendían varias horas porque entonces todos brindaban un cóctel. No había acto cultural que se respete que no ofreciera un brindis. De ahí que las conversaciones, en alto y bajo tono, se prolongaban hasta casi la medianoche. La Casona, entonces, era acogedora y emanaba un aire artístico. En el día, siempre habían actividades académicas, con colegios y universidades: talleres, conferencias, foros, cine, debates. Siempre. O simplemente te acercabas a conversar, porque incluso tenía una pequeña cafetería.
Además, la Casa invitaba a grandes escritores y artistas de todo el mundo. La fotógrafa Ma. Teresa García -quien acaba de obtener el Premio Mariano Aguilera- me recordaba la semana pasada, que ahí ofrecieron charlas -y exhibieron sus trabajos- los fotógrafos Manuel Alvarez Bravo y Paolo Gasparini. Y tantos otros. Y viene a mi memoria, que allí -en la Benjamín Carrión- escuché a Eduardo Galeano, y a Ernesto Cardenal. Entonces, la Casa promovía actividades propias, no solo alquilaba sus espacios.
Y no olvido, imposible hacerlo, que allí, en la Casona, acudía todas las semanas al Taller de Literatura con el maestro Miguel Donoso Pareja, quien retornó -alentado por la Casa- a Ecuador luego de 18 años de residir en México.
Tampoco puedo olvidar que en el Teatro Prometeo, aprendí a querer el teatro y la danza, cuando una noche me quedé asombrado ante la belleza de la danza de Wilson Pico, no sabía que a través del cuerpo se podía transmitir tanto. Hoy, el Prometeo también está vacío, apenas con una que otra función a la semana; ya no es aquel escenario emblématico de la ciudad.
Eran años -los ochenta y los noventa- de entusiasmo y rebeldía; los artistas se pronunciaban y se encontraban en la calle con obreros, estudiantes y campesinos. Luego, con el nuevo siglo, todo empezó a apagarse, la Casa se convirtió en club de amiguis y comenzó a vaciarse y a perder el rumbo. Hace cuatro años, muchos demandamos una necesaria transformación, una reestructuración institucional integral. Y por eso votamos. Pero no ha sido así. La Casa no tiene presupuestos para inversión, solo para gasto corriente. Así, la Casa, y el país, están a la deriba; vaciándose.
Al salir, a las siete de la noche, los invitados casi siempre me preguntan: ¿quién es el Presidente de la Casa? y ¿Por qué está tan vacía esta Casa?
La Casona -y los otros espacios- luce vacía, triste, moribunda, como clamando auxilio.



Ese el resultado del postmodernismo y el progresismo y el amiguismo.