Esta, la quinta entrega del libro “La Dignidad de la Memoria” (2025, editores: Fausto Campaña y Arturo Campaña), es una historia de solidaridad. Su protagonista y relatora es María Correa, hija del embajador del Ecuador en Chile (Alfredo Correa Escobar) al momento del golpe militar de Pinochet.
María Correa salvó varias vidas, al salvaguardar a jóvenes, hombres y mujeres ecuatorianos, chilenos y de otras nacionalidades que buscaban asilo, cuando impidió que fueran rechazados por los funcionarios en la embajada, el consulado y la residencia del embajador, abarrotadas luego del golpe. La historia muestra que la solidaridad no tiene tintes ni filiaciones políticas.
María Correa no era militante de la Unidad Popular, pero vivió ese rico proceso y luego las atrocidades de la dictadura. Con un profundo humanismo, protegió a las personas que lo requerían. Su compañero, Juan Pablo Lira, si fue militante de la Izquierda Cristiana y también participa en esta recopilación, con una historia donde desnuda la responsabilidad del grupo fascista Patria y Libertad en el primer intento de golpe, el “tanquetazo” del 29 de junio de 1973.
Al leer la historia que viene a continuación, que tiene fundamentalmente como escenarios las sedes diplomáticas ecuatorianas, se darán cuenta de por qué el título: “Llora, María”.
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LLORA, MARÍA
María Correa
Una vez más en mi vida debía dejar atrás un país, unos amigos, unos años entrañables. Me acababa de graduar de bachiller en Tokio y a mi padre lo acababan de trasladar a Chile.
Antes de partir a la Sorbona para comenzar la universidad, habíamos decidido con mis padres que pasaría las vacaciones en Santiago acompañándolos en el inicio de su nueva misión. Yo sabía que se acercaba mi reencuentro con JPL a quien había conocido unos años antes en Quito, y con quien habíamos “pololeado” y estaba emocionada. ¿Cómo sería volver a vernos?
En mi mentalidad un tanto fatua de esa época, imaginaba el encuentro como en un cuento de hadas… (¡Nada más lejos de la realidad!)
Era el año 1971.
JP era un militante de izquierda viviendo apasionadamente, como el 99% de la juventud chilena el momento histórico más crucial de su país y de América, el primero en tener un gobierno izquierdista revolucionario elegido democráticamente, y el cuento no era exactamente uno de hadas. Era la revolución y había que comprometerse.
Nos volvimos a juntar; él dejó a la polola de turno y se quedó conmigo, y yo dejé la Sorbona y me quedé con él, estudiando en la Católica.
Me acuerdo con impresión que la primera pregunta que te hacían en la U era “¿en qué partido militai? “
Mi padre era Embajador en Chile. JP era dirigente de las juventudes de la IC durante la UP cuando ocurrió el golpe de estado en el 73.
Si bien mi corazón estaba absolutamente y siempre había estado con los oprimidos, nunca entendí la petulancia y verborrea de los políticos. ¡En una concentración de la IC me quedé dormida oyéndole a Bosco Parra! Parecía que lo único que movía tanto a unos como a otros era el poder y la vanidad.
Había un inmenso cartel de Jesús con un fusil a la entrada del partido. ¿¿Pero dónde estaba la acción efectiva??
Un día acompañé a hacer trabajo con pala durante un temporal en una población callampa. Eso sí tenía sentido. Me sentí feliz.
Llora María
La vida cambió para siempre luego del 11 de septiembre.
Yo sabía con absoluta certidumbre que estaban pasando cosas terribles. Empezaron a llegar los asilados a la embajada ecuatoriana. El cuarto de juegos grandote que daba al jardín se llenó de literas y se cocinaba en unas ollas gigantes para toda la gente. Había más de 60 personas asiladas y en las oficinas de la embajada en Providencia llegaron a estar 125 personas más.
La casa ya no daba abasto. Y seguían llegando. Cuando mi viejo decidió decir que no podían alojar a más personas la cosa se puso dura. Me ponía a llorar cada vez que llegaba alguien trepándose el muro o saltando por los tejados vecinos a rogar le dieran asilo y que mi padre les decía que no porque ya no había donde. Eso le conmovía y terminaban quedándose. Como me había hecho amiga de los asilados la consigna se volvió “¡Llora María!” De alguna manera que no logré descubrir ellos se enteraban cuando alguien planeaba entrar: Yo me plantaba delante de mi viejo y lloraba.
Así conocí a Lenin Eiffel Jiménez.
Me habían dicho que esa tarde tenía que llorar como a las cuatro. Y así fue. Llegó por el muro de atrás que, daba con la Embajada de Canadá y con la casa de unos momios. Cuando intentó saltar lo vieron de la otra casa y empezaron a tirarle de las piernas. Logró aterrizar finalmente ante los gritos de los demás que lo vitoreaban desde dentro y los momios que lo insultaban desde fuera. Jamás había salido de su población bien al sur, hasta el día en que se enteró que tenía pena de muerte por… nada. Venía escapando de los milicos que ya lo habían tenido preso y torturado. Era todo flacuchento, esmirriado, lleno de tics nerviosos y con el terror grabado en su mirada que a duras penas levantaba del piso. No hablaba con nadie. Eligió un rincón y ahí se sentó dos meses en silencio. Decían que le habían puesto electricidad en sus testículos y pies. Eso me impresionaba tremendamente. ¡No me cabía en la cabeza que las personas pudieran ser crueles con las personas!
