La comunidad LGBTIQ+ venezolana en situación de movilidad humana, enfrenta cuando menos una doble discriminación durante su trĆ”nsito migratorio: la homo-lesbo-transfobia y la xenofobia. Sin embargo, estas personas buscan -y en ocasiones encuentran- las vĆas que conducen a su posible integración en las comunidades de acogida. Lxs protagonistas de esta historia se enfocan en el trabajo con y por otrxs, como herramienta para construir el deseable nosotrxs aĆŗn esquivo en muchos casos.
El cielo de octubre llora con frecuencia. Cada tarde, con pocas variaciones, la persistente llovizna quiteƱa se vuelve aguacero. Entre las multitudes de transeĆŗntes que se dispersan a la carrera y vuelven a reunirse bajo cualquier remedo de refugio, largas hileras de migrantes caminan en todas direcciones. Caminan siempre. Sin importar el clima ni el relieve. Se buscan al andar, cambian informaciones y comprueban que forman parte de algo mĆ”s grande que ellxs mismxs. Es probable que sea ese el sentido Ćŗltimo de su marcha, aunque todavĆa no lo sepan: reconfigurar una comunidad con los fragmentos de la diĆ”spora. Y luego zurcir los bordes de ese retazo expatriado de Venezuela en la trama de otra tierra, junto con otro pueblo y otras costumbres.
No importa de quĆ© sitio provengan o hacia dónde se dirijan, el destino de lxs caminantes parece ser encontrarse en algĆŗn punto. A comienzos de 2019, cuando Rebek Torres dejó MĆ©rida, en Venezuela, demoró seis dĆas en bus para llegar a Riobamba. Por la misma Ć©poca, Robert Tigrera viajó de Maracaibo a Quito de la misma forma, pero en la mitad del tiempo. Y Camila DĆaz cambió Los Teques -cerca de Caracas- porĀ BogotĆ”, desde fines de 2018 hasta el 21 de septiembre pasado en que ingresó a Ecuador. AĆŗn no se conocen, pero todxs residen en la capital ecuatoriana y comparten su condición de personas LGBTIQ+ en situación de movilidad humana.
TambiĆ©n les vincula la vocación de trascender los lĆmites de sus propias necesidades: Rebek proyecta instalar una academia de artes en que lxs niƱxs de cualquier clase social puedan realizarse; y Robert preside la Asociación Civil Lluvia de Arcoiris, que trabaja en defensa de los derechos humanos de la población sexogĆ©nerodiversa y otros Grupos de Atención Prioritaria. āYo quiero encontrar alguna organización donde capacitarme y despuĆ©s devolver ese apoyo en servicios. Busco prosperar en este paĆs, salir adelante y aportar cosas positivas a la sociedadā, sostiene Camila, quien carga todavĆa con la precariedad en las maletas y en los documentos.
Muchxs migrantes de la diversidad sexogenĆ©rica, como Rebek, Camila y Robert, inician su trayecto en compaƱĆa de la decepción, el dolor o el miedo. Atraviesan las incertidumbres y las ondas concĆ©ntricas de discriminación (por gay, por trans, por vivir con VIH, por extranjerxā¦) que bordean el camino. Y, pese a todo, algunxs logran volver a esperanzarse con la construcción colectiva de una vida mĆ”s amable.
Origen: la autopreservación como horizonte
DetrĆ”s del primer paso de una migración forzada como la venezolana, hay redes que se rompen y una confianza adelgazada hasta el extremo de la invisibilidad. La noción de ānosotrxsā pierde su natural relevancia cuando la autopreservación ocupa todo el horizonte: antes que nada, salvar la vida; proteger a unos pocos afectos cercanos; dormir a cubierto. Comer hoy. El resto bien puede ponerse en lista de espera hasta asegurar la subsistencia.
Camila DĆaz decidió abandonar Venezuela una vez que la dieta exclusiva de arepas, cuando siquiera las habĆa, dejó de saberle a tradición para volverse rutina y escasez. Era entonces un joven gay que ganaba algo de dinero en distintas ocupaciones informales: limpieza de casas, cortes de cabello, peinados, maquillaje y ventas ambulantes le permitĆan mantenerse al filo de la pobreza sin cortarse. La situación familiar no era mucho mĆ”s desahogada; y pronto, la crisis económica general les impuso sus reglas de miseria racionada.
