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viernes, marzo 6, 2026

LA OTRA «ÚLTIMA UTOPÍA»: La sociedad civil global a 25 años de Porto Alegre

Martín Bergel
Nueva Sociedad febrero 2026
12 de febrero 2026
¿Qué quedó de los movimientos que hace más de dos décadas movilizaron una serie de imaginarios de cambio social y encarnaron múltiples promesas y expectativas? ¿Se ha agotado la energía contenida en experiencias como el Foro Social Mundial? ¿A qué se debe el declive de diversas formas de resistencia a la globalización neoliberal? En medio de la ola reaccionaria, volver sobre las huellas del concepto de «sociedad civil global» puede servir para anudar algunas experiencias actuales con las de un pasado no tan lejano.

Dentro del panorama mundial de los acontecimientos políticos y los procesos de movilización social que tuvieron como protagonistas a diferentes expresiones de las izquierdas en el año 2025 que acaba de finalizar, le cupo un lugar destacado a la Flotilla Global Sumud (GSF por sus siglas en inglés), el proyecto de acción directa ciudadana que, atravesando el mar Mediterráneo, se propuso desafiar el escenario de guerra contra la población palestina llevada a cabo por el Estado de Israel. La iniciativa, surgida de la convergencia de diferentes estratos de activismo y tradiciones de desobediencia civil, alcanzó una notable repercusión global1. Y aunque asediada y finalmente desbaratada y reprimida por el poderoso Ejército israelí, no alcanzó a cumplir sus fines humanitarios inmediatos, logró impulsar una ola de movilización mundial que se ramificó en diversas direcciones.

Pero la relevancia de esta experiencia no radicó solamente en sus logros sobre el tablero o en sus efectos políticos derivados, sino también en los rasgos de su propia morfología. Conformada por cerca de 60 veleros que zarparon desde puertos como Barcelona, Génova o Túnez y que navegaron el Mediterráneo durante semanas –en las cercanías de Gaza fueron finalmente interceptados 42–, con 462 activistas provenientes de 45 países de todos los continentes, la iniciativa se presenta en su página web como «la más grande flotilla civil alguna vez organizada». Las imágenes de la flotilla ?definida en su carácter como expresamente no violenta? surcando cansinamente con banderas palestinas el azul profundo del viejo Mare Nostrum evocaban en su precariedad explícita un combate redivivo de David contra Goliat, al tiempo que en su estética podían traer resonancias de historias inmemoriales de esos escenarios marítimos visitados por el cine o la literatura (o por la historia, como en el clásico libro de Fernand Braudel2).

Como en otras tradiciones de desobediencia civil, la fortaleza de la flotilla proviene de su sentido moral – omnipresente en el discurso y la gestualidad severa y consecuente de la activista sueca Greta Thunberg –, que se recorta contra la barbarie de la guerra y el genocidio. Pero además, en la flotilla floreció un mundo. Cada una de las embarcaciones de la iniciativa, autodefinida como «una coalición de gente corriente (…) que cree en la dignidad humana y el poder de la acción colectiva», un proyecto «independiente, internacional y no afiliado a ningún gobierno o partido político»3, fue en la práctica una microsociedad cosmopolita en movimiento, un espacio configurado a través de estrictas reglas de convivencia y cooperación. 

Aunque hay distintos modos de pensar o definir al sujeto político que cobró entidad en este experimento, ninguna noción parece caberle mejor que la de germen de una «sociedad civil global». Este concepto, acuñado a inicios de la década de 1990, tuvo en los siguientes 20 años su ciclo de mayor apogeo. Precisamente en estos días se está cumpliendo un cuarto de siglo de la puesta en marcha del ensayo probablemente más ambicioso de articulación y dinamización de la sociedad civil planetaria: el Foro Social Mundial, cuya primera edición tuvo lugar en la ciudad brasileña de Porto Alegre entre el 25 y el 30 de enero de 2001. Bajo el amplio horizonte de construcción de «otro mundo posible» (un mundo alternativo al del capitalismo neoliberal), el Foro se propuso como una red de redes, un «movimiento de movimientos» que confrontaba con todas las formas de explotación y opresión contemporáneas.

