04 de noviembre 2026
Entre cruces blancas, flores de colores y alimentos preparados en casa, mientras en otros espacios unas manos pulsan las cuerdas de un arpa para arrancarle sonidos melancólicos en medio de las plegarias, las fotografías nos acercan a una relación con la muerte que vuelve a encontrarse con la vida a través del vínculo y el acto de compartir. Los familiares acuden a las tumbas para encontrarse con sus muertos, compartir los alimentos y acompañarlos como si nunca se hubieran ido. Dentro de la tradición católica, cada 2 de noviembre se conmemora el Día de los Difuntos, mientras que para las comunidades y familias indígenas esta fecha se inscribe en el Aya Markay Killa, cuya traducción podría aproximarse al mes de cargar o abrazar a los muertos.
Las familias kichwas de Cotacachi, en Imbabura, llevan al cementerio alimentos preparados el día anterior para compartirlos con sus difuntos. Es un encuentro no solo con los muertos, sino también con la propia comunidad, cuyos vínculos se renuevan a través de la reciprocidad. Dar de comer a los muertos es reconocer que todavía tienen un lugar en la comunidad, entre quienes los nombran, los invocan y mantienen viva su presencia.
La memoria, en este contexto, no consiste únicamente en recordar a quienes ya no están, sino en reconocer que la existencia no se agota con la muerte. Los muertos continúan habitando la vida de los vivos, no como una evocación distante del pasado, sino como parte de una trama de relaciones, afectos, responsabilidades y pertenencias que permanece activa en el presente. Recordarlos es también relacionarse con ellos, cuidar sus lugares, pronunciar sus nombres, compartir sus alimentos y mantener abierto ese vínculo que desafía la separación definitiva entre la vida y la muerte. La memoria se convierte así en una forma de continuidad de la existencia: los que partieron siguen siendo parte de lo que somos, de nuestra historia y de aquello que todavía estamos construyendo colectivamente.
Esta práctica dialoga con una historia andina más amplia de relaciones con los antepasados, evocada en el Aya Marcay Quilla, el mes de los muertos registrado por Guamán Poma de Ayala en sus crónicas. Sin embargo, no corresponde entender el ritual actual como una supervivencia intacta ni como una costumbre idéntica en todos los Andes: sus formas se han transformado mediante encuentros, imposiciones y apropiaciones del catolicismo. En Cotacachi, las cruces y los responsos conviven con la comida compartida y con una comprensión de la muerte como tránsito, no como desaparición definitiva. Desde esta perspectiva, el difunto no queda reducido al recuerdo de alguien que fue: continúa formando parte de una relación que los vivos mantienen y cuidan.
Alimentar esa relación permite comprender la ancestralidad no como un pasado inmóvil, sino como una fuerza que organiza el presente de la comunidad. Preparar, llevar y repartir los alimentos renueva obligaciones de cuidado y pertenencia entre las familias y la comunidad. Se trata de una dimensión política del cuidado: no solo se cuida a quienes viven, sino que ese cuidado se extiende también hacia quienes han muerto. Así, el ritual puede comprenderse como una forma de sostenimiento de los procesos comunitarios y políticos; mantiene activa una memoria desde la cual reconocerse, organizarse y proyectar un futuro colectivo. Los antepasados no sustituyen las decisiones de los vivos, pero su presencia ofrece un horizonte de continuidad y responsabilidad.
Las nuevas generaciones aprenden esa continuidad participando, acompañando y conviviendo entre las tumbas y los ayas con absoluta naturalidad. Acudir al cementerio, escuchar los nombres de los familiares, observar cómo se ofrece la comida y aprender a compartir son maneras de incorporar la memoria al cuerpo y a la vida cotidiana. De esta manera, los rituales se convierten también en una pedagogía comunitaria que trasciende los espacios terrenales y en la que las nuevas generaciones, mediante el acompañamiento y la participación, interiorizan el sentido del ritual y su pertenencia a una historia colectiva. El niño que, entre las tumbas, mira la pantalla de su celular participa de esta celebración como parte de su cotidianidad; la mujer que arrima su cuerpo a una cruz o se sienta junto a ella para acompañar a un ser querido expresa, a su manera, la persistencia de ese vínculo.
La ancestralidad perdura no porque todo permanezca igual, sino porque cada generación encuentra maneras de renovar el cuidado más allá de las fronteras de la vida. Alimentar a sus muertos es sostener la comunidad a través del alimento, el cuidado y la reciprocidad; es mantener junto a los vivos a quienes siguen perteneciendo a la comunidad y cuya memoria constituye también una fuerza para sus luchas y su porvenir.
La ancestralidad perdura no porque todo permanezca igual, sino porque cada generación encuentra cómo renovar el cuidado más allá de las fronteras de la vida. Alimentar a sus muertos es sostener la comunidad a través del alimento, el cuidado y la reciprocidad, para que perduren en el tiempo los suyos que aún le pertenecen a la comunidad y que son la fuerza para sus luchas.