āEra horrible hacer colas todo el tiempo y no conseguir casi nada para comer. Algunas veces pasamos hambre. AdemĆ”s, desde que salĆ del clóset, la relación con mi papĆ” fue muy mala porque Ć©l no me aceptaba; aunque se separó de mi mamĆ” unos aƱos despuĆ©sā, cuenta Camila, que partió hacia BogotĆ” un dĆa de septiembre, sin contactos ni propuestas laborales. Apenas sus dos manos como principales herramientas de trabajo y un bolso con algunos implementos de belleza, regalo de su abuela, pretendĆan ser la llave hacia un futuro mejor en otra parte.
La realidad de Robert Tigrera, por el contrario, pasó de la holgura a las angustias en muy poco tiempo. Graduado en Comunicación Social, con mención en Publicidad y Relaciones Públicas, hasta 2018 era propietario de una agencia publicitaria bastante consolidada en Maracaibo. La pérdida paulatina de clientes fue el primer indicio de la tormenta inminente. Le siguieron el deterioro socioeconómico y financiero nacional, la inflación y el descalabro de la infraestructura de servicios, que hicieron de la vida en Venezuela algo bastante parecido a una tortura.
Sólo al ver comprometidas su salud y la seguridad de sus familiares, fue que la āalternativaā de migrar pasó al modo imperativo. Primero, como persona que vive con VIH, Robert comenzó a tener dificultades de acceso a los medicamentos necesarios, al igual que miles de venezolanxs en su misma condición. Poco despuĆ©s, un violento robo le dio el impulso decisivo hacia fuera de las fronteras de ese paĆs desesperanzado y desesperanzador que era el suyo.
La inseguridad, otro elemento detonante de la migración de Robert Tigrera.
āDespuĆ©s de eso, vendimos la casa y lo poco que nos quedaba, juntamos lo que podĆamos llevar en algunas cajas y vivimos un tiempo en el departamento de mi hija mayor, donde sufrimos otro robo antes de salir hacia Ecuador. En Quito ya estaban unas primas, la mamĆ” y el abuelo de IvĆ”n, mi pareja. Nuestra idea original era quedarnos tres meses y luego seguir hacia Chile, donde estĆ” la mayor parte de mi familiaā, rememora Robert, sobre una planificación migratoria destinada por ahora a seguir pendiente. āPero eso sĆ, a Venezuela no vuelvo ni de turistaā, remarca.
A pesar de todos los males -los visibles, los entrevistos y los invisibles- que han sacudido a su paĆs, Rebek Torres nunca creyó que hubiese un mejor lugar en el mundo para vivir. Y es probable que siga sin creerlo por completo. Hija de padres profesionales, criada sin apremios económicos y reconocida por su madre como mujer trans desde la infancia, creció con una notable seguridad en sĆ misma. āMi madre me dijo siempre que yo era una guerrera de la vida, como si me estuviera preparando para lo que me tocó enfrentarā¦ā, razona Rebek, sin perder el asombro ante la precisión del presagio. O por lo ajeno que le resultaba aquel momento.
Porque ella ni siquiera recuerda haber sufrido discriminación por su identidad de gĆ©nero, fuera de los conflictos con su padre -que hasta intentó violarla-, que la obligaron a dejar la casa familiar y mudarse sola a MĆ©rida en la adolescencia. AllĆ salió adelante con esfuerzo hasta graduarse en la Universidad de Los Andes, donde se inició en la docencia. Pero esa imagen casi soƱada empezó a volverse pesadilla el 7 de diciembre de 2018, justo el dĆa en que Rebek cumplĆa 30 aƱos.
