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viernes, marzo 6, 2026

CÓMO VOLVERSE UNA GOTA DE AGUA – José Antonio Astudillo Salazar

18 de septiembre 2025

El 16 de septiembre de 2025, en el valle de Guapondelig, aconteció uno de los sucesos más singulares en la historia moderna de la nación Equinoccial. Un fenómeno social que rozaba lo místico con el milagro de la vida: el agua.

Por la mañana, uno a uno, los moradores comenzaron a salir de sus casas, de manera casi inconsciente, o mejor dicho, delirantes de conciencia. Desde las y los abuelos más patrimoniales hasta las niñas y niños más silvestres; desde las campesinas y campesinos más sabios hasta las juventudes más coloridas y diversas. Todos, uno a uno, se regaban en las aceras adoquinadas, se derramaban desde los balcones floreados, y en un acto de transmutación colectiva se fueron convirtiendo en gotas de agua.

El espectáculo comenzó cuando, al encontrarse todos en las calles, estas empezaron a inundarse. Aquellas gotas, átomos de rebeldía y lucha, se unieron en un caudal correntoso, fresco, furioso y transparente. Ya no se distinguía dónde terminaba un cuerpo y comenzaba otro; y la verdad, había dejado de importar.

He de mencionar que esta ciudad está atravesada por cuatro ríos. De ahí que los bárbaros barbados intentarán renombrarla como Santa Ana de los Cuatro Ríos. Pero sus habitantes siempre supieron fluir: reunirse en las orillas, enamorarse frente a la corriente, y fertilizarse con su rumor espumante. Sin embargo, jamás habían llegado al extremo de abandonar el sólido cuerpo y volverse enteramente líquidos.

El quinto río creció hasta hacerse una fuerza imparable. Para algunos pigmeos, incapaces de nadar a causa del desagrado que les provoca mojarse, aquello era motivo de miedo, por ello van en busca de desiertos áridos, tumbas de lagunas y cementerios de páramos. Así que aquel día los diminutos trasgos hicieron lo posible por estar lo más lejos, subiendo a castillos blancos desde donde observaban todo aterrorizados mientras buscaban culpables. 

Cuando la urbe ya no soportó más, estalló y se desbordó en ella un carnaval: voces y consignas se mezclaron con los sonidos del agua chocando contra las piedras. Dicen que aquel día el cielo se volvió labios de llovizna, y besó el rostro de cada niño que corría libre, seguro de dónde estaba, en medio de un estado de excepción.

Queda entonces la pregunta: ¿cómo algo tan imposible pudo suscitarse en estos tiempos donde las personas no son agua, sino humo? Todo apunta a que, cuando una tristeza se comparte de manera masiva, y el rocío de cien mil corazones atormentados no le basta una mejilla para decantar, algo en la química humana cambia para siempre. Y las personas de Guapondelig compartían una pena: su llanura tan grande como el cielo, su tierra ancha como el paraíso, había sido ultrajada.

He de mencionar que no se trata de un mito nuevo en esta comunidad. Basta visitarla para advertir su fantasía: puentes que no llevan a ningún lado, pasado y futuro conviviendo en el presente, melancolía convertida en celebración, casitas de aguardiente e iglesias de agua bendita en cada esquina, y atardeceres donde el sol parece desear quedarse.

Por eso, cuando la jornada concluyó, nadie preguntó nada, nadie se sorprendió. Todos retomaron lentamente su forma humana, sus ropajes, sus horarios de 7 a 8, sus credenciales de mentira, y caminaron a casa. Pero algo había cambiado para siempre: el agua de Cuenca nunca volvió a ser un simple elemento del paisaje. Se convirtió en savia bruta que mantenía vivos a los azuayos.

Desde entonces, las guardianas del agua y los centinelas del macizo saben que, pase lo que pase, mientras exista agua alrededor no harán falta reyes de cartón ni tesoros de oro. Solo bastará la unidad de las gotas para convocar, una y otra vez, al quinto río de la ciudad.

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