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viernes, marzo 6, 2026

LA DIGNIDAD DE LA MEMORIA: Recordando a “Poncho”, teniéndole cerca, desde Mirasol

(Entrevista a Anita María Álvarez Vidal, viuda de Sócrates Ponce Pacheco)

07 de febrero 2026

Hoy entregamos la cuarta historia del libro “La Dignidad de la Memoria” (2025, Fausto Campaña y Arturo Campaña editores). Es una historia de coraje militante de un joven socialista manabita. Pero es también una historia dolorosa y desgarradora, porque Sócrates Ponce fue uno de los jóvenes ecuatorianos asesinados o desaparecidos por la dictadura de Pinochet. Y los traumas persisten en su familia, así como en las familias de todos los desaparecidos y asesinados por la dictadura.

Luego del golpe del 11 de septiembre de 1973, de lo que se conoce, ésta es la lista de los ecuatorianos asesinados o desaparecidos por la dictadura: Felipe Campos (23 años, ejecutado el 20 de septiembre de 1973 cerca de la Universidad de Concepción), José García (31 años, ejecutado en Temuco el 18 de septiembre de 1973), Sócrates Ponce (30 años, detenido el 11 de septiembre de 1973 por carabineros y llevado al Estadio de Chile, presumiblemente asesinado el 12 o 13 de septiembre, el 24 de septiembre pudo la familia localizar su cadáver con múltiples heridas de bala), Freddy Torres (18 años, detenido por carabineros de Concepción y ejecutado el 20 de septiembre de 1973), Alfredo Gangotena (tenía menos de 20 años, desapareció el 11 de septiembre de 1973 en poder del Ejército de Chile, fusilado y sus cenizas enviadas a sus padres en Ecuador el 8 de octubre de 1973), Juan Carlos Sevilla (19 años, el 13 de septiembre fue llevado al Estadio Chile por agentes militares, presumiblemente ejecutado el 18 de septiembre, nunca fue encontrado su cuerpo, se considera desaparecido). Pero posiblemente fueron más. Ellos representan lo mejor del internacionalismo que nos hermana a los pueblos de la Patria Grande, latinoamericana y caribeña.

Sócrates Ponce Pacheco, “Poncho” como le decían cariñosamente sus familiares y amigos, estuvo casado con la chilena Ana María Álvarez Vidal con quien tuvo un hijo póstumo. Era abogado y trabajaba en el Ministerio de la Vivienda, en el Departamento de Desarrollo Social; y era interventor de la Industria Metalúrgica (INDUMET). Representante del Partido Socialista Ecuatoriano en Chile durante el gobierno de la Unidad Popular, había sido presidente de los alumnos extranjeros de la Universidad de Chile.

A continuación, la entrevista a Anita María Álvarez Vidal.

RECORDANDO A “PONCHO”, TENIÉNDOLE CERCA, DESDE MIRASOL

Entrevista a Anita María Álvarez Vidal, viuda de Sócrates Ponce Pacheco, a 52 años de su asesinato a manos de la dictadura de Pinochet.

Arturo Campaña Karolys

Gracias Anita María. Gracias por aceptar esta entrevista. Quiero decirle que estamos agradecidos con Marianita, de Portoviejo, Manabí, sobrina de Sócrates, quien tuvo la bondad de recomendarnos con usted y facilitarnos el contacto. Pero primero quisiera que acepte nuestras anticipadas disculpas si al pedirle evocar recuerdos relacionados con el golpe de Pinochet y el impacto doloroso y demoledor que tuvo sobre su naciente familia, pudiéramos perturbar su tranquilidad…

—No, no… Arturo, permítame llamarle por su nombre ¿Sí? Más bien me siento agradecida con Marianita y con toda mi familia ecuatoriana, siempre pendientes de mí y de mis recuerdos. Y yo, todo lo que sea por Poncho, pues, yo feliz coopero. Y en cuanto al riesgo de perturbar mi tranquilidad emocional, pues, no se aflija. Toda la vida he estado triste y deprimida desde la desaparición y asesinato de Sócrates Ponce – de mi “Poncho”, pues nunca me gustó llamarlo Sócrates. Fíjese, que coincidencia la de su llamada Arturo, estamos en septiembre. Y yo ahora…, bueno, le voy a contar: cuando veníamos con mi familia de veraneo a la costa, mi papi (Rubén Álvarez Oyarzun) le invitaba a Poncho, le ponía una carpa con techo, con cama, con luz, con todo, en el patio de la casa que arrendaba. Y solíamos caminar las tardes con Poncho a mirar la puesta del sol acá desde un lugar muy bonito que se llama Mirasol. Pues yo estoy ahora mismo acá, en mi pequeña casita en Mirasol, junto a un bonito conjunto que se llama Algarrobos. Aquí estoy, y no estoy solita ¿sabe? Siento a Poncho junto, juntito aquí a mi lado –me lo dice Anita y yo siento a la distancia su dolorosa mezcla de pena y de alegría. Mire que en una de esas veces que fui a Ecuador – continúa Anita – mi suegro me regaló un cheque en dólares y me dijo: “M´hijita, a cada uno de mis hijos le he dado una cantidad para que se compre un terrenito. Como sé que a ti no te interesa un terreno acá, te doy este cheque para que te compres lo que quieras allá en Chile”. Yo guardé esos dólares y me dije: “lo más lindo que puedo hacer es comprar un terrenito en donde fuimos por última vez con Poncho abrazaditos a ver perderse lentamente el sol a la distancia”. Estoy pues sobre el terreno comprado con el generoso apoyo de mi suegro, en la casita construida con la ayuda de mis queridos padres y con el préstamo de unos pesos que me aprobara una entidad financiera de acá. Y siento como si estuviera con mi Poncho ¿sabe? – llora, se auto controla, respira hondo y sigue: “Mañana me vuelvo a Santiago: estoy con un problema tensional creo: siempre me decaigo en septiembre, siempre. Tengo muchos dolores de la espalda, del cuello y un poco de vértigo. Debe ser de la columna. Ahora me estoy tratando con una crema antiinflamatoria nada más. Siempre me pasa en septiembre: somatizo, somatizo.”

Tal vez convenga que le hagan un control médico completo: que le chequeen bien los signos vitales, los triglicéridos, todo eso. Y no deje de buscar apoyo psicológico si fuera necesario – se me ocurre decirle como médico que soy.

—Atención psicológica y psiquiátrica siempre me han sido necesarias desde hace más de cincuenta años. Mi psicóloga, excelente profesional y ser humano, jovencita, pertenecía a un grupo relacionado con el asunto de los derechos humanos y cuando se retiró de ahí, como yo andaba ya dos años bajo su atención, pues decidí continuar con ella en su consulta privada. Y la psiquiatra también me examina en forma privada. Ellas saben que, a partir del asesinato de mi esposo la historia de mi vida se convirtió en la historia de un procesamiento de duelo sin final. Son mi paño de lágrimas, cosa que aprecio como la que más. No abusan de los fármacos ¿sabe? De hecho, cuando más las necesito es en estas fechas, cuando emergen las penas y me pongo súper sensible. Pero, no se preocupe con eso de que la entrevista pueda perturbar mi calma, Arturo. Usted sabe, como médico, el valor de una catarsis. Tómele por ese lado – me tranquiliza ella.

Por acá a Poncho se le rinden homenajes anuales en la Facultad de Economía y en la de Jurisprudencia. Y siempre asisto y les presto colaboración a los docentes y estudiantes encargados de los actos de homenaje. Mantengo siempre contacto con los amigos y amigas de ambas facultades: son un grupo muy cercano a mí. En la de economía están actualmente más organizados los de izquierda. Y con Ecuador tengo mucha comunicación con la familia de Poncho y con sus compañeros coidearios del Partido Socialista.

¿Cómo se conocieron Sócrates y Anita María?

—Pues fue en un encuentro por demás casual. Lo conocí en el sur, en 1967, en Valdivia, que queda como a 900 km de Santiago. Poncho había juntado unos pesitos y había ido a conocer el sur de Chile; pero en Puerto Montt se le acabó la plata y se acordó de un amigo de universidad procedente de Valdivia a quien buscó por ayuda y fue acogido en su casa. Mas resulta que este compañero, Arturo Lara se llama, era amigo del hermano menor de mi madre y también amigo mío. Él me lo presentó y … la verdad, fue amor a primera vista. Poncho me contó que había llegado acá a fines de 1963 o comienzos de 1964, no estoy segura. Me contó alguna vez más en detalle, que a mediados de 1963 se había producido un golpe militar, una junta dictatorial que, amparada en el fanatismo anti izquierdista, desataría de entrada un feroz ataque contra las universidades públicas, reformando sus leyes para eliminar el cogobierno estudiantil y reorganizándolas al antojo dictatorial, imponiendo autoridades, cerrando facultades, despidiendo maestros y persiguiendo implacablemente a dirigentes estudiantiles aliados a las luchas populares. Sería en estas circunstancias que Poncho, quien estudiaba Derecho en la Universidad Central de Quito y era a la vez vicepresidente de la asociación estudiantil (Asociación Escuela) de dicha Facultad, se vería obligado, junto con el presidente de la asociación, a buscar asilo en la embajada de Chile, habiendo llegado acá en calidad de exiliados. Me contó también que ya en Chile cayó en cuenta que varios estudiantes de otras universidades laicas del país habían llegado, como él, exiliados y seguían viniendo más y más. Se encontraría por ejemplo con Ilitch Verduga Vélez, un amigo de juventud que estudiaba en la Universidad de Portoviejo, la tierra natal de ambos, que también había llegado exiliado y con quien reanudarían su vieja amistad acá. Poncho retomaría sus estudios de Derecho y emprendería, en simultáneo, estudios de Economía en la Universidad de Santiago.

¿Cómo lograba mantenerse Sócrates en condición de refugiado?

—Eran los tiempos de Alessandri en Chile, pero los habían refugiado y ofrecido, según lo reconocía Poncho, una pequeña ayuda mientras se ubicaban acá. Con su compañero Vicente Vanegas, el presidente de la Asociación Escuela de Derecho, habían llegado sin nada, ¡sin nada, nada, nada! Con ropa de verano, muertos de frío. Poncho me contaba todo lo que les había pasado. A Vicente se le juntaron pronto su esposa y su primera hijita y tuvo que trabajar en cualquier cosa que se le presentara para poder alimentar a su niña y a su mujer embarazada. Después Poncho había conocido un ecuatoriano, que no sé cómo lo conoció. Su paisano tomaba fotografías en un restaurante que había en el cerro San Cristóbal. Un cerro famoso que hay, y él lo llevó y le puso a tomar fotos y a trabajar para que pudiera sustentar su comida. Mire, Poncho era de esos que caminaba a pie cuadras y cuadras para ahorrar el costo del pasaje. Cuando empezamos nuestra relación de pololeo, yo estudiaba trabajo social y vivía en la casa de mis padres en San Bernardo, que era como ciudad satélite de Santiago. Poncho me iba a visitar allá y, se lo digo en confianza, él comía en mi casa y era la única comida que comía en el día. Vivía muy, muy, pero muy ajustado. Súmele a eso que el papá le había dicho que, si alguna vez tenía problemas de tipo político, no lo iba a ayudar. Entonces la hermana mayor, ingeniera agrónoma que estaba en ese entonces haciendo un posgrado en una universidad de España y lo quería y recordaba mucho, le enviaba a veces sus pesitos. La mamá también le mandaba cosas que acá no había, por ejemplo, una radio a pilas con forma de tomate y cosas así. Poncho debió dedicarse un tiempo a vender libros y tarjetas de pascua, y lo hacía sin desgano ¿sabe? Su querida hermana mayor, Lorgia, se hizo el viaje a Chile para acompañarlo cuando Poncho se graduó y juró en la corte como abogado.

Como le dije, en mi casa lo acogimos. Mi mami (Rina Vidal Quilodran) lo quería mucho. Y a mi papi, que por entonces estaba estudiando un curso de Seguridad Nacional en Francia, mami le mantenía al tanto de todo. Cuando papá volvió, lo conoció y lo trató con tal acogedora familiaridad, como si lo hubiera conocido desde siempre. Papá nos contó, que era tal su deseo de conocerlo y saber de él, que en el barco en que volvió se hizo amigo de una pintora ecuatoriana y que se le había ocurrido averiguar a la desconocida si acaso conocía a Poncho y a su familia, pues “su hijita Ana María estaba pololeando con un estudiante ecuatoriano”, ¡imagínese! Lo quisimos mucho … lo quisimos mucho: mi padre y mi madre lo apoyaban en todo lo que necesitaba.

Sócrates sería muy especial y encantador, por lo que me cuenta -le digo.

—Sí. Poncho era especial. Era un hombre especial. Él tenía la facilidad de conectarse con el intelectual serio, con el político decidido, con el pueblo y sus necesidades; era el niño inquieto, era el hombre amoroso. Él podía conectarse con todos esos personajes que existían en su personalidad con una facilidad fantástica. Era juguetón, para que le cuento – Ana María ríe alegre. Yo me acuerdo una vez, estábamos pololeando todavía y llega a mi casa con una cajita, una cajita así cuadradita y la entró como si nada y la dejó en el escritorio, en la biblioteca de mi casa. Y se fue de lo más natural al living, al comedor, a la sala y conversaba con mamá y, yo… Yo me sentía dominada por la curiosidad de saber qué era, qué mismo era… qué traía tan misteriosamente Poncho en la cajita. Él no me decía nada y yo asumía que él no quería que preguntaran nada acerca de ella. Y yo tampoco me animaba a preguntarle nada, no fuera que se molestara por mi actitud de curiosa y sospechosa. Y pensaba y pensaba y en eso que se sienta a la mesa a almorzar, se me ocurre salir diciendo que voy a traer algo, me dirijo a la biblioteca y sigilosamente procedo a quitar el seguro de la tapa de la cajita y en eso me salta una araña inmensa que venía atada a un resorte interno y casi me mata del susto – ríe Anita. Era una araña de mentira nomás, claro, pero yo nunca antes había dado tal grito de terror. Jaja. ¡No sabe cómo mi mamá, después de calmarme y comprobar que no me había ocurrido nada grave, claro, se sumó a Poncho en burlarse de mi travesura y festejar la broma!

¿Se la tenía preparada entonces? – le digo.

—Pero claro, y yo… Jajaja – ríe emocionada. Él era así. Él era así. Él era así… Me acuerdo que cuando viajábamos de veraneo a la playa mi papi lo invitaba y Poncho venía con nosotros. Pues una vez un amigo llegó trayendo consigo una peluca de pelo largo, muy cómica y nos desafió a quien sería capaz de pasear por la playa puesto la peluca: y Poncho, sin pensar dos veces, ni corto ni perezoso se la puso y anduvo de lo más natural todo el tiempo feliz de generar la diversión y la felicidad a su alrededor. Era tan bueno para hacer bromas, cariñoso, era completo. Era un hombre especial. Leía mucho y escribía. Poncho escribió un libro que estaba por entrar a imprenta. Recuerdo que al final decía: “La historia nos dirá si se puede llegar al gobierno del proletariado socialista a través de las elecciones y la votación”. Esa era la última frase. Yo mandé ese libro escondido con un secretario del partido ecuatoriano que vino a Chile y no sé qué fue de él.

Tengo entendido que Sócrates fue presidente de la asociación de estudiantes ecuatorianos en Chile, ¿verdad?

—Poncho ayudó a formar y presidir la Federación de estudiantes extranjeros en Chile. Y también fue presidente del Centro Ecuatoriano Chileno. Más aún, estoy segura de que él militaba en el partido socialista acá y era el representante del partido socialista ecuatoriano en Chile. Le cuento que cuando había algún coideario perseguido en Ecuador, Poncho se encargaba de gestionar su exilio en nuestro país o de recomendar a la Embajada de Cuba la concesión de visa a los ecuatorianos que necesitaban asistir a alguna actividad académica o política en el país hermano. Poncho se había inclinado al socialismo desde el colegio Olmedo, creo, y se había integrado tempranamente a la militancia desde que empezó a estudiar en la Universidad Central.

Sócrates llegó a gozar del aprecio del mismo Allende ¿cierto? ¿Cómo habría surgido esa relación entre ellos?

—Contacto político, primero que nada. Pero entendiendo lo político en su más elevado y racional sentido: en el sentido de compartir una conciencia auténtica, un compromiso social verdadero, un apego emocional, intelectual y práctico por las causas de la humanidad, por la búsqueda del bien común. Allende y Poncho eran socialistas. Socialistas de verdad. Socialistas a tiempo completo. Supongo que Allende tenía estrecho contacto con el Partido Socialista del Ecuador y pudo haber estado informado de la calidad humana y política de Poncho quien, como le dije, había venido militando desde joven en esta línea y habría posiblemente merecido recomendación del propio partido ecuatoriano para sumar su apoyo consecuente al proyecto de Allende. Vea usted: Poncho tenía un compañero, un amigo del alma, Marco Robalino, ecuatoriano que vino a hacer una especialidad en psiquiatría infantil acá en Chile. Y Marco era yerno del Dr. Manuel Agustín Aguirre, el vicerrector de la Universidad Central que había sido removido del cargo, junto con el rector, por los coroneles golpistas en 1963. El profesor Aguirre era según me enteré, un socialista de toda la vida, con una ejemplar presencia política nacional a favor de los oprimidos y marginados, que había sido secretario general del partido varias veces y que incluso había liderado la radicalización del partido hacia Partido Socialista Revolucionario que se había dado justo entre 1962 y 1963.