En un influyente libro, el historiador estadounidense Samuel Moyn trazó el perfil de los derechos humanos como una «última utopía». Contrariamente a la historia de larga duración bajo la cual suele ubicarse su égida, para este autor es apenas en la década de 1970, ante el desvanecimiento de horizontes de transformación como la revolución y los movimientos de descolonización, cuando el discurso de los derechos humanos –con todas sus promesas, pero también con sus limitaciones– se establece como paisaje utópico de relevo4. Pues bien, desde la década de 1990 es posible pensar que, tras esa era de auge de los derechos humanos, la sociedad civil global emerge como otra «última utopía».

Este artículo ofrece una breve exploración de ese ciclo histórico, que a pesar de su proximidad en el tiempo ha sido poco revisitado (a punto tal que es poco conocido por las generaciones más jóvenes). En primer lugar, trazo una breve reconstrucción del concepto de sociedad civil, incluyendo sus conexiones con el pensamiento marxista y socialista, hasta su reformulación contemporánea como «sociedad civil global». A continuación, en diálogo con esa genealogía conceptual, reconstruyo la historia de algunas de sus cristalizaciones políticas más relevantes, del zapatismo mexicano al Foro Social Mundial, y aún más allá. Finalmente, discuto algunas razones del debilitamiento e incluso de la crisis de ese ciclo histórico, y conjeturo acerca de sus posibilidades de sobrevida y reinvención.

Aventuras de un concepto polimorfo

1994 puede ubicarse como el momento en que se afirman el concepto y un haz de prácticas que renuevan un imaginario de sociedad civil global. En los primeros días de ese año, el alzamiento zapatista en el sureste mexicano se instaló como un fenómeno mundial que, desde sus primeros comunicados, sorprendió al interpelar a un espacio difuso que aparecía bajo el nombre de sociedad civil nacional e internacional. Pocos meses después, el filósofo político Michael Walzer firmaba el prólogo del libro colectivo Towards a Global Civil Society [Hacia una sociedad civil global], que vio la luz al año siguiente con contribuciones de figuras como Eric Hobsbawm, Elmar Altvater, Chantal Mouffe y Miloš Hájek5. El volumen inauguraba la serie International Political Currents, promovida por la oficina en Washington de la Fundación Friedrich Ebert, y fue reimpreso en cinco oportunidades en los siguientes 15 años.

Si la emergencia en la década anterior de los llamados «nuevos movimientos sociales» y la activación convergente de actores sociales y políticos en el proceso de crisis de los regímenes autoritarios en los países del llamado «socialismo real» habían revitalizado el debate sobre los alcances del concepto de sociedad civil como esfera autónoma en relación con el Estado, el despegue del debate sobre la globalización a inicios de los años 90 rápidamente invitó a prolongar esas discusiones a escala mundial. «Sociedad civil global», una fórmula acuñada en los albores de esa década6, apareció rápidamente como una expresión que relanzaba las discusiones sobre el futuro de las democracias y de los proyectos de emancipación.

Alimentado por una cadena de procesos, el horizonte de expectativas que despertaba la noción se robusteció en el cambio de siglo. Por caso, un entusiasmo difícil de ocultar se aprecia en el prólogo de Anthony Giddens a la primera edición del anuario Global Civil Society [Sociedad civil global], una iniciativa que congregó a varios centros de investigación y a decenas de académicos y que apareció en 2001. Según ponderaba allí el sociólogo británico,

El surgimiento de una sociedad civil global es quizás uno de los acontecimientos más trascendentales que están teniendo lugar en el mundo actual, y su exploración uno de los principales retos para las ciencias sociales en los próximos años (…) asistimos a una oleada de «globalización desde abajo» en la que participan muchos millones de personas corrientes, así como grupos organizados de todo tipo. En la era de la globalización de principios del siglo xxi, los Estados, al igual que las empresas transnacionales, no pueden escapar a la vigilancia de la más amplia comunidad mundial (…) Existen empresas sin escrúpulos, al igual que existen Estados sin escrúpulos, pero ambos están cada vez más bajo el escrutinio de la sociedad civil global.7