Tras un intento de suicidio y quince dĆas hospitalizada, despertó sin ganas de abrir los ojos. El sólo hecho de respirar le parecĆa un esfuerzo exagerado. āMi mejor amigo, Juan Nelo -con quien cursĆ© desde el bachillerato hasta la universidad-, me dijo que no podĆa seguir asĆ, que tenĆa que irme a otra parte. Mientras estaba sedada, Ć©l envió mi hoja de vida a una academia de reinas de belleza en Riobamba, Ecuador, donde me aceptaron. Acordamos que yo me irĆa primero y Ć©l me acompaƱarĆa unos meses despuĆ©sā, evoca. Algunas semanas y unos cuantos trĆ”mites mĆ”s tarde, todavĆa indecisa, partió con la ilusión de dejar el dolor atrĆ”s. Pero otros le aguardaban.
TrƔnsito: una carretera sinuosa y con obstƔculos
No hay lugar para el romanticismo: las nuevas oportunidades viajan por una carretera sinuosa, en un vehĆculo lento y atestado de personas. El futuro de quienes migran por la fuerza, huyendo de las calamidades, huele a sudores, a impaciencia, a deseos entumecidos, a mareo y vómitos. āLos tres dĆas de viaje que nos prometieron, fueron el doble. Y esos buses llevan gente hasta en los cauchos (llantas). Ya estĆ”bamos todos hartos, incómodos, no tenĆamos dónde asearnos, el baƱo era terrible. Sólo diez pasajeros llevĆ”bamos los papeles necesarios para cruzar la fronteraā, comenta Rebek.
Su ingreso al Ecuador es Ôgil, dentro de lo que prefiere recordar. Porque para toda mujer trans migrante, cada etapa incluye rutinas excluyentes. En cualquier revisión de equipaje o documentos, se evidencian rasgos de abuso de intensidad variable y miradas prejuiciosas que la resignación no consigue normalizar.
ā(Los Estados) A. AdoptarĆ”n todas las medidas legislativas, administrativas y de otra Ćndole que sean necesarias a fin de impedir que se perpetren torturas y penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes porĀ motivos relacionados con la orientación sexual o la identidad de gĆ©nero de la vĆctima, asĆ como la incitación a cometer tales actos, y brindarĆ”n protección contra ellos; (ā¦) C. EmprenderĆ”n programas deĀ capacitación y sensibilización dirigidos a agentes de la policĆa, al personal penitenciario y a todos los otros funcionarios yĀ funcionarias de los sectores pĆŗblico y privado que se encuentren en posición de perpetrar o impedir que ocurran dichos actosā.
(āPrincipios de Yogyakarta ā Principios sobre la aplicación de la legislación internacional de Derechos Humanos en relación con la orientación sexual y la identidad de gĆ©neroā. Yogyakarta, Indonesia, noviembre de 2006).
Pablo SolĆs (CARE Ecuador): riesgos y acciones de protección durante el trĆ”nsito de mujeres y niƱas en situación de movilidad humana.
āCuando por fin llegamos a TulcĆ”n, varios de mis paisanos y yo fuimos al mismo hotel, pero la encargada se negaba a alojarme: decĆa que como yo era una mujer trans, seguro querĆa el cuarto para hacer trabajo sexual. Si no fuese por el apoyo de los demĆ”s, que casi la obligaron a aceptarme, no sĆ© si habrĆa conseguido dónde dormirā, cuestiona Rebek. Su victoria, no obstante, no es completa: al dĆa siguiente, la responsable del lugar se rehĆŗsa a servirle el desayuno incluido en el precio de la habitación. Tiene que reemplazarlo por algunas viandas que las organizaciones humanitarias ofrecĆan por el camino y que ella, previsora, habĆa conservado.
Al tiempo que Rebek Torres parte rumbo a Riobamba, Robert Tigrera se detiene ante el puesto fronterizo de Rumichaca. āNuestra travesĆa a travĆ©s de Venezuela fue terrible: no hubo tantos filtros, tantos bloqueos, tanta burocracia y tanta maldad como la que sufrimos por parte de los militares y policĆas de nuestro paĆs. Parece mentira: cuando entramos a Colombia todo cambió, el viaje fue mucho mĆ”s tranquiloā, asegura Robert, quien ademĆ”s por un descuido -olvidó hacer sellar su pasaporte al volver de una visita anterior a Barranquilla- se ve obligado a pagar cuarenta dólares para evitar mĆ”s trĆ”mites.
Las cosas vuelven a complicarse en el lĆmite norte del Ecuador. Pese a haberlos solicitado antes de viajar, Robert e IvĆ”n nunca recibieron los registros de antecedentes policiales requeridos por las autoridades ecuatorianas. Y al principio, los funcionarios migratorios tampoco avalan su pedido de refugio por razones mĆ©dicas, ya que ambos viven con VIH. Sólo despuĆ©s de un largo debate con el responsable del puesto sanitario, les otorgan un permiso provisorio de permanencia en el paĆs por pocos dĆas.
ā(ā¦) en Ecuador, donde el acceso a la salud es universal y la estrategia para el tratamiento para VIH funciona en el sistema de salud pĆŗblica, hay zonas donde la xenofobia es fuerte y eso genera miedo y rechazo, razón por la cual muchas personas se inhiben de ir a los centros de salud para acceder al medicamento. Se estima que hay 1.062 venezolanos con VIH en Ecuador, de los cuales sólo 373 estĆ”n siendo tratados con ARVs por parte del sistema de salud pĆŗblicaā.
(āMovilidad y Diversidad ā La salud fĆsica y mental de personas migrantes y refugiadas venezolanas en relación con su orientación sexual o identidad de gĆ©neroā, Centro de Derechos Humanos, Universidad Católica AndrĆ©s Bello. Caracas, Abril 2021).
Al igual que Robert, Rebek sortea los escollos que supone emprender una nueva vida en tierra ajena. La oferta laboral gestionada por su amigo no era falsa pero, al ver que es una mujer trans, los empleadores ponen excusas para incorporarla. Ni siquiera su formación -es graduada en Administración de empresas, Danza y Artes del Movimiento y Teatro- parece torcer la negativa. āAl final, les dije que me dejaran trabajar sin pagarme, y que volviĆ©ramos a hablar si conseguĆa resultados. De las 16 niƱas que orientĆ©, 14 ganaron sus concursos. No les quedó mĆ”s remedio que contratarmeā, dice con picardĆa.
En la atmósfera de los meses siguientes sopla una leve brisa de realización personal y profesional para Rebek, que el trato social contradice. Empezando por el padre de una de sus pequeƱas alumnas, que rechaza su identidad de gĆ©nero y la posibilidad de que su hija estudie con ella. “La niƱa tenĆa talento natural para el modelaje y el baile; soƱaba con eso aunque su papĆ” se lo prohibĆa, porque segĆŗn Ć©l, esas eran cosas de ‘niƱas malas’. Pero logrĆ© convencerlo y la chiquita estaba feliz. Fue su historia la que inspiró mi proyecto de una academia donde todas las personas puedan cumplir ese sueƱo, sin que importen su origen ni sus dificultades”, se ilusiona, aĆŗn en medio de las expresiones de odio, abuso y violencia que padece en diferentes circunstancias.
Cada paso y cada minuto vividos de ese modo, laceran el Ć”nimo y las convicciones, incluso en alguien tan segura de sĆ misma como Rebek. Sólo la expectativa por la pronta llegada de su amigo Juan, prevista para agosto de 2019, atenĆŗa el maltrato de la comunidad riobambeƱa. Pero una vez mĆ”s le espera la intemperie: āJuanchix -asĆ lo llamaba yo- estaba listo para viajar a Ecuador pero a fines de julio lo asaltaron, en Venezuela, y le dieron una golpiza muy fuerte. Estuvo hospitalizado tres dĆas, recibió el alta y enseguida volvieron a ingresarlo. Poco despuĆ©s, me llamó su madre para contarme que habĆa muerto; tenĆa lesiones internas que los mĆ©dicos no analizaronā, se lamenta Rebek, mientras brega por contener el llanto que se trepa a su garganta. Muy pronto, ella misma es vĆctima de un brutal asalto que reabre esa herida y la entrelaza con otras, pasadas y presentes.
La discriminación en Ecuador, desde la experiencia de Rebek Torres.
Una tarde, al regreso del trabajo, un automóvil pasa con lentitud junto a ella. Lleva abierta una de las puertas traseras y eso enciende sus alarmas mentales, aunque ya es tarde para reaccionar. Un hombre se acerca por detrÔs y la empuja hacia el carro, mientras otro la aprisiona desde el interior. Rebek forcejea hasta que un golpe en el rostro y un olor extraño la desvanecen. Recupera la conciencia en una habitación oscura y cerrada, sobre un colchón hediondo a peligro de muerte. Lleva marcas que duelen, en varias partes del cuerpo. Grita por ayuda y le responden otros gritos, amenazantes.