Una vez anunció el profesor Manuel Agustín Aguirre que venía invitado a Chile para algún evento y Poncho se ofreció a recibirlo en el aeropuerto, cosa que aceptó. Poncho lo recibió con gran emoción y el abrazo entre ellos daba cuenta de una fraternal cercanía. Y nos ocurrió una anécdota con él: por aquel entonces teníamos nuestro primer vehículo que era una Citroneta – un modelo por demás básico que además lo teníamos un poco desajustado, por el trajín. El profesor Aguirre se acomodó y viendo nuestra tímida preocupación rompió el silencio con una broma: “¿Y este bólido lo construyeron ustedes? ¿Es de fabricación casera?” Y rompimos a reír los tres, claro. Lo dejamos en el hotel y una noche lo trajimos a cenar a casa y departió jovialmente unas horitas con nosotros.

Mire Anita María, a propósito de lo que me refiere, quisiera compartirle una reflexión del señor Galo Mora Witt en su libro Mujeres de Pichincha – le digo. Haciendo recuento histórico de lo que fuera la militancia socialista de la maestra quiteña Laura Almeida Cabrera y su adhesión a la causa de Allende, topa de paso esto del vínculo entre Sócrates y Manuel Agustín Aguirre:

“La compañera Almeida – escribe el señor Mora – continuó su activa militancia en la década del setenta, enarbolando a Salvador Allende, pero el rostro tenebroso del fascismo no solo destruyó la ilusión continental, sino la vida de uno de los más cercanos amigos y camaradas en el socialismo revolucionario, Sócrates Ponce, quien fuera secretario particular de Aguirre (…)”

—¡Oh! ¡secretario del Dr. Aguirre, mire nomás! Aunque, créame Arturo, conociendo como conocí a Poncho, él hubiera preferido amigo y camarada de confianza… Lo de secretario particular le hubiera sonado demasiado ostentoso y burocrático. Estoy segura. Pero, claro, todo esto debe haber valido para que el presidente Allende, le hiciera lugar a Poncho en su equipo.

Claro que sí, Anita María. El señor Galo Mora, refiere también que el gobierno socialista de Allende nombró a su esposo Sócrates interventor de Indumet, empresa metalúrgica estatal, de donde lo habrían llevado prisionero al Estadio de Chile. ¿Fue así?

—Con Poncho habíamos dejado recién unos días atrás cerrado nuestro recién adquirido departamento y pasado a vivir en casa de mis papis. Me costó mucho embarazarme ¿sabe? Me costaron dos años. Y cuando me embaracé empecé con contracciones desde el segundo mes … Y hacia el quinto mi doctora, que era amiga de mi papá y jefa de ginecología y obstetricia del Hospital de Carabineros, me dijo: “Ana María, te sugiero que para el tercer trimestre de embarazo te vayas a vivir a casa de tu papá pues necesitamos asegurar suficiente reposo”. Así que me puse en manos de mi madre a que me cuidara y supervisara el cabal cumplimiento de la recomendación médica. El 11 de septiembre, muy temprano, por su radio comunicador de carabinero que siempre lo tenía a mano en su velador, mi papá recibió noticia de que a las 5 de la mañana se había levantado la armada en Valparaíso en contra del gobierno. Entonces se puso en pie, conversó con Poncho sobre el asunto, se vistió para ir a su lugar y Poncho también hizo lo mismo pues. Papá le dijo: “Poncho, tranquilo, tú espera acá… esto va en serio ahora”. Pero, Poncho dijo no, yo también debo estar en mi lugar y salieron juntos. Poncho pasaría primero por al Ministerio de Trabajo entiendo, porque era abogado ahí, y luego se iría a INDUMET en el transcurso de la misma mañana. Mi papi había llegado temprano al Palacio de la Moneda y junto con otros generales leales al régimen – constitucionalistas digamos – habrían tratado de persuadir a Allende que saliera de ahí porque el bombardeo era inminente. Pero contaron luego que Allende no quiso abandonar la casa presidencial: que recogió su pantalón hasta la rodilla y mostrando la pierna descubierta les expresó tajante: “Si me dan ley, pues esta será carne de estatua.” El papi había salido con los otros generales al pie de La Moneda cuando ya había empezado el bombardeo. Contó que se encaminaron rápido al Club de Carabineros, adonde llegaron a eso de las ocho y cuarenta de la mañana más o menos y que de ahí, en la tarde, tipo seis, salieron cada cual con escolta que los acompañara a llegar a sus casas, pues de otro modo los militares podrían haberles capturado en el camino. Así que papá llegó escoltado a casa, se cambió rápido a ropa de civil porque su uniforme estaba manchado. Preguntó si sabíamos algo de Poncho, leyó nuestro angustiado pensamiento y emprendió, desde esa misma noche en las averiguaciones y en la búsqueda.

De alguno de los obreros de INDUMET que había logrado ponerse a salvo, se supo que Poncho los había reunido en la mañana y recomendado que quienes quisieran retirarse a casa, pues que lo hicieran a tiempo, porque se venía la represión. Que solo unos pocos se habían quedado, y que Poncho se quedó con ellos, por supuesto. Que ahí lo tomaron preso y se lo llevaron con rumbo desconocido. Luego, alguien trasladó noticia de que la noche del 12 de septiembre habían oído convocar a Sócrates Ponce Pacheco por los altavoces instalados por la inteligencia militar en el estadio de Santiago y lo habrían juntado con otros, igualmente localizados por ese medio para sacarlos del estadio, seguramente a interrogarlos y torturarlos. Ya desde ahí se nos puso la mente en lo peor. Todo parecía indicar que, una vez apresado en INDUMET, lo habrían llevado junto con otros prisioneros del área industrial hasta el Estadio, constituido en la cárcel de miles de miles de perseguidos.

¿Qué edad tenía Sócrates en ese entonces?

—Poncho había cumplido 30 años el 23 de mayo, esto es casi cuatro meses antes del golpe de Pinochet. Y estaba conmigo a la espera del nacimiento de nuestro primogénito.

Mi papi y sus amigos salían en los ratos en que no había toque de queda a buscarlo por todos lados. Papá pertenecía a la masonería chilena, donde ocupaba un nivel jerárquico importante. Y todos sus amigos masones, que querían mucho a Poncho, se organizaron para salir en sus autos a recorrer barrios a buscarlo, o por ver si encontraban en algún lugar su Citroneta que era bien conocida por ellos, con la esperanza de encontrarlo vivo, quizá escondido en algún lugar por ahí. Hasta que el 24 de septiembre, el oficial asistente del director general que había sido compañero de curso de mi papi, lo llamó y le dijo: “mi General, vaya de nuevo a buscar en el Instituto Médico Legal”. Pero mi papi, quien ya había buscado días antes por ahí, sabía que se encontraría de nuevo con rumas y rumas de cadáveres. Nos contó que esta vez se afirmó de pie, en un pilar; que le pidió a un hombre de los que trabajaba ahí para que le ayudara, a cambio de unos pesos, a ir despejando como se pudiera un poco de arriba hacia abajo. Esto era el 24 de septiembre en la tarde ya. Nos contó que afirmado en el poste se decía y se repetía: “Hijo mío, cómo no te voy a encontrar, cómo no te voy a encontrar hijo mío”. Dice que a los 45 minutos poco más o poco menos, le llamó la atención un cuerpo con calcetines amarillos, y se le figuró la idea de que podría tratarse del cuerpo de un extranjero pues le parecía raro que un chileno vistiera calcetines de ese color. Que se acercó al ayudante y le pidió acentuara más el despeje sobre este cuerpo, hasta que pudo identificar a Poncho muerto, con el pecho cubierto con un letrero que decía NN sexo masculino. Dice papá que lo reconoció de inmediato… y que aturdido y preocupado por el poco tiempo que iba quedando para que empezara a correr el toque de queda, pidió un salvoconducto, que le fue concedido, para poder ir en busca de servicio funerario como lo hizo y de ahí partió hacia la casa, en donde yo me encontraba con prescripción médica de reposo absoluto, esperando que llegara el día del parto como le dije. Pero me levanté como pude y elegí la ropa para que mi papá arribara a tiempo a la funeraria y vistiera el cadáver de mi Poncho. Y papá llegó con la ropa, lo vistió con amor y llanto de padre, lo pusieron en la urna y alcanzó a dejarlo en la capilla del cementerio general, en donde, por obra de Dios seguramente, se encontró con un cura amigo en quien confió el cuidado de mi Poncho. Al día siguiente fue el funeral, así de rápido. Sí, le dieron autorización rápida. Y estuvieron mi papá y mi mamá y dicen que había tanta gente, los amigos de mi padre, y las señoras de los oficiales carabineros que habían sido compañeros o subalternos de mi papá … Mi papi había colgado su uniforme de carabinero el mismo 11 de septiembre. Nuestro niño nació a mes y medio de que a Poncho lo mataron. Mi Poncho lo conoció en mi guatita nomás. Eso le decía yo a mi gordito: “Tú le dabas pataditas y él te hablaba por mi ombligo”.

¿Entonces tu papi perteneció a Carabineros? – le digo, como para desviar la atención de Ana María hacia otro tema menos traumático para ella.

—Sí. Mi padre fue General Inspector de Carabineros. Y Allende le tenía aprecio e incluso llegó a pedirle un par de veces que aceptara asumir la Dirección General, pero mi papi no quiso aceptarlo: le había dicho que no era el momento, pues Chile vivía un tremendo caos y su nombramiento podría contribuir a debilitar la institución, pues él ocupaba un rango jerárquico inferior al de quien oficiaba como director en ese tiempo.

Mi papi era un hombre de principios sólidos, demócrata consecuente con sus ideas y con sus compromisos. Como dije, él pidió la baja y colgó el uniforme de carabinero el mismo día del golpe dictatorial. Y no se vio libre de la persecución de la dictadura. Por dos veces atentaron contra su vida frente a la casa, pero por fortuna los disparos resultaron fallidos. Y también le inventaron cosas chuecas, acusaciones de enriquecimiento ilícito, de fraude aduanero, de las cuales se defendió con la verdad, con sus manos limpias, y con la frente en alto. Lo único que tuvieron en su vida mis padres fue una casa grande y bonita, financiada con un crédito hipotecario que se terminó de pagar apenas cuatro años antes del fallecimiento de papá. Y un auto lindo y de marca, el único que tuvieron en toda su vida. La justicia corrupta no pudo mancillar el nombre de mis padres.

Con respecto al departamento, que compramos a crédito con Poncho, lo habíamos habitado tan solo por cuatro meses cuando pasamos a vivir con mis padres por lo del reposo recomendado para velar por mi embarazo. Después, cuando armándome de valor fui a revisarlo, encontré todo ordenado como lo habíamos dejado. Ahí estaba dobladita la bata de levantarse de Poncho a los pies de la misma, me senté, la apreté contra mi pecho y lloré y lloré desconsolada. Al final volví a dejar la bata dobladita tal cual la había encontrado, sequé mis lágrimas, cerré la puerta y me prometí volver al departamento periódicamente, a revivirlo en mis recuerdos. Practiqué a manejar el auto sola, preparaba el pan para el niño y partía allá a llorar prendida de la bata de Poncho. Un año anduve así. Y durante este año, por los vecinos supe que nos lo habían allanado: la primera y la segunda vez no dejaron rastro alguno de haber estado allí; en la tercera habían echado abajo la puerta, pero unos vecinos solidarios la reacomodaron y la clavaron para protegerlo. Suponemos que estos allanamientos habrían estado dirigidos a encontrar algún armamento, pues unos vecinos que no nos tenían simpatía habían corrido el rumor malicioso de que, desde allí, se habrían realizado disparos contra los militares durante el toque de queda. Fue horrible. Súmele a esto que cuando resolvimos reclamar la aplicación del seguro de desgravamen por la muerte de Poncho, a cuyo nombre se nos había concedido el crédito hipotecario para la compra del departamento, la entidad prestamista nos notificó que “el seguro no procedía” puesto que el certificado de defunción a ella emitido “tenía registrado que el cuerpo del señor Sócrates Ponce había sido encontrado sin vida, en la vía pública, en horas de toque de queda”. ¿Y entonces? Entonces al buen entendedor pocas palabras: para los abogados de la financiera, el caso de Poncho correspondía a una muerte a resultas del cometimiento de un acto ilícito: “una muerte autoprovocada, por desobedecer la orden del toque de queda”. Y yo ahí mismo casi me desmayo; pero mi padre me remeció, me abrazó y me dijo: “Mira mi hijita, así me cueste más caro que el departamento, pero estos desgraciados no se van a salir con la suya. Fíjese que mi suegro, don César Ponce Cañarte, pretextando un viaje de placer había tomado un tour que atravesando por Argentina entraba a Chile y pasaba unas pocas horas por Santiago, pues dio con nuestra casa – no sé cómo lo habría logrado – por conocernos y sentir a su nieto. Yo que era un ente que me había acostumbrado a tener a mi hijo en mi regazo conteniendo el llanto en la garganta para no afectarlo, pues esta vez lloré … Me abrazó con sincero afecto, tomó con su amor concentrado en Poncho a mi Rorrito entre sus brazos … Luego se encerraron con mi papi a conversar a puerta cerrada… Cuando salieron nos comunicaron que querían que el niño creciera sin odios, sin rencores, un niño normal y bueno sin venganzas. Y así se hizo. Así se hizo. Seguí por un tiempo yendo y viniendo al departamento, aunque con la angustia sumada por la incertidumbre respecto del seguro de desgravamen. Un día que me acompañó el hermano menor de mi mamá, que fue amigo de Poncho también, me dijo: mi hijita esto no puede seguir así, esto tiene que acabar porque te hace muy mal y va a afectar también al niño … Rorrito ya tenía un año y tres meses. Me recomendó recoger la bata de Poncho para tenerla todo el tiempo a mi lado, que sacara las cosas de valor y que arrendara el departamento. Lloré largo rato, pero me acuerdo le dije: “Está bien, hagámoslo así” y bajamos juntos a pedirle al conserje nos ayudara a ponerlo en arriendo. A los tres días me tenía arrendatario; así que mis muebles y mis cosas las saqué, algunas las regalé y las cosas de mayor valor sentimental y de utilidad para la vida de hogar las guardé para dárselas a mi hijo algún día. Mis adorados padres lucharon con ayuda de un amigo abogado, hasta que lograron justicia y el departamento fue mío. Lo vendí cuando mi hijito terminó la secundaria con los jesuitas en el San Ignacio de Loyola e ingresó a la Universidad Católica, para seguir sus estudios superiores. Ahora es ingeniero civil industrial. Y cuando se casó recibió de parte mía y de Poncho toda la cristalería, cuchillería, mantelería que nos habían regalado las amistades de mis padres cuando nos casamos. Ay. Estoy llorando – concluye.

¿Cómo se avenían Poncho y Anita María en el plano de las ideas y la práctica política?

—Poncho y yo recibimos el flechazo del amor acá en mí país, en tiempos en que Chile, a diferencia de otros países hermanos de la región, que soportaban el dominio inclemente de dictaduras militares alarmantemente represivas y antipopulares, venía de una larga y exitosa trayectoria de lucha de las izquierdas por la democracia y la justicia social, agrupadas en torno a la carismática y queridísima figura del socialista Salvador “el Chicho” Allende, que cada vez se acercaba más a la presidencia de la república. Lo que quiero decir es que, a la juventud chilena de los estratos medios, populares y pobres, no le resultaban ni ajenas, peor aún repudiables las ideas políticas socialistas y comunistas. Mire que acá crecimos acompañados de la música de la Violeta Parra, de Víctor Jara, de Quilapayún, de los Inti Illimani y de nuestra hermosa música popular, así como de la llamada música protesta que florecía en todos los países del continente. De manera que cuando fui conociendo a Poncho y descubriendo su fortaleza moral y política, casi apostólica podría decir, a favor de los demás, me enamoré más aún de él. Mi Poncho era un socialista convencido, un socialista de palabra y obra, un político transparente: eso era ¿sabe? Sin embargo, déjeme decirle algo: Poncho nunca se mostró muy inclinado a que yo fuera política militante. Y en su accionar político procuraba ser algo reservado conmigo, pero no al punto en que yo estuviera completamente alejada. Yo sabía que él sostenía sistemáticamente reuniones políticas especiales, pues muchas de ellas las realizaba en nuestro pequeño departamento. Se reunían y conversaban en voz baja. A la biblioteca chiquita que teníamos yo vi pasar coidearios de Poncho, procedentes de diferentes países, incluso de Cuba. Yo solía en esas ocasiones, no a pedido de ellos sino por voluntad mía propia, poner música a cierto volumen para asegurarme de no escuchar nada de sus asuntos políticos reservados. Poncho viajaba de cuando en cuando a encuentros internacionales. Me acuerdo que una vez viajó a un congreso socialista en Uruguay. Pero fíjese que una buena amiga, que también era política, pero de otro partido de izquierda, me dice: a lo mejor Poncho no fue a la reunión de Uruguay, sino a la de Cuba. En fin, Poncho era algo reservado conmigo en lo de su actividad política. Pero yo sentía la necesidad de prepararme para poder acompasarme con él en apoyo a sus luchas, al punto que por mi cuenta ingresé al Instituto de Estudios Marxistas a recibir un curso, para hablar el mismo idioma con él. Pero cuando se enteró, se mostró mitad alegre y mitad preocupado. Creo que su actitud obedecía a su deseo de protegerme, de no verme eventualmente expuesta al peligro de confrontaciones y persecución como las que él había sufrido en su país, cuando los estudiantes luchaban en las calles y él era dirigente estudiantil de izquierda, según me contaba. Yo estudiaba entonces para trabajadora social y hacía mis prácticas prestando apoyo en el departamento de psiquiatría del Hospital de Carabineros, en donde ciertamente fui aceptada por recomendación de mí padre, que era conocido de todos los oficiales profesionales de la salud que ahí trabajaban. Siempre me gustó la psiquiatría, pues. Entonces mi colaboración política para con Poncho era de bajo perfil, como suelen decir ahora. Pero alguna vez sí, me acuerdo, fui con Poncho y otros compañeros en brigada a trabajo de comunidad a orientar, a dar charlas, a estimular su agrupación. Poncho era militante muy activo, pero jamás negó tiempo a las cosas familiares. Yo me acuerdo, por ejemplo, que el día del matrimonio de mi hermana, él venía a ratitos, es decir, venía, se iba y volvía para no dejar de estar presente en tan importante evento familiar, mientras a la par cumplía con su deber de asistir a un encuentro socialista al que habían venido de todas partes. Incluso alojábamos en nuestra casa, temporalmente a los ecuatorianos que venían a refugiarse, hasta que pudieran encontrar trabajo o estudio. Casi todos los acogidos eran consecuentes; pero, le cuento un caso en que no. Nos llegó una niña, no me acuerdo el nombre, que era hermana de un político bien nombrado allá, y nos dijo que ella no venía por evadir peligro de muerte ni persecución ni nada, sino tan solo a vivir la experiencia chilena. Y se instaló en mi departamento y se dedicó “a vivir la experiencia chilena” escuchando música, leyendo la página social de los periódicos, dando vuelta por la manzana, viendo la tele y sirviéndose refrescos y aperitivos. Y yo que tenía que volver corriendo del hospital para prepararle y servirle el almuerzo, como ya se le había hecho costumbre. Pero no aguanté ¿sabe? Y se lo hice saber a Poncho a qué mismo es lo que se había venido a Chile esta niña disqué revolucionaria. Y mi Poncho, comprendiendo y dimensionando la magnitud del problema y el impacto desgastante y perturbador que estaba generando en mí, me abrazó, me tranquilizó y me dijo que va a buscar una solución inmediatamente. Sé que Poncho habló con el hermano de la niña, coideario que también estaba refugiado en Chile, no me acuerdo su nombre, era un señor de aspecto campesino, ya me voy a acordar. Poncho hizo las cosas de tal manera que la niña no lo supiera ni llegara a desarrollar resentimiento hacia nosotros. Al final, había acordado con la agrupación socialista ecuatoriana que era necesario solventar el arriendo de una pequeña casa, en donde se pudiera instalar, por tiempo corto, a los ecuatorianos que vinieran por refugio, por estudios, o por asistencia a eventos del partido. Fue así como Poncho le comunicó a la niña que, de común acuerdo con su hermano militante y demás miembros de la agrupación socialista ecuatoriana en Chile, se había resuelto encargarle la puesta en funcionamiento de la casa de acogida, pidiéndole se trasladara a vivir en ella ejerciendo el rol de administradora – algo parecido a “dueña de casa” – le dijo Poncho. Y así se hizo. Recién ahí, cuando la niña partió sin resentimiento a inaugurar la casa de acogida, recién ahí, Poncho me dijo cuánto le había dolido saber que la recomendada de un amigo militante se había pasado “de veraneo y lo peor: haberte puesto a corretear del trabajo a la casa para atenderla”. Bueno, y así era como llegaban a nuestra casa en busca de ayuda muchos.

¿Se ha vuelto a levantar la voz y la bandera de la izquierda en Chile?

—Como usted sabe, los partidos socialista y comunista y todas las agrupaciones políticas de izquierda fueron proscritos por el régimen de Pinochet. Pero en algún momento, más tarde que pronto creo, habían empezado a activarse en la sociedad civil grupos, no necesariamente de izquierda, pero de gente animada a discutir en torno a cómo podría volver a re-institucionalizarse el país al retorno de la democracia. Tal vez podría ilustrar mejor con el recuerdo de una anécdota familiar: En una ocasión, cuando en casa de mis padres teníamos a un maestro albañil realizando reparaciones en el techo, mi mami, al caer en cuenta de la ausencia de mi padre por ahí cerca, me dice: “dónde andará tu papá saliendo todas estas mañanas que no lo encuentro”, cosa que generó inmediatamente mí preocupación, pues imaginé que podría estar trepado en el techo prestando ayuda al maestro, con todo el riesgo que eso significaba para su avanzada edad. Y salimos apuradas al patio en su busca. Y mientras buscábamos por aquí y por allá y mi madre gritaba Rubén, Rubén, de pronto el maestro nos grita: “Tranquilas señoras, el compañero Rubén está en la sede del No”. Pues mire: papá había estado asistiendo, calladito de nosotras, a los encuentros de una agrupación: “de las tantas que la gente habría ido formando para el rechazo a lo de Pinochet”. Cuando regresó a casa y recibió nuestro tirón de orejas, pues nos dijo con solvencia: “Es que estamos gente de muchas tendencias y yo estoy con mis ex compañeros elaborando una propuesta de cómo debería ser Carabineros cuando vuelva la democracia.” Nos desarmó por completo – lo dice riendo Anita María.

Los movimientos de izquierda irían reapareciendo de a poco y empezarían a reposicionarse en la escena política hacia 1990, con el llamado retorno a la democracia. Traigo esto a recordación porque a partir de entonces algunos congresos del socialismo internacional se han realizado acá en Chile. Y siempre han dado ocasión para que los representantes del socialismo ecuatoriano se den modos de localizarme, convocarme a reunión con ellos, y extenderme el fraternal saludo del socialismo revolucionario a mí, que fuera la esposa de Sócrates Ponce (mi Poncho), considerado un héroe de su patria y de su partido en la lucha por la justicia y el cambio social no solo para Chile sino para nuestra América. Alguno de los secretarios de partido que pude conocer resultó haber sido amigo de Poncho incluso. Valoro mucho esos encuentros que pude tener con los socialistas del Ecuador, del país natal de mi Poncho, país al que por extensión afectiva considero mi segunda patria. Pero permítame contarle que la última vez que asistí gustosa a recibir el saludo del representante ecuatoriano a una convención socialista que tenía lugar acá, me recibió, pero venía “protocolariamente” acompañado del señor Hernán del Canto, socialista chileno bien conocido pues fue ministro del interior de Allende (entre febrero y agosto de 1972) y secretario general de gobierno (entre agosto de 1972 y marzo de 1973).

Y cuando el amigo ecuatoriano me presentó con él, pues este se explayó y efusivamente me dijo: “Señora, qué gusto de conocerla… Tantas ganas que he tenido de conversar con usted… Yo conocí a su padre, jeje”. Y antes de que siga con sus lisonjerías me le adelante y le dije: “Claro que sí…. Usted conoció a mi padre… y mire que yo siempre he vivido en el mismo barrio, nunca me he movido de donde estoy. Pues sepa señor que cuando lo del golpe me quedé viviendo con mis padres, esperando el nacimiento de mi niño y el retorno de mi esposo que se hallaba desaparecido ¿sabe? Y ¿mientras tanto usted…? Mientras tanto usted, que se venía alejando de Allende desde meses antes creo, encabezó la fila de los que estuvieron prontos a correr sin dar frente a los problemas de la patria ese momento, dejando abandonados a los idealistas.” Palabras más, palabras menos eso es lo que me nació decirle. Imagínese usted, venirme este importante señor, a casi veinte años del golpe y del cruel asesinato de mi Poncho, con el cuento de que había conocido a mi padre y de que siempre había tenido las ganas de conversar conmigo pero que “¡no se le había presentado la oportunidad!” Me dio pena haber hecho esta escena ante el amigo ecuatoriano, pero es que no pude contenerme, se lo juro.

Con los militantes ecuatorianos, era otra cosa. Se daban modos para comunicarse conmigo, para presentarme saludos, transmitirme el afecto de su pueblo y ofrecer algún homenaje recordatorio a Poncho. Es más, la vez que fui a Ecuador con mi hijo chiquito – Roberto Ponce, “Rorrito”- a presentarlo con nuestra querida familia ecuatoriana, me topé con la grata sorpresa de que nos esperaba una delegación del partido, encabezada por su secretario general, a recibirnos con su abrazo. Y me invitaron a una reunión con ellos, que acepté y que la tuvimos unos días después, una reunión muy emotiva, en la que pude percibir el cariño, el respeto y el valor referencial que la militancia ecuatoriana profesaba a Poncho y su memoria. Y le cuento que en un momento me dijeron esto: “Ana María, tú nunca te vas a tener que preocupar por la educación y la formación profesional de tu hijo, porque nosotros, como partido, hemos resuelto apoyar con eso, estamos en capacidad de hacerlo; inclusive, si para realizar estudios de especialidad fuera necesario matricularlo en una universidad extranjera, veríamos la forma de gestionar una beca.” Lo medité un poco, les dije que valoraba de corazón tan noble ofrecimiento, pero que no podía aceptarlo, que muchas gracias, pero que yo venía trabajando para mi hijo desde que lo tenía en mi vientre y más todavía desde que tuve que asumir, despojada de la mano, el corazón y la sabiduría de mi amado esposo y compañero, la tarea de velar por él, procurando crecer juntitos, poco a poco, más y más hacia lo humano. En eso estamos – les dije, y no quisiera verme privada de esta responsabilidad asumida y prometida a la memoria de mi Poncho. Insistieron, pero finalmente lograron entenderme. Y cuando le conté a mi suegro, se indignó, se indignó mucho. Me dijo: “cuidado Ana María por favor, no quiero que tú estés comprometiendo al niño con nada, ya se llevaron a mi hijo, no quiero que a mi nieto también”. Era el sentimiento de un padre “huérfano de hijo”, se podría decir.

Mil gracias Anita María – digo yo para cerrar la entrevista. Me disculpo por haberle suscitado la evocación de acontecimientos tan dolorosos y tristes para la vida suya. Le consuelo destacándole el invalorable aporte que tendrá su testimonio – que no es otro que el testimonio de Sócrates Ponce Pacheco mismo – le digo, siendo parte del conjunto de testimonios que hemos logrado recoger en Ecuador para la publicación de Yo lo viví, a mí no me lo contaron.

Y Anita María decide cerrar así:

-Cuando a Poncho no lo encontrábamos, mi papá ya le tenía lista una salida por el norte de Chile: con sus amigos masones y con compañeros carabineros de confianza, había planificado un dispositivo para llevárselo camuflado y ponerlo a buen recaudo en el sur de Perú a que volviese a su patria. Pero ya ve: eso no pudo ser. Tenga eso sí la seguridad de que, si se hubiera dado, yo no habría esperado ni un segundo para correr a juntarme con él en Ecuador.

lalineadefuego
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