El conjunto de transformaciones económicas, sociales, culturales y tecnológicas que la noción de globalización buscaba atrapar, y dentro de ella el perfil específico de una sociedad civil global, fue leído bajo el prisma de una ruptura epocal que, para la comprensión de sus dinámicas, requería una renovación completa del herramental heurístico de las ciencias sociales y las humanidades. En la perspectiva que entonces ofrecía Ulrich Beck, uno de los intérpretes del proceso, «está constituyéndose un nuevo tipo de capitalismo, un nuevo tipo de economía, un nuevo tipo de orden global, un nuevo tipo de sociedad y un nuevo tipo de vida personal (…) Por tanto, sociológica y políticamente necesitamos un cambio de paradigma, un nuevo marco de referencia»8

No se trató solo de visiones articuladas desde universidades estadounidenses o europeo-occidentales. Minoritarios pero significativos, hubo enfoques análogos esgrimidos también desde América Latina. De hecho, al brasileño Octavio Ianni, uno de los principales sociólogos del último cuarto del siglo XX en la región, se debe una de las miradas más radicales en esa dirección, al mismo tiempo que una de las primeras formulaciones de la idea de una sociedad civil mundial. En su libro A sociedade global, fechado en enero de 1992 y reeditado 15 veces en las dos décadas siguientes, escribía: «Los conceptos envejecieron, se distanciaron de la realidad, puesto que la realidad continúa moviéndose y transformándose». En ciertos momentos ella parece repetirse de modo aburrido, pero en otros se revela diferente, nueva, fascinante, insólita, sorprendente. Bajo varios aspectos, puede decirse que hoy está recomenzando la historia»9

En esas aproximaciones, la novedad radical atribuida al periodo a menudo se morigeraba a través de menciones a procesos preexistentes, como las referencias al internacionalismo fundacional de las tradiciones de izquierda. Pero, de conjunto, predominaba una visión que enfatizaba las promesas y los desafíos, tanto analíticos como políticos, del contexto mundial emergente. Fue solo cuando ese momento de euforia se aplacó cuando pudieron sopesarse líneas de continuidad y comenzaron a interrogarse procesos parciales de globalización muy distantes en el tiempo (sobre todo a partir del auge, en las últimas dos décadas, de los enfoques en historia transnacional y global)10. Por caso, ya en la década de 1920, en el mundo previo a las conferencias internacionales sobre medio ambiente, la proliferación de ONG y la existencia de plataformas como internet –es decir, antes del perfilamiento de algunos de los pilares de la sociedad civil global–, figuras como el marxista peruano José Carlos Mariátegui habían escrito, con similar curiosidad y entusiasmo (y con un dejo de humor), acerca de la fisonomía emergente de una sociedad mundializada:

En todas las actividades intelectuales, artísticas, científicas, filantrópicas, morales, etc., se nota hoy la tendencia a construir órganos internacionales de comunicación y de coordinación. En Suiza existen las sedes de más de 80 asociaciones internacionales. Hay una internacional de maestros, una internacional de periodistas, hay una internacional feminista, hay una internacional estudiantil. Hasta los jugadores de ajedrez, si no me equivoco, tienen oficinas internacionales o cosa parecida. Los maestros de baile han tenido en París un congreso internacional en el cual han discutido sobre la conveniencia de mantener en boga el foxtrot o de resucitar la pavana. Se han echado así las bases de una internacional de los bailarines.11

Pero más allá de las discusiones posibles sobre su periodización empírica, el concepto de «sociedad civil global» emergía en los años 90 envuelto en una paradoja: su potencial político emancipatorio no lo salvaba de sus ambigüedades; aún más, eran quizás sus confines inciertos, incluso su «vaguedad», los que permitían amplificar el espectro de las expectativas y promesas que despertaba12. En rigor, sus indeterminaciones teóricas y sus oscilaciones descriptivas y normativas hundían sus raíces en la propia historia de la idea. Incluso haciendo abstracción de los enfoques diversos existentes dentro de la tradición contractualista (de Hobbes a Rousseau), su trayectoria posterior había sido también sinuosa, aunque conectada siempre con núcleos cardinales de los debates de la filosofía política moderna. En su primera formulación sistemática en el seno de la llamada Ilustración escocesa, en Ensayo sobre la historia de la sociedad civil de Adam Ferguson (1767), la sociedad civil es el marco de una vida social activa y del renacimiento de la virtud pública. Hegel lee y retoma este ensayo, pero opera un desplazamiento sustantivo. La sociedad civil sigue siendo una esfera separada de la familia, pero es anterior al Estado. Y sobre todo, atañe menos a la actividad política y asociativa de los individuos que a sus interacciones materiales. Esa impronta es finalmente la que llega a Karl Marx, quien en un conocido fragmento de la Contribución a la crítica de la economía política (1859) escribe que, consustanciada con «las relaciones materiales de existencia (…) la anatomía de la sociedad civil se ha de buscar en la economía política»13.