DespuĆ©s de algunas horas de dudas y planes descartados, descubre una pequeƱa ventana que su flexibilidad de bailarina le permite alcanzar y atravesar. Ya fuera, advierte que estĆ” en el segundo piso de una casa antigua, semejante a una hosterĆa rural. Se espanta el miedo, salta y corre fuera de ese lugar. Junto a una carretera cercana, pide auxilio pero nadie se detiene. āEstaba desesperada, asĆ que decidĆ botarme sobre el siguiente carro que pasara. Si me morĆa ya no me importaba. Por suerte, me lancĆ© sobre un taxi que alcanzó a frenar y el conductor me ayudóā, suspira. DetrĆ”s quedan las voces y pasos apresurados de sus agresores, que intentaban recapturarla.
Tras escapar, golpeada por dentro y por fuera, le falta recibir una nueva bofetada. El taxista JosĆ© Gavilanez la conduce hasta una unidad de policĆa en Riobamba y se ofrece como testigo para asentar la denuncia del hecho. Pero el oficial que les atiende se niega a tomar el trĆ”mite: āMe dijo que seguramente yo era trabajadora sexual, y que los golpes me los habrĆa dado mi pareja por estar con el taxista que me salvó la vida. DiscutĆ con Ć©l, pero no logrĆ© nada. Cuando me iba, seƱaló mis documentos y dijo: āY a propósito, eres hombreāā, recuerda con rabia.
Pasa alrededor de una semana con pesadillas, sin salir a la calle. Cuando por fin consigue abandonar su departamento, identifica a uno de sus atacantes conduciendo por el centro de la ciudad. El frenazo del vehĆculo propicia un breve cruce de miradas entre ambos, que se traduce en miedo; y el miedo activa la necesidad de Rebek de huir de aquel sitio, sin importar cómo ni hacia dónde. El nombre de Quito es uno entre tantos, para quien no tiene planes ni preferencias en ninguna parte, pero hacia allĆ se dirige.
Al sur de BogotĆ”, en la localidad de Kennedy, a Camila DĆaz tambiĆ©n empiezan a crecerle los temores. Lleva cerca de un aƱo allĆ y no logra afianzarse en ningĆŗn sentido. Tampoco lo harĆ” en el futuro inmediato. āAllĆ” hay mucha delincuencia, narcotrĆ”fico, drogas, prostitución⦠Todo el tiempo aparecen cadĆ”veres por las callesā, revela. La falta de oportunidades es lo Ćŗnico abundante en esa zona, en especial para una mujer trans migrante que acaba de iniciar su transición de gĆ©nero.
Camila DĆaz cuenta los inicios de su transición hormonal.
Cuando la discriminación laboral se vuelve recurrente y la estrechez económica le hace compaƱĆa, los proyectos mĆ”s descabellados pueden parecer razonables. A tropezones, durante un largo perĆodo, Camila descubre la falsedad de esos cantos de sirena luego de haberse dejado seducir por ellos. Sufre robos, violencia verbal y maltrato psicológico, que la sumergen en frecuentes episodios de angustia o depresión. Hasta resulta vĆctima de explotación, como trabajadora sexual de vĆa pĆŗblica y modelo webcam: āTuve que hacer shows de mĆ”s de ocho horas, pero el dinero que recibĆa apenas me alcanzaba para pagar los gastos. Nunca le pude enviar nada a mi mamĆ”ā, se queja, mientras echa luz sobre el oscuro rostro de un fenómeno muy extendido en Colombia.
Pero tambiĆ©n, antes de que el reloj marque que es demasiado tarde, aparecen en su vida personas valiosas. āMi amiga Milena, una chica costeƱa colombiana, me recibió en su casa, me ayudó a conseguir algunos trabajos temporales y me regaló a mi gatita MilĆŗ para ayudarme a salir de la . Y FabiĆ”n, mi actual pareja, es la persona mĆ”s importante para mĆā, reconoce. Sin embargo, su situación no deja de ser frĆ”gil: ambos carecen de empleo estable y eso les impulsa a buscar un futuro lejos de BogotĆ”.