Decidí sentarme con él en su silencio un par de horas cada día. Hasta que un día levantó la mirada y me sonrió.
Cuando mucho después le llegó el salvoconducto para partir me alegré y me dio mucha pena. Era mi amigo.
Meses después me escribió desde Bruselas. Lenin Eiffel Jiménez pasó de su pueblito en el sur, a Bélgica, donde le impresionaba entre tantas otras cosas que hubiera hombres que bailan con hombres en las discotecas.
Se había corrido la voz. Me empezaron a buscar a toda hora.
Yo era peladita, y eso de jugarse el pellejo me daba profunda satisfacción y un sentido. Un día llegaron Angélica y… toda su familia a mi casita de Vitacura. Querían que ayudara a asilar a su marido. Él estaba escondido y en peligro de muerte.
Entendí que me tocaba algo más creativo que llorar, y rápido. Me acordé que en dos días habría una gran recepción en la embajada y que por tanto no habría los guardias de rigor que el gobierno de Pinochet asignaba en las entradas de todas las embajadas para impedir los asilos. ¡Esa excepción era nuestra oportunidad!
Me senté en el living de mi casa con ese montón de personas sencillas que me miraban implorantes como quien contempla al Mesías. Y se armó la fiesta: ¿a ver… quién tiene el auto más encachao? Lo consigo yo, decía el tío. ¡Una gorra de chofer tiene el Tito! El terno oscuro lo puso el primo; y así, más elegante que la yegua del payaso, Pancho G. a los dos días estuvo entrando a territorio ecuatoriano por la puerta grande en las narices de los milicos, al cóctel del Embajador del Ecuador, quien fiel a la costumbre y parado en la entrada daba la bienvenida a sus invitados acompañado de su esposa y de su hija… la que sabía llorar.
Un día, mientras acompañaba silenciosa a Lenin Eiffel en el salón de los asilados, se me acercó una mujer joven muy humilde y completamente desesperada. Nunca habíamos conversado. Había logrado entrar hacía un par de días junto a su marido y a su hijita de un año. Se veía profundamente abatida. Mirando furtivamente a lado y lado para asegurarse que no la escuchaban me hizo la siguiente confesión: todo el dinero que habían logrado ahorrar durante su vida lo había cosido dentro de un osito de peluche y había quedado en su departamento de la Villa Olímpica frente al Estadio Nacional. Habían salido con lo puesto por la urgencia de salvar la vida.
Los otros le habían contado que yo ayudaba. Pasándome la llave me pidió que lo fuera a recuperar. ¡Me imploraba! Evalué la situación y sentí mariposas en el estómago. El Estadio Nacional estaba totalmente rodeado por cientos de militares ya que era uno de los principales lugares donde llevaban a los detenidos. ¡Ahí nacían los miles de desaparecidos!
Al día siguiente partimos con JP aterrados en mi pichirilo amarillo con placa diplomática. Recuerdo que al llegar y ver el panorama sentí quizá el mayor pánico de mi vida. Nos pararon un par de veces a pedir identificación y nos dejaron seguir gracias a mi pasaporte diplomático.
Los muchos bloques de pequeñísimos departamentos populares, todos iguales, adonde nos dirigíamos rodeaban completamente el estadio que estaba acordonado por militares armados en toda la periferia. Estacionamos. Tomados de las manos sudorosas caminamos con la mirada al frente y el corazón que se nos salía del pecho.
Cuando luego de mucho buscar dimos con el número nos quedamos petrificados al abrir la puerta. El departamento había sido allanado, los escasos muebles dados vuelta, el colchón destripado, todo, ropa, ollas, papeles tirados en el piso. ¡Ahí estaba la violencia frente a nuestros ojos!
Afuera, de rato en rato se escuchaban gritos y disparos… Empezamos a buscar en ese caos, ya casi desesperanzados de encontrar nada a esas alturas, y con el terror de que en cualquier momento se abriera la puerta y llegaran ellos.
Al cabo de un rato JP dijo: ¡Basta! ¡Nos vamos! Fue en ese momento que detrás de una puerta lo alcancé a ver. ¿Sería ese? Aferrada al viejo juguete salimos a toda prisa y nos largamos de ahí con la sensación de estar escapando del mismo infierno.
Jamás olvidaré la expresión en los ojos de esa mujer cuando le extendí la mano con el oso. Mire, me dijo, desgarrándole la panza con un cuchillo y sacando con sus manos los ciento ochenta y cinco dólares.
Hace un par de años, estando en el Supermaxi me abrazó repentinamente una extranjera a la que no creía conocer. Usted le salvó la vida a mi hermano, me dijo.
Esa fue la última de muchas nostalgias que me han tocado el alma.