En paralelo, Alexis de Tocqueville predicaba que la salud de las democracias modernas radicaba en las instituciones intermedias, garantes tanto de las libertades individuales como de un espíritu cívico común. En La democracia en América (1835), observaba que eran la prensa libre, las instancias locales de autogobierno, y sobre todo los actores que daban cuerpo a una vida asociativa, los resortes fundamentales para la política democrática. 

Ya en el siglo xx, se debió a la obra de Antonio Gramsci la principal reformulación del horizonte de la sociedad civil dentro de la tradición marxista y socialista, según reconstruyó en un admirable ensayo Norberto Bobbio. En el diagrama conceptual de Marx y Engels, la sociedad civil mantiene su carácter autónomo en relación con el Estado, que es –de acuerdo con el esquema clásico que proponen– un derivado superestructural de las relaciones económicas. En esta concepción, la sociedad civil aparece nítidamente separada del Estado y constituye el polo dinámico del desarrollo histórico, pero circunscripta a la esfera infraestructural del movimiento de las clases sociales y las fuerzas productivas. Como muestra Bobbio, es con Gramsci con quien la sociedad civil abandona su referencia en las estructuras económicas y pasa a ser el espacio por excelencia de desarrollo de las instituciones superestructurales ideológicas y culturales, claves en su concepción de la hegemonía. Así, la dominación burguesa descansa en la tramitación de la dirección de la sociedad a través de instancias como la prensa, los intelectuales y las organizaciones culturales, factores todos independientes de la acción directa del Estado. Como contrapartida, ese mismo espacio en disputa es crucial para los proyectos socialistas, puesto que «la conquista definitiva del poder por parte de las clases subalternas es considerada siempre en función de la transformación que anteriormente debe realizarse en la sociedad civil»14.

Quedaba así delimitado un espacio específico de la sociedad civil, a distancia del Estado pero también de la esfera propiamente económica. Y fueron esas las premisas fundantes del redescubrimiento y la revitalización del concepto en las décadas finales del siglo xx. En términos teóricos, la visión más penetrante y abarcadora la brindaron Jean L. Cohen y Andrew Arato en su monumental Civil Society and Political Theory [Sociedad civil y teoría política] (1992), devenida obra canónica de referencia15. Aunque bajo inspiración declarada de procesos históricos recientes, como la activación social contra los regímenes del comunismo burocrático en Europa del Este y las luchas civiles contra las dictaduras en América Latina, el libro se propuso articular un concepto normativo universalizable, piedra de toque de todo horizonte de radicalización de las democracias realmente existentes tras la caída del Muro de Berlín. Recuperando el foco tocquevilliano en el tejido asociativo como savia democrática, y las perspectivas gramscianas sobre la dinámica política conflictual en la esfera pública alimentada por intelectuales y organizaciones sociales y culturales –una composición que, en diálogo crítico con la teoría de la acción comunicativa de Jürgen Habermas, se cimentaba tanto en los modelos de democracia deliberativa y de construcción colectiva de la razón pública, como en el resguardo indeclinable del pluralismo–, el estudio de Cohen y Arato resultó exitoso en proveer un marco teórico que sintonizó con el momento histórico. Así, fue una referencia que podía funcionar como sustento teórico para los modelos de sociedad civil asociados al cabildeo ciudadano y la acción de las ONG; pero también para versiones más radicales, basadas en la praxis de los movimientos sociales y aun en perspectivas de desobediencia civil no violenta (cuestión a la que los autores consagran el último capítulo del libro).

De inmediato, como ya se vio, el mismo contexto histórico impulsó a que ese reverdecer de la sociedad civil se continuara y expandiera a escala mundial, y así emergió poderosamente el horizonte de una sociedad civil global. De un lado, si el núcleo conceptual de la noción se había afincado en la fundación de un espacio para la acción política autónoma en relación con el Estado, resultó casi natural imaginar una praxis que se desarrollara no solamente en un nivel subestatal, sino también en el «más allá» de lo estatal-nacional. El componente libertario del empoderamiento local se proyectaba en la imaginación de un sujeto político allende las fronteras nacionales y culturales, que extraía parte de su épica de esa convergencia multicultural (como en las antiguas Internacionales). De otro lado, proyectando su praxis en esa escala global, la sociedad civil se conectaba con las filosofías del cambio de mundo, y así se relanzaba a través de un imaginario más nítidamente vinculado a la discursividad de las utopías.