āEstĆ”bamos muy mal económicamente, por eso decidimos migrar al Ecuador. Vendimos algunas de nuestras pertenencias, compramos varias chaquetas y llaveros para vender, y nos montamos en un bus hacia Ipialesā, resume Camila. Al bajar, un rato antes del amanecer, reciben la primera mala noticia del viaje: el costo habitual del taxi hasta el paso fronterizo es de doce dólares, pero a ellxs les exigen veinte. Y sobre el lĆmite del paĆs y de sus recursos, sin registrar su ingreso en migraciones, invierten la misma cantidad de dinero en dos boletos hacia Quito.
A poco andar, un retĆ©n policial detiene el transporte para verificar los documentos y el equipaje de sus ocupantes. El aire se tensa cuando el oficial responsable observa a Camila: el gĆ©nero y la imagen en su cĆ©dula ya no la representan. Sin rodeos ni sensibilidad, le indica que debe salir del vehĆculo y regresar por donde vino. FabiĆ”n y sus dos mascotas pueden seguir adelante, pero no ella. Para el vigilante fronterizo, una perra y una gata tienen mejores posibilidades de atravesar la frontera ecuatoriana, es decir mĆ”s derechos, que una mujer trans venezolana.
āNos bajamos y le dije a Camila que fingiera volver, para ganar tiempo. Enseguida nos alcanzó otro bus al que ya habĆan revisado: le dĆ al controlador nuestros Ćŗltimos diez dólares y una chaqueta para que nos deje subir. Ella vino corriendo, se trepó y asĆ pudimos viajar hasta Quito. Ese policĆa no tuvo nada de humanidadā, sentencia FabiĆ”n. En situaciones asĆ, el destino no regala oportunidades. Hay que robĆ”rselas para seguir adelante.
MarĆa Gabriela Alvear (DiĆ”logo Diverso) reflexiona sobre la necesidad de que el Ecuador aplique una visión de Estado con enfoque de gĆ©neros.
Destino: hay un nosotrxs al final del arcoiris
Rebek, Robert y Camila estĆ”n por fin en Quito. Sus trayectos e inicios en la ciudad han sido muy diferentes; el punto en comĆŗn es que lxs tres tenĆan otros objetivos en mente al dejar Venezuela. Pero Robert cuenta con el apoyo de varixs familiares y amigxs, mientras que ambas mujeres carecen de una red semejante. Rebek, ademĆ”s, estĆ” sola: āLleguĆ© y no sabĆa quĆ© hacer, asĆ que me puse a vender golosinas en los medios de transporte y en el semĆ”foro de las avenidas de los Shyris y Naciones Unidas, en el centro-norte de la ciudad. Fue muy duro, los hombres me decĆan cosas horribles desde los carrosā, se indigna.
Durante el dĆa, Rebek trajina en busca de generar algĆŗn ingreso económico; por las noches, duerme en una gasolinera cercana. Acaso aturdida por sus tragedias recientes, no atina a solicitar la asistencia humanitaria que numerosas organizaciones ofrecen a las personas en su situación. Pero lo peor, para su autoestima, es el forzoso abandono del tratamiento hormonal. Recordar la imagen que le devolvĆa entonces el espejo, vuelve a provocarle estremecimientos de disgusto.
Hasta que la casualidad se disfraza de pequeƱo milagro: un antiguo compaƱero de la universidad, tambiĆ©n residente en Quito, la reconoce y la invita a compartir el departamento que arrienda con su novio. Una vez que ellos continĆŗan su ruta migratoria, Rebek vuelve a quedar sola, pero esta vez con un sitio al que puede llamar hogar. Y desde allĆ, donde vive todavĆa, inicia una etapa de esforzada recuperación: āComo no conseguĆa trabajo lavĆ© ropa, freguĆ© pisos y limpiĆ© baƱos hasta que me contrataron en una agencia de viajes. Pero nunca abandonĆ© mi sueƱo de volver a la danza, a dar clases, al arteā, subraya.
