10 de Agosto 2015
El actual estado de cosas en el Ecuador suscita un cuestionamiento radical del poder polĆtico, en sus diversas presentaciones ideológicas. El asistencialismo estatal y el pasado sirven como coartada para hacer las cosas que antes no permitimos que se hicieran: endeudar al paĆs sin lĆmites, firmar tratados de libre comercio, reelegirse indefinidamente.
En apariencia, quienes adscribieron a la izquierda y permanecen todavĆa dentro del gobierno pretenden levantar un orden revolucionario frente al orden del capitalismo, pero dado el estado actual de cosas, y tras las lecciones que nos dejó el socialismo real, resulta ridĆculo y ofensivo, y, siguiendo a Roberto Arlt, es preferible hablar de la ādestrucción del orden socialā, antes que de la transformación del mismo. Aunque en apariencia estuviera defendiendo una posición nihilista, a lo que me refiero es a mantenerse en estado de alerta, de perpetua lucha.
Por lo tanto, creer en la publicidad de un gobierno que se autodenomina revolucionario es como creer en la promesa de los revolucionarios. Bajar los brazos y dejarse engullir por sus apetitos. Hay que recordar que para el gobierno, o para el poder, no existe ley que deba respetarse. Lo que existe es la fuerza. Recordemos que el gobierno prĆ”cticamente disolvió el llamado congreso de los manteles, saltĆ”ndose cualquier legitimidad. Recordemos lo que ha hecho con sus crĆticos ā independiente de que tengamos simpatĆa por ellos – los ha perseguido o encarcelado, o anulado polĆticamente. Sus excesos parecĆan sostenerse en la promesa demagógica del buen vivir, de las buenas carreteras, de la educación de la excelencia, etc., etc.. Pero es fĆ”cil prometer y cumplir con las cuestiones materiales si se tiene una buena chequera en el bolsillo. Creo que el gobierno compró la voluntad del pueblo durante estos aƱos, excluyĆ©ndolo por la fuerza de la experiencia polĆtica. Su ley de comunicación, su consejo de participación ciudadana, sus mĆŗltiples ministerios son un entramado burocrĆ”tico ajeno a la polĆtica, pero no al poder: son un aparato de servilismo y opresión. Incluso su mayorĆa en la asamblea es lo mismo: funcionarios que cumplen órdenes. No son legisladores, en el sentido que daba Rousseau a la palabra, encargados de interpretar la voluntad general.
Oprimidos por una burocracia abusiva, abrumados por la publicidad engaƱosa, tuvimos que escuchar una y otra vez la mitologĆa sobre que āEl pasado no volverĆ”ā, āEl pasado nunca mĆ”sā, āSon los mismos de la partidocraciaā. Cualquier mito se erige sobre un fundamento verdadero, es decir, algo de razón tenĆa el gobierno en acusar a los actores del pasado de nuestras desgracias. Comenzando por Febres Cordero, que persiguió y asesinó a los integrantes de un grupo armado, y siguiendo con Mahuad, en cuyo gobierno vivimos la peor de nuestras crisis republicanas: asalto bancario, migración masiva. El gobierno buscaba legitimarse por medio de la lógica del enemigo mortal: el pasado, la partidocracia, los pelucones. Pero como resultaba evidente desde un inicio, pese a las canciones revolucionarias, sin embargo de los himnos patrióticos, no obstante las comisiones de la verdad, el mismo gobierno usaba a los hombres del pasado, se apoyaba en las maƱoserĆas de la partidocracia, contaba entre sus financistas y amigos a varios pelucones. Por lo tanto, no tenĆa objeto usar un discurso polarizado, que sólo servĆa para engaƱar a los bobos. Basta presentarse a cualquier concurso pĆŗblico, basta acudir a cualquier ministerio: sin influencias, sin dinero, los ciudadanos de a pie no valemos nada.
Es cierto, existe una polĆtica de asistencialismo āhospitales, escuelas, carreteras- pero si atendemos a los orĆgenes del cesarismo correĆsta, si advertimos la forma que ha asumido con el tiempo, sabemos con toda certeza que esos hospitales, etc. estĆ”n allĆ no por un principio de responsabilidad polĆtica, ni de conquista social. EstĆ”n allĆ para comprar votos. Eso es el asistencialismo.
Entiendo que muchos ciudadanos bienintencionados miran el asistencialismo con buenos ojos, asĆ como se alimentan de la mitologĆa sobre el pasado, sobre todo porque ese pasado, encarnado por el banquero Lasso, amenaza con retornar. Y puestos en la encrucijada de perder esas dĆ”divas del gobierno, y ante la posibilidad de un Lasso presidenciable, prefieren dejar las cosas como estĆ”n. Yo mismo me he dicho a veces, es el mal menor, el estado es el mal menor, como decĆa Hobbes. Pero la reelección indefinida, la inminente firma de un tratado con Europa, y la abultada deuda externa que el estado sigue contrayendo para sostener su asistencialismo no son ya el mal menor, sino lo contrario: tiranĆa, entreguismo a potencias extranjeras, ruina económica.
SĆ© que ahora mismo no hay una opción de poder real, una vĆa partidista, un movimiento social poderoso, pero queda el desafĆo de conciencia frente a un estado de cosas cada vez mĆ”s insostenible. Y ese desafĆo de conciencia contra el estado y su correlato capitalista implica una negación de todo. Un rechazo del orden social, de las ambiciones polĆticas de los interesados en que se acabe el correĆsmo, de los movimientos sociales anquilosados en sus pequeƱos discursos, de los sindicatos esmirriados. Es decir, enfrentarse con el estado implica enfrentarse contra todo, pero no para que algo cambie y todo siga igual, sino para que quienes nos han gobernado por casi una dĆ©cada pierdan el poder, aunque lo tomen otros despuĆ©s. Que pierdan el poder porque el poder les estĆ” haciendo creer que son invencibles, imbatibles, y no lo son. Porque se escudan en sus creencias y en sus promesas, y asĆ justifican sus crĆmenes. Porque finalmente, es preferible luchar contra muchas mafias dĆ©biles y no sólo contra una mafia fuerte. Porque eso son nuestros polĆticos, y nuestros banqueros y capitalistas. Mafiosos. Delincuentes de cuello blanco.
Leo enĀ El TelĆ©grafoĀ que se van a retirar los impuestos a la salida de divisas. Que me perdonen los economistas, pero lo que leo en el diario estatal āy que aparece tambiĆ©n en una pequeƱa nota enĀ El Comercioā significa dar luz verde para que el paĆs se convierta en una especie de paraĆso financiero, en el que no se va a controlar la plata que entra, y lo que es mĆ”s grave, la que sale. ĀæA quiĆ©n beneficia semejante ley? Ya lo decĆa el poeta Nicanor Parra, la izquierda y la derecha unidas jamĆ”s serĆ”n vencidas.



Felicitaciones. Excelente artĆculo, significa que debemos votar y apoyar temporalmente a una mafia mĆ”s dĆ©bil para sacar a la mafia fuerte del poder, es la Ćŗnica tĆ”ctica que nos queda.