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CUIDALISMO: RESPUESTA AL DESARROLLISMO – Atawallpa Oviedo

28 de octubre 2025

Una propuesta desde la alteridad para superar el desarrollo eurocéntrico —de derecha y de izquierda— con la brújula de la suficiencia y la mutualidad

El neoliberalismo prometió libertad y dejó fatiga; su gemelo estatista prometió igualdad y dejó burocracias exhaustas. Ambos compartieron un mismo sueño ilimitado: crecer sin medida, extraer sin duelo, administrar la vida como si fuera inventario. Desde la alteridad — el borde que mira distinto — proponemos otro horizonte que no nace en think tanks, sino en la memoria larga de los pueblos: el cuidalismo.

El cuidalismo es la política pública del sistema comunal milenario — hoy nombrado Buen Vivir (Sumak Kawsay) – un modelo basado en la empatía como motor y organizador de la vida común, donde el cuidado de personas, vínculos y Madre Tierra no es un gesto privado ni asistencial, sino el principio estructurante de decisiones, instituciones y economías. No compite en la carrera de lo infinito: se mueve en la dimensión de la suficiencia. No idolatra el crecimiento: ordena lo necesario para sostener la vida buena, y punto.

No es novedad: es memoria traducida al siglo XXI. El ayni y la minka/tequio, las mingas, los commons medievales, Ubuntu, las cocinas comunitarias, las chacras y los huertos familiares: todas son formas históricas de mutualidad que sobrevivieron a la retórica del “progreso” y hoy regresan como pericia cultural. El cuidalismo no romantiza el pasado: lo actualiza con herramientas contemporáneas (cooperativas de plataforma, energía distribuida, ciencia abierta, índices de cuidado) para una transición justa.

Qué cambia con el cuidalismo

No cambiamos solo políticas: cambiamos la pregunta. En vez de “¿cuánto crecemos?”, preguntamos “¿a quién cuidamos, qué cuidamos y cómo lo organizamos?”. De esa pregunta nacen cuatro piezas que funcionan juntas:

Cuidonomía: economía del suficiente y de las interdependencias. Presupuestos con “partida de cuidados” prioritaria; compras públicas a redes locales; energías distribuidas; soberanía alimentaria con circuitos cortos; bancos de tiempo; finanzas comunitarias; auditoría y reducción de deuda de cuidados.

Cuidacracia: gobernanza del cuidado. Consejos comunales y urbanos que deciden protocolos de salud, agua, alimento, suelos y tiempo; presupuestos participativos de cuidado; rotación del servicio para que el poder no se acumule y el cuidado no se feminice ni se precarice.

Cuidadanía: ciudadanía que se reconoce como cuidadora y cuidada. Derechos y obligaciones de cuidado (infancias, mayores, personas con discapacidad), licencias parentales simétricas, sistemas de respiro para cuidadoras, corresponsabilidad varón–mujer–comunidad–Estado.

Cuidaculturas: cultura que honra cuerpos, territorios y saberes. Educación para la empatía organizada; ciudades de proximidad; artes que reparan; medios que miden la densidad de vínculos más que el rating del escándalo.

¿Por qué ni derecha ni “izquierda del desarrollo”?

Porque ambas comparten la matriz eurocéntrica del ilimitado. Una la privatiza; la otra la estataliza. Las dos convierten a la Tierra en “recurso” y al tiempo humano en “insumo”. El cuidalismo desarma esa gramática: su unidad de medida no es el PIB, sino la capacidad de cuidado (tiempo disponible, salud relacional, suelo fértil, agua limpia, resiliencia comunitaria, alegría compartida). No es anti-Estado ni pro-mercado: es pro-comunidad con Estado y mercado subordinados al mandato del cuidado.

Formas concretas de cuidado (y cómo se organizan)

Cuerpo y salud: atención primaria comunitaria, nutrición local, movimiento cotidiano, salud mental de base barrial; clínicas de cercanía con partería y saberes integrados.

Emocional y relacional: casas de la escucha, mediación comunitaria, justicia restaurativa.

Intergeneracional: guarderías y centros de día cogestionados; padrinazgos comunales; pedagogías del hacer.

Comunitario: mapeos de vulnerabilidad, brigadas de cuidado, protocolos de emergencia y redes de abastecimiento.

Territorial y ecológico: cabildos del agua y del suelo; moratoria extractiva en nacientes; reforestación productiva; agricultura regenerativa; ciudades caminables.

Digital y del conocimiento: datos como bien común, conectividad como derecho, plataformas cooperativas, ciencia abierta y repositorios comunitarios.

Todo esto no depende de la caridad, sino de diseño institucional: presupuestos, tiempos, roles, indicadores y evaluación pública.

Métricas para otro mundo

Lo que no se mide, se pierde. Indicadores clave del cuidalismo:

Tiempo de cuidado disponible por persona (y su distribución por género/edad).

Deuda de cuidados (horas impagas que el sistema descarga en hogares).

Huella material per cápita y biocapacidad local.

Densidad de vínculos (redes activas, participación rotativa).

Soberanía del agua y del alimento (origen, distancia, estacionalidad).

Salud mental comunitaria (aislamiento, ansiedad, violencia).
Son métricas de suficiencia y bien-estar relacional, no de expansión sin fin.

Camino de transición (posible y verificable)

Primer año: presupuestos con “partida de cuidados”; mapa de vulnerabilidad; bancos de tiempo; cabildos del agua; compras públicas locales.

Tres años: red de centros de cuidado integrados; energía distribuida en barrios; mercados de productores; licencias parentales simétricas; justicia restaurativa en conflictos vecinales.

Diez años: 50% del gasto orientado a infraestructura de cuidado; soberanía alimentaria urbana-rural; movilidad de proximidad; educación reorientada a la empatía, regeneración, y cooperación.

Obstáculos y antídotos

Cooptación (asistencialismo): blindaje con gobernanza comunitaria y rotación.

Tecnocracia sin alma: formación en empatía aplicada para equipos públicos.

Romantización del pasado: evaluación y mejora continua.

Carga sobre las mujeres: corresponsabilidad obligatoria y redistribución de tiempos.

Lo que afirma (y lo que deja atrás)

El cuidalismo afirma: suficiencia, reciprocidad, cuerpos y territorios dignos, tecnologías al servicio de la reproducción de la vida, economías de cercanía, culturas de ternura.
Y deja atrás: el mito del ilimitado, la guerra de todos contra todos, la culpa como gobierno del alma, la obediencia sin conciencia, la “eficiencia” que abarata la vida.

En síntesis: el cuidalismo surge desde la alteridad como crítica y superación de las concepciones eurocéntricas del “desarrollo” —de derecha y de izquierda—. No ofrece un eslogan: ofrece una organización del cuidado. Es empatía hecha arquitectura: instituciones, presupuestos, hábitos y métricas que sostienen la vida con suficiencia y mutualidad. No pide fe: pide práctica. Si el siglo XX fue el de la producción, que el XXI sea el del cuidado organizado. Porque donde hay cuidado, ya hay futuro.

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