La ocasión de retomar ese rumbo se la ofrece el programa formativo Pro Diversidad, que la organización DiÔlogo Diverso convoca cada año. En ese espacio de capacitación, las personas LGBTIQ+ en situación de vulnerabilidad pueden combinar y desarrollar sus fortalezas para materializar sus proyectos. Al momento de participar de esa iniciativa, a fines de 2021, Rebek sólo tiene acceso parcial a un ordenador con conexión a internet, asà que toma apuntes manuscritos y pide ayuda a sus conocidos de la Universidad de Los Andes, en Mérida, para realizar la presentación final.
āCuando anunciaron mi nombre entre los premiados, no lo podĆa creer. Ahora estoy mĆ”s cerca de iniciar mi escuela de danza y modelaje. Y si yo pude, con todo lo que me pasó, muchxs mĆ”s pueden tambiĆ©nā, se entusiasma. Luego de ese estĆmulo, consigue un nuevo trabajo en un canal de televisión local y se inicia como maquillista profesional, otra de las habilidades fortalecidas a lo largo de los talleres.
āEl 70% de las personas entrevistadas expresó que en su paĆs de origen no habĆan trabajado en el oficio que actualmente desempeƱan. En los grupos de discusión, plantearon que sus trabajos actuales son un oficio ocasional para sobrevivir, que no corresponde con las oportunidades profesionales y personales de sus trabajos anteriores en su paĆs de origen, con lo que han estudiado o con sus expectativas de vidaā.
(āSentir que se nos va la vida ā Personas LGBTI+ refugiadas y migrantes de Venezuela en Colombia, Ecuador y Chileā. R4V, Barranquilla, 2020).
Pablo SolĆs (CARE Ecuador): información oportuna y desarrollo de procesos de integración para las personas en situación de movilidad humana.
A pesar de la contención que le brindan los familiares de su pareja, Robert tampoco logra ejercer su profesión al establecerse en Quito, el 14 de febrero de 2019. Un poco a causa del creciente desempleo general; y otro poco, porque legalizar su tĆtulo universitario en Ecuador se le hace imposible, ante la falta de algunos requisitos que no puede gestionar a distancia. āCon IvĆ”n hicimos trabajos que nunca imaginamos: cargamos bolsas de papas y zanahorias en un mercado por cinco dólares al dĆa, vendimos plantas energĆ©ticas, participamos de cuanto curso de emprendimiento encontramos⦠En ese momento yo tenĆa 48 aƱos y no habĆa -tampoco hay ahora- muchas alternativas para gente de mi edad; pero querĆamos independizarnos económicamente y tener nuestro propio espacio para vivirā, explica.
De manera casi inadvertida, esa búsqueda incesante los involucra también en tareas de voluntariado, con colectivos que protegen los derechos de las personas en situación de movilidad humana y de la comunidad LGBTIQ+. La colaboración con quienes se hallan en circunstancias similares a las suyas, pasa a ser su principal mecanismo de integración en el nuevo entorno. Porque, aunque atraviesan algunas situaciones discriminatorias, a pocos meses de su arribo empiezan a descubrir que la vida en Quito les agrada lo suficiente como para quedarse.
āDe las personas que mencionan conocer los derechos a la no discriminación que plantea la Constitución del 2008, el 48,0%, considera que a partir de dicha norma, se cumplen los derechos de la población LGBTI, asĆ como de quienes han mencionado conocer las reformas al Código Penal, el 49,3% considera que esto ha servido para sancionar a las personas que violan los derechos de la población LGBTIā.
(āEstudio de caso sobre condiciones de vida, inclusión social y cumplimiento de derechos humanos de la población LGBTI en el Ecuadorā. INEC, Quito, 2013).
AnÔlisis de Javier BenalcÔzar (Fundación Ecuatoriana Equidad), sobre las principales dificultades de la población LGBTIQ+ migrante al llegar a Quito.