Con todo, todavía en este plano conceptual no quedaban disueltas las ambigüedades ni las indeterminaciones. Hubo de hecho quienes se mostraron escépticos, o señalaron los «usos y abusos» de lo que Ellen Meiksins Wood llamó «el culto de la sociedad civil»16. La conocida filósofa política canadiense anticipó allí el núcleo argumentativo de los críticos de izquierda: en su voluntad de trascendencia del economicismo marxista, el discurso de la sociedad civil disolvía las contradicciones de clase en beneficio de lo que ya allí llamaba las «políticas de la identidad» (situándose al inicio de una saga que, con algunos momentos de debate refinado, como la polémica entre Judith Butler y Nancy Fraser de mediados de los años 90, llega a la actualidad en las críticas al wokismo). No obstante, otras voces, en particular de activistas, partían de concepciones de la sociedad civil que involucraban instancias de conflictos materiales muy concretos, desde comunidades que se rebelaban frente a procesos de mercantilización que afectaban sus formas de vida, hasta denuncias de la hegemonía del capital financiero y especulativo. En suma, toda una pluralidad de movimientos que actuaba a escala local-transnacional y que, de conjunto, daba vida a la «irresistible emergencia de un anticapitalismo global»17. Además, el renacimiento simultáneo del concepto de «multitud» en el seno de la tradición del operaísmo italiano aparecía como una tentativa paralela de tematizar la pluralidad en movimiento –lo múltiple irreductible al Uno y al Estado–, partiendo de la base de las mutaciones en la era posfordista de la fisonomía material y cultural de las clases sociales que viven de su trabajo18. No casualmente, la «Batalla de Génova» de julio de 2001, en ocasión de la reunión anual de los representantes de los países del G-8, escenificó el pico del «movimiento de movimientos» en su fase más aguda de convergencia de sujetos sociales subalternos –trabajadores precarios, migrantes, mujeres, comunidades rurales, etc.– en busca de la conquista de nuevos derechos y de la redefinición radical de la democracia a través de acciones masivas de desobediencia civil y movilizaciones callejeras.

Porto Alegre era una fiesta

2001 fue también el año de nacimiento del Foro Social Mundial (fsm), espacio de convergencia y debate de movimientos sociales, sindicatos, organizaciones campesinas, intelectuales, ong, activistas y ciudadanos de a pie de todos los rincones del planeta. La primera edición, que se realizó del 25 al 30 de enero en la ciudad de Porto Alegre, contó con la participación de más de 15.000 personas. El encuentro fue considerado un éxito resonante, no solamente por la proyección pública mundial que efectivamente tuvo, sino además por la intensidad de las jornadas y las alianzas y conexiones múltiples que se gestaron en ellas: desde un nutrido espectro de ejes de discusión pública, a una agenda común de movilizaciones que incluía citas en ciudades acompañadas por Días de Acción Global, el formato que se había ensayado ya en «contracumbres» como la de Seattle, el 30 de noviembre de 1999, en ocasión de la Ronda del Milenio de la Organización Mundial del Comercio (OMC) –verdadero espaldarazo para el desde entonces denominado (equívocamente) «movimiento antiglobalización»19–.

El Llamado de Porto Alegre, que incluía en su mapa de movilizaciones las contracumbres contra el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) a realizarse en Buenos Aires y Quebec en abril de 2001, contra la nueva reunión de la OMC en Qatar, en diciembre, y ciertamente contra el G8 en Génova en julio del mismo año, estaba firmado por centenas de organizaciones sociales, como la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC), la Marcha Mundial de las Mujeres, Amigos de la Tierra, distintos grupos nacionales de la red attac (Asociación por la Tributación de las Transacciones Financieras y la Acción Ciudadana), la tailandesa Focus on the Global South o el Transnational Institute de Holanda, entre muchos otros. En suma, para los asistentes, los fraternales y energizantes días de Porto Alegre parecieron darle carnadura visible al lema del Foro: «Otro mundo es posible».

Una parte importante del éxito del FSM derivó de su expresa realización en coincidencia temporal con los días en que la ciudad de Davos, en los Alpes suizos, acogía el encuentro anual del Foro Económico Mundial, cita de las élites y del gran empresariado mundial. Así, nacido de la convergencia inicial de asociaciones brasileñas de izquierda y el núcleo originario francés de la red attac (el movimiento mundial constituido sobre la bandera de un impuesto global a las transacciones financieras), Porto Alegre se construyó, en sus centenas de talleres y encuentros y también en su proyección en la opinión pública mundial, como la vibrante contracara de Davos. La elección de la plaza obedecía a que la ciudad del sur de Brasil fue durante décadas un bastión de los sectores de izquierda del Partido de los Trabajadores (PT), que habían ensayado allí innovaciones institucionales como el presupuesto participativo. Pero, más allá de la hospitalidad local, en la Carta de Principios del Foro, surgida a partir del encuentro de 2001, se establecía claramente su carácter no gubernamental. El FSM, se leía en el primer artículo, «es un espacio abierto de encuentro para intensificar la reflexión, realizar un debate democrático de ideas, elaborar propuestas, establecer un libre intercambio de experiencias y articular acciones eficaces por parte de las entidades y los movimientos de la sociedad civil que se opongan al neoliberalismo y al dominio del mundo por el capital». El Foro Social Mundial, se abundaba en otros artículos, «es un proceso de carácter mundial (…) que reúne y articula a entidades y movimientos de la sociedad civil de todos los países del mundo»20.

Entre los antecedentes más o menos directos del proceso, el movimiento zapatista surgido en el estado mexicano de Chiapas constituía una referencia común para el conjunto de actores del Foro. En un temprano comunicado de febrero de 1994, dirigido a «todas las Organizaciones No Gubernamentales de México», el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) proclamaba sus expectativas en «un futuro en el que la sociedad civil, con su fuerza de justicia verdadera, haga innecesarias no solo las guerras sino también los ejércitos, y un futuro en el que los gobiernos, cualquiera sea su tendencia política, tengan por encima de ellos la vigilancia constante y severa de una sociedad civil libre y democrática»21. Posteriormente, motorizado por esa voluntad de diálogo con una miríada de actores nacionales e internacionales –el escritor Carlos Monsiváis hablaba de la «obsesión epistolar» del subcomandante Marcos–, el EZLN auspició en agosto de 1996 el Primer Encuentro Intergaláctico por la Humanidad y contra el Neoliberalismo, que reunió a decenas de organizaciones y miles de participantes de un amplio espectro del globo, y que puede ser en efecto visto como un momento que anticipó el espíritu del Foro Social Mundial. Las redes globales de apoyo al zapatismo prohijaron directamente la conformación de la Acción Global de los Pueblos (AGP), y fueron una de las referencias fundamentales para los Centros Sociales italianos en los que se gestó la generación de Génova.

En las ediciones anuales que siguieron al momento fundacional de 2001, el Foro creció y se diversificó, hasta llegar a reunir en su quinto encuentro de 2005 (que volvía a Porto Alegre, tras una edición realizada en Mumbai, India) a alrededor de 170.000 personas. Solamente el Campamento Intercontinental de la Juventud, apostado en el Parque Harmonia, congregó a unos 40.000 jóvenes. Según algunos de sus más atentos intérpretes, el Foro Social Mundial daba cuerpo a «un nuevo internacionalismo», que contenía pero rebasaba largamente al obrerismo de las Internacionales históricas, a partir de dar cobijo a «una pléyade de movimientos»22. Para otros, el Foro evocaba el «espíritu de Bandung», en su voluntad de dar expresión a la multiplicidad de voces de los desheredados de la tierra, y de «globalizar más aún el ciclo de luchas que se había desplegado de Seattle a Génova»23

Ciertamente, el proceso se vio atravesado también por críticas y debates. Uno de los más significativos reflejaba la tensión entre dos posiciones que se daban en su interior, entre aquellos que defendían la naturaleza del Foro apenas como un «espacio abierto» (una arena para encuentros y convergencias, pero deliberadamente libre de pretensiones de representatividad y de disputas por la hegemonía interