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jueves, marzo 5, 2026

LA GEOPOLÍTICA DE LA CAMPAÑA DE TRUMP EN VENEZUELA

Por John Feffer[1]
Fundación Rosa Luxemburg
15 de diciembre 2025
No cabe duda de que Donald Trump tiene ambiciones globales: está utilizando los aranceles para remodelar la economía mundial; está retirando a Estados Unidos de tantas organizaciones y acuerdos multinacionales como le es posible, para destruir el orden internacional liberal, y ha alternado entre enfrentarse a adversarios (como Irán) y negociar ceses al fuego (como el de Gaza).Pero también tiene objetivos hemisféricos que buscan consolidar la hegemonía estadounidense en su “patio trasero”: América Latina y el Caribe. En cierto modo, estos objetivos no son más que una versión a pequeña escala de sus ambiciones globales. Aquí también impone aranceles tanto a aliados como a adversarios; ha amenazado con retirar a Estados Unidos de pactos multinacionales —como la Organización de Estados Americanos—, y ha abrazado a amigos autocráticos —Nayib Bukele, de El Salvador; Javier Milei, de Argentina; Daniel Noboa, de Ecuador— y ha tratado de castigar a cualquiera que se le haya enfrentado, incluidos Lula da Silva, en Brasil, y Gustavo Petro, en Colombia.
En este escenario, su política con respecto a Venezuela parece apartarse de su enfoque habitual hacia sus adversarios, que normalmente ha consistido en negociaciones transaccionales (como con Corea del Norte y Bielorrusia) o, más recientemente, en amenazas y acciones no militares (como con China y Rusia). En los últimos meses, por el contrario, el Gobierno de Trump ha atacado casi dos docenas de barcos en el Caribe y el océano Pacífico y asesinado a más de 80 personas, a la mayoría de las cuales Trump ha intentado vincular con Venezuela. Estados Unidos ha puesto precio (50 millones de dólares) a la cabeza del líder venezolano Nicolás Maduro. Además, ha enviado una considerable potencia de fuego a la región, que incluye jets F-35, ocho buques de guerra de la armada, un buque de operaciones especiales, un submarino de ataque de propulsión nuclear y el portaaviones USS Gerald R. Ford, así como 10 000 soldados estadounidenses y 6 000 marineros, aproximadamente. Por si fuera poco, el Gobierno de Trump también ha anunciado el envío de una misión de la CIA a Venezuela.

Esta fuerza militar es suficiente para llevar a cabo una guerra aérea sostenida contra Venezuela. Ahora bien, según el CSIS, realizar un asalto anfibio o una invasión terrestre requeriría de al menos 50 000 soldados, por lo que no parece que vaya a suceder por el momento. Trump ha sugerido que la guerra es poco probable, pero también es cierto que no suele revelar sus planes de antemano. Así, por el momento, esta demostración de fuerza parece diseñada para asustar a Maduro y hacerlo renunciar o para animar a la oposición y a segmentos del Ejército a tomar el poder.

En otros lugares, este Gobierno no ha dudado en amenazar con una acción militar (como en Groenlandia) o incluso en utilizar la fuerza (como en Irán), pero la campaña contra Venezuela es de una magnitud mucho mayor. La declaración de una “guerra” contra el “narcoterrorismo” le otorga al Gobierno una justificación casi ilimitada para asesinar a cualquiera que se considere una amenaza para los intereses nacionales de Estados Unidos. Trump ha criticado periódicamente a los Gobiernos anteriores por su participación en “guerras eternas”, mensaje de corte populista que ha resonado con fuerza entre la población votante; sin embargo, esta nueva versión de la guerra eterna contra las drogas, con un conjunto de objetivos mal definidos y sin un calendario claro, no ha suscitado muchas críticas por parte del segmento republicano que lo apoya. Una votación en el Senado para invocar la Ley de Poderes de Guerra fracasó por un estrecho margen y solo logró atraer dos votos republicanos.

A primera vista, el hecho de que Trump haya centrado su atención en Venezuela parece más oportunista que estratégico. El Gobierno venezolano es relativamente débil, en especial tras las elecciones de 2024, que revelaron un descontento generalizado con el régimen. Además, la economía venezolana sufre la mayor tasa de inflación del mundo y una grave erosión del nivel de vida de su población. Así como Trump solo bombardeó Irán después de que Israel hubiera hecho que esa misión fuera prácticamente libre de riesgos, ahora está presionando a Venezuela porque su modesto tamaño, su debilidad militar y su Gobierno impopular la convierten en un blanco fácil.

Sin embargo, Cuba se encuentra atravesando retos internos similares y (todavía) no ha merecido una campaña de presión a gran escala por parte de Estados Unidos. Venezuela ha suministrado petróleo a Cuba durante las últimas dos décadas, con lo cual ha evitado que su economía se derrumbe; pero ese comercio ha disminuido sustancialmente de 56 000 barriles diarios a solo 8000 en junio de 2025. Los principales actores del Gobierno de Trump, en particular el secretario de Estado, Marco Rubio, llevan mucho tiempo defendiendo un cambio de régimen en Cuba. Por lo tanto, una explicación para la campaña contra Venezuela podría ser su capacidad para aislar aún más a Cuba y posiblemente provocar un cambio de régimen, como parte de una nueva teoría del dominó sostenida por algunos elementos del Gobierno.

PDF Descarga La geopolítica de la campaña de Trump en Venezuela

Ahora bien, el equipo de Trump no está del todo unificado en torno a su enfoque hacia Venezuela. Un ala neoaislacionista ha estado presionando contra las estrategias de cambio de régimen. Hasta hace poco, el enviado de Trump a Venezuela, Richard Grinnell, impulsaba esta línea y Maduro se mostraba más receptivo a una solución diplomática. Según The New York Times, Maduro “ofreció abrir todos los proyectos petroleros y auríferos existentes y futuros a las empresas estadounidenses, otorgar contratos preferenciales a empresarios estadounidenses, invertir el flujo de las exportaciones petroleras venezolanas de China a Estados Unidos y recortar los contratos energéticos y mineros de su país con empresas chinas, iraníes y rusas”. Incluso esta generosa oferta, que raya en la adulación, no logró conmover a Trump.

El oportunismo no explica por completo la magnitud de los esfuerzos de Trump en Venezuela y sus alrededores; tampoco lo hace su conocida aversión hacia Maduro, que se remonta al primer mandato de Trump. Aunque los instintos del presidente de los Estados Unidos son generalmente transaccionales, de vez en cuando hace cálculos geopolíticos. En este caso, Venezuela atrae su atención porque, a diferencia de Cuba, se encuentra en la encrucijada de varias de sus obsesiones: la migración, las drogas, los combustibles fósiles y China.

Expulsar a China del hemisferio

China es ahora el principal socio comercial de Suramérica y el segundo de América Latina en su conjunto. La región envía a China materias primas como soja, cobre y petróleo a cambio de productos manufacturados. La iniciativa china Franja y Ruta ha canalizado considerables inversiones hacia proyectos mineros, agrícolas y de infraestructura en toda América Latina. Pekín también ha abierto múltiples líneas de crédito para los países de la región; de hecho, Venezuela es el mayor prestatario y actualmente tiene una deuda de 60 000 millones de dólares con China, el doble que Brasil, el segundo país receptor de préstamos.