āNos han negado arriendos por nuestro acento, o por ser una pareja gay, pero finalmente conseguimos un departamento en la zona de Cotocollao, al norte de Quitoā, celebra Robert. En la cercana Administración Zonal La Delicia, gracias al impulso de dos funcionarias de la SecretarĆa de Inclusión Social, consolidan su inclinación hacia la labor comunitaria. AsĆ, participan de la creación de fundaciones o se integran a algunas ya existentes, en busca del espacio que les permita compartir saberes y experiencias con otras personas. Cuando les invitan a sumarse a la Asociación Civil Lluvia de Arcoiris, todas las piezas se acomodan: pronto, el vicepresidente y el presidente se retiran de sus funciones, y el resto de lxs integrantes decide que Robert asuma el rol directivo.
Desde entonces, la energĆa de hacer e imaginar se le desborda en cada palabra y en todos los gestos. Convenios con organismos internacionales; incidencias en escuelas y colegios para prevenir la homofobia, la xenofobia y el acoso; asistencia a personas que viven con VIH, vĆctimas de violencia y población LGBTIQ+⦠āEl Ćŗltimo aƱo hicimos tambiĆ©n una campaƱa llamada āUn arcoĆris para Navidadā con el apoyo de Lilas en Acción, Fundación CORDIS, SECAP y ACNUR Ecuador, en la que repartimos ropa, juguetes y almuerzos a 150 familias en situación de calle. Fue algo muy conmovedor, pero para este aƱo queremos llegar a 500 familiasā, anticipa, y se enorgullece del próximo lanzamiento de la Red Somos, que articularĆ” a diez organizaciones de población venezolana en Ecuador con ACNUR, para realizar actividades conjuntas.
Camila DĆaz no ha pisado, todavĆa, el sendero solidario que Rebek Torres y Robert Tigrera ya comenzaron a recorrer. Pero conoce el valor de las organizaciones de la sociedad civil y de la cooperación internacional -como la Fundación Ecuatoriana Equidad y HIAS Ecuador, que la recibieron en sus casas de acogida-, y sabe que desea seguir esas huellas. āMe encantarĆa trabajar en hogares de ancianos, o en el cuidado de animalitos, como devolución de la ayuda que me dieron estas institucionesā, repite Camila, mientras su mirada se pierde entre las nubes amenazantes de este octubre, pródigas en truenos y lluvias. Aunque cree descubrir un matiz luminoso en esas gotas que ya se descuelgan del techo comĆŗn.
Lejos, los tajos abiertos de las trochas y carreteras ven pasar muchedumbres invisibles, que caminan sin descanso en busca de algo que siempre estĆ” mĆ”s allĆ”; acaso el tesoro al que conduce el arcoĆris. Un breve agujero en la densa capota de nubes quiteƱas, permite atisbar el azul del cielo y un reflejo de sol crepuscular, que amaga con pintar la apacible estela multicolor, bandera de las diversidades. Al final de ella, el oro oculto se corporiza en un nosotrxs. Siempre.
Producción realizada en el marco de la Sala de Formación y Redacción Puentes de Comunicación III, de Escuela Cocuyo y El Faro. Proyecto apoyado por DW Akademie y el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania.
*Jorge Basilago, periodista y escritor. Ha publicado en varios medios del Ecuador y la región. Coautor de los libros āA la orilla del silencio (Vida y obra de Osiris RodrĆguez Castillos-2015)ā y āGrillo constante (Historia y vigencia de la poesĆa musicalizada de Mario Benedetti-2018)ā.
Edición: Edgar López / Ela Zambrano.
Realización audiovisual: Andrea Moreno.
FotografĆas: Andrea Moreno / Camila DĆaz / Rebek Torres / Robert Tigrera / CARE Ecuador / DiĆ”logo Diverso / Javier BenalcĆ”zar / Unsplash.





Excelente trabajo. Un reportaje que muestra 3 historias, 3 pensamientos, 3 reslid, des duras, complejas, pero que evidencian el sentido de resiliencia y el entusiasmo ( Dios adentro) de toda persona que posee sueƱos, ideales, propósito. Todxs merecemos respeto, nclusón y una sociedad de derecho a travĆ©s de una vida digna, es lo que debe prevalecer ante cualquier cosa. Gobiernos y sociedad deben impulsar y fomentar la empatĆa, la no violencia y sobre todo, el amopr y respeto por el prójimo. Mu buen trabajo Jorge,