Danny Gassman
14 de enero 2026
La incursión de Estados Unidos en Venezuela revela un cambio en la idea que se hacía el país del Norte sobre la región: pasó de concebirla como trastienda o retaguardia a entenderla como un barrio peligroso
Semanas antes del ataque de Estados Unidos a Venezuela, tuvo lugar una matanza en Río de Janeiro, llevada a cabo por los acólitos de Bolsonaro, según se decía, con el propósito de atrapar al cabecilla del Comando Vermelho. La magnitud del crimen atrajo la atención mundial y parecía obedecer a intenciones que iban más allá de lo meramente policial: golpear al gobierno de Lula mediante una matanza semejante significaba mostrar el nivel de peligrosidad que se vive en Brasil. Este hecho no es, sin embargo, un caso aislado. En toda la región, el Crimen Organizado – o la Mafia – se ha convertido en un problema que ha terminado por saltar de lo policial a lo político. México es sin duda el caso más escandaloso, en donde el poder político parece haber perdido el control de gran parte del territorio, y tiene que entenderse con los Carteles de Sinaloa o Jalisco para hacerse vagamente presente. Pero algo similar pasa en toda Centroamérica, en Colombia, Ecuador, Perú…y claro, en Venezuela.
Tras la incursión en Venezuela, que tuvo como resultado la extracción de Maduro, Trump declaraba que su motivación era controlar el petróleo venezolano. Sin embargo, resulta poco posible que llegue a tal objetivo en un corto y mediano plazo. El petróleo no puede ser extraído fácilmente, demanda enormes inversiones y una cooperación política que Darcy Rodríguez no le va a prestar fácilmente. Esta especie de golpe de Estado – que no ha fracturado siquiera al partido en el poder – se parece en cierta forma a todas las cacerías que se llevan a cabo contra los capos del crimen organizado en toda Latinoamérica. Y la motivación expresa de EE.UU. era efectivamente esa: la de luchar contra el cartel de los soles capturando a su cabeza visible. Como el crimen organizado se ha infiltrado en la política, la motivación de EE.UU. resultaba lógica: no se podía distinguir entre mafiosos y políticos.
De ahí que la justificación del ataque haya resultado posterior y confusa: Estados Unidos no va por el petróleo, en realidad. Su ataque es principalmente de carácter policial, aunque en la memoria latinoamericana se recuerden las invasiones militares con el propósito de controlar territorios o recursos. En este caso, como sabemos, Estados Unidos no tiene militares ni diplomáticos en Venezuela, y aunque exige de Venezuela la ruptura de relaciones con China y Rusia, en la medida en que siga gobernando el chavismo, tal cosa es difícil que suceda. Movido por una corriente de ideas que tiene cerca de unos treinta años, lo que hizo Trump fue golpear al crimen organizado, al que EE.UU – y no solo EE.UU. – ha identificado con el terrorismo.
Cabe tener en cuenta que Trump, en su primer mandato, había ya advertido sobre un inminente ataque a México, con el fin de golpear a los carteles de la droga. Si tal cosa no tuvo lugar entonces, ahora sí llevó a cabo un ataque no tanto inspirado en la doctrina Monroe, sino en la idea de que luchando contra el narcotráfico se lucha contra el terrorismo. Aunque el charlatán de Trump amenace ahora con tomar Groenlandia, no lo va a hacer, porque tendría que repetir un movimiento similar al llevado a cabo en Venezuela, y sospecho que en Groenlandia no hay muchos grupos de crimen organizado ni cabecillas a los cuales atrapar. Trump no está controlando Venezuela ni lo va a hacer: sólo es un ataque de magnitudes gigantescas contra una banda criminal.
Seguramente este ataque es una mezcla de la fanfarronería de Trump, la necesidad de replegar su influencia al continente americano, y una doctrina policial que viene de lejos, como dijimos, y que identifica el narcotráfico con el terrorismo. Si observamos con cuidado, vamos a ver que se parece más a lo que pasó en Río de Janeiro que a lo que sucedió en Panamá.
Este giro convierte a los militares de Estados Unidos – y a los militares de la región – en una fuerza de apoyo a las operaciones policiales. Cabe considerar este ataque en comparación con lo que ha sucedido en Ecuador durante el gobierno de Noboa: el ataque de Trump, como la guerra interna de Ecuador, se libra contra el crimen organizado, no contra otro país o contra una fuerza subversiva. Como hemos visto en Ecuador, la guerra contra el crimen organizado significa para el país un permanente estado de emergencia, en el que se pierden los derechos y en donde el ejército trabaja en una especie de limbo, pues una guerra así no se libra contra otro ejército, ni siquiera contra una guerrilla, sino contra el crimen.
La policía persigue delincuentes, pero el ejército no libra una guerra contra civiles, aunque sean delincuentes, pues la organización, incluso las armas del ejército, no sirven para eso. Sin embargo, se pueden usar para bombardear lanchas en el océano o campamentos mineros en las montañas, como ha sucedido recientemente en el Caribe, a cargo de Trump, y en los Andes, a cargo de Noboa. Y como sucedió en Río de Janeiro, donde los centenares de muertos eran casi todos civiles. Que el ejército intervenga – o subordinar el ejército a la policía – significa desdibujar la tarea militar y exponer a los civiles a ataques militares.
Por otra parte, ya que el gran enemigo de Estados Unidos y de sus aliados es el Crimen, resulta que cualquiera que sea acusado de relación con el Crimen puede convertirse en terrorista. Y, en tanto terrorista, puede convertirse en objetivo militar: podría no ser aprehendido y juzgado, sino atacado militarmente. Sin embargo, como sabemos, el Crimen Organizado se extiende por muchísimos niveles, desde la droga, al contrabando, la extorsión, al lavado de dinero – lo que significa invertir en inmuebles, autos, negocios…- hasta la compra de políticos. De ahí que resulta muy difícil saber hasta dónde y hasta dónde no llega la influencia de una actividad semejante, que se desarrolla siempre en las sombras. Y que, por lo tanto, dada su ambigüedad, puede servir de coartada para cualquier señalamiento. Es decir, casi cualquier ser vivo podría ser objeto de acusaciones. Y, por lo tanto, de cacerías o ataques.
Estoy seguro que en el futuro veremos más operaciones semejantes, sea que las lleve a cabo Estados Unidos o sus acólitos. Sea en una magnitud como la que tuvo lugar en Venezuela o en una escala más pequeña, como la de atacar Durán, en Ecuador, o una ciudad de Colombia, Perú o México. De ahí que no sea tan descabellado creer que Estados Unidos si podría repetir la misma operación llevada a cabo contra Maduro contra otros políticos latinoamericanos, sobre los cuales recaiga la sospecha de colaboración con el narcotráfico. Eso quiere decir que la nueva doctrina recién está dando sus primeros pasos prácticos.
Publicado primero en Matarata: https://matarata.wordpress.com/2026/01/14/de-patio-trasero-a-favela/