El Gobierno de Trump está concentrado en desligar la economía estadounidense de China. Su mayor ambición es desvincular a todo el hemisferio, empezando por América del Norte. La estrategia, hasta ahora, en las negociaciones con Canadá y México, que se llevarán a cabo de forma bilateral o trilateral mediante la renegociación del Tratado entre Estados Unidos, México y Canadá, ha consistido en cerrar el acceso de China a los mercados norteamericanos, bloqueando el transbordo de productos chinos acabados, reduciendo la cantidad de piezas y componentes chinos en la cadena de suministro y restringiendo la inversión del país asiático en plantas de fabricación que luego exportan a Estados Unidos. Trump está obsesionado con los intentos de China de entrar en el mercado norteamericano a través de estas puertas traseras, a pesar de que el uso de estas estrategias es bastante modesto. Las personas a cargo de las negociaciones comerciales por parte de Estados Unidos han estado presionando a sus pares de México y Canadá para que bloqueen estos puntos de entrada al mercado estadounidense.

Trump está ejerciendo una presión similar sobre otros Gobiernos latinoamericanos. Comenzó presionando a Panamá para que se retirara de la Iniciativa Franja y Ruta. Más recientemente ha centrado su atención en Argentina, que es el segundo socio comercial más importante de China en la región, después de Brasil. China ha invertido en varios proyectos de infraestructura importantes en Argentina, entre ellos dos presas hidroeléctricas, un observatorio espacial y una central nuclear en proyecto. Trump, por su parte, ha concedido a Milei un paquete de rescate de 20 000 millones de dólares para evitar una crisis económica, al tiempo que ha dejado clara su preferencia por que Argentina reduzca su relación con China.

Se ha hablado mucho sobre cómo Trump está recurriendo a una estrategia geopolítica de “esferas de influencia”, según la cual China se centra en Asia, Rusia en su “exterior próximo” y Estados Unidos en las Américas. Tal división del mundo puede ser atractiva para Trump, pues prefiere considerar la geopolítica como un negocio en el que las regiones funcionan como territorios corporativos.

Sin embargo, Trump no está retirando a Estados Unidos del resto del mundo. Ha asegurado los derechos mineros en Ucrania, ha negociado la participación de Estados Unidos en un corredor de transporte entre Armenia y Azerbaiyán y ha establecido acuerdos sobre minerales con el “Club de Naciones” (Australia, Camboya, Japón, Malasia, Tailandia). Además, su Gobierno está redoblando esfuerzos para contener a China mediante alianzas, la expansión de las bases del Pacífico y un aumento del gasto del Pentágono.

Sin embargo, el enfoque de Trump hacia América se está encontrando con una resistencia considerable. México ha afirmado su soberanía con respecto a su relación económica con China y su rechazo a la intervención militar estadounidense contra el narcotráfico. El Gobierno de Brasil se ha negado a dar marcha atrás en el procesamiento del expresidente Jair Bolsonaro ante el aumento de los aranceles estadounidenses. Incluso Ecuador, donde el presidente Daniel Noboa tiene una fuerte afinidad ideológica con Trump, no puede permitirse poner en peligro su relación con China, que ha implicado una considerable cantidad de intercambios comerciales, inversiones en infraestructura y 11 000 millones en préstamos.

El esfuerzo de Trump por limitar la influencia económica china en la región tiene menos que ver con cualquier estrategia geopolítica de “esferas de influencia” y más con su deseo de reducir la dependencia que mantiene Estados Unidos —y, por extensión, todo el hemisferio—, con Pekín. Trump quiere que las empresas, los productos y el capital estadounidenses ocupen la primera posición en América Latina, no en el sentido de una producción globalizada, sino en un sistema radial en el que todas las decisiones clave y la fabricación se lleven a cabo en Estados Unidos.

Otros motores tras las políticas en torno a Venezuela 

Donald Trump ganó la reelección, en gran parte, gracias a su enfoque en cuestiones internas, especialmente la migración, las drogas y la política energética. Deliberadamente, restó importancia a los asuntos internacionales, salvo para prometer el fin de varias guerras que estaban costando dinero y armas a Estados Unidos.

Venezuela, sin embargo, cumple muchos de los requisitos de la lista de tareas pendientes de Trump en materia interna. Aunque el país no es la principal fuente de cocaína ni de fentanilo que entra en Estados Unidos, Trump ha presentado a la organización criminal venezolana Tren de Aragua y al Gobierno de Maduro como los principales responsables de la muerte de estadounidenses por drogas. También ha utilizado al Tren de Aragua para difamar a la población migrante y ha hecho un gran alarde de deportar a personas venezolanas presuntamente relacionadas con dicha organización a una prisión muy peligrosa en El Salvador (pocas o ninguna de las personas deportadas tenían tales conexiones). La orden del Gobierno que pone fin al Estatus de Protección Temporal para aproximadamente 300 000 personas venezolanas que viven en Estados Unidos hizo múltiples menciones al Tren de Aragua.

Venezuela tiene las mayores reservas comprobadas de petróleo en el mundo, de hecho posee cinco veces más que Estados Unidos. Las empresas petroleras estadounidenses, principalmente Chevron, han trabajado con la petrolera estatal de Venezuela para producir y transportar petróleo; Trump rompió inicialmente esa relación, pero la restableció discretamente en julio. Al mismo tiempo, el Gobierno de Trump impuso un arancel adicional a los países que importan petróleo venezolano. No obstante, las exportaciones de este hidrocarburo alcanzaron recientemente su máximo en cinco años, impulsadas en gran medida por las ventas a China y con la ayuda de la participación de Chevron en la producción.

Entretanto, Trump ha impulsado su propia expansión de los intereses de los combustibles fósiles estadounidenses, para lo cual ha abierto nuevas zonas de perforación, ha ofrecido incentivos fiscales a las empresas de gas y petróleo, ha reducido la supervisión regulatoria y ha debilitado la competencia de las energías limpias. Sin embargo, cualquier reorientación a largo plazo de la economía estadounidense hacia el petróleo requerirá el acceso a otras fuentes. Rusia está fuera de la ecuación por el momento, Oriente Medio es impredecible, Venezuela es problemática si el Gobierno decide restringir el acceso de Chevron o dar un trato preferencial a China o a algún otro cliente. Por lo tanto, independientemente de lo conciliador que pueda ser Maduro en este momento, el Gobierno de Trump quiere garantizar el acceso seguro a los yacimientos de Venezuela en el futuro.

El Gobierno de Trump ha enmarcado su prisa por asegurar materias primas críticas como el litio, los elementos de tierras raras y el petróleo como parte de su competencia con China. Pero el país asiático ha anticipado desde hace tiempo la importancia de los minerales clave —por ejemplo, al hacerse cargo del procesamiento de los elementos de tierras raras de Estados Unidos hace algunas décadas— y se está alejando rápidamente de su propia dependencia de los combustibles fósiles. Por lo tanto, Trump ha llegado demasiado tarde y se está concentrando en el objetivo equivocado.

Venezuela tampoco es el socio más importante de China en América Latina, pero es posible que el Gobierno de Trump esté persiguiendo a Maduro como el eslabón más débil. Según el adagio chino, hay que “matar al pollo para asustar a los monos”, por lo que es posible pensar que la creciente presión sobre Venezuela es una señal para que China y otros actores poderosos reduzcan sus inversiones en el hemisferio, al tiempo que es una advertencia para otros Estados latinoamericanos: más les vale seguir la línea de Trump, de lo contrario…

  • Este artículo es una publicación conjunta de la Oficina de la Región Andina de la Fundación Rosa Luxemburg y Foreign Policy in Focus (FPIF).

[1]        John Feffer es director de Foreign Policy in Focus y del proyecto Global Just Transition del Instituto de Estudios Políticos de Washington D. C. Es autor de varios libros, entre ellos Right Across the World: The Global Networking of the Far-Right and the Left Response, y sus trabajos han sido publicados en The New York Times, The Washington Post, Foreign Policy, Newsweek y muchas otras publicaciones.

Artículo publicado primero en https://www.rosalux.org.ec/geopolitica-de-la-campana-de-trump-en-venezuela/ 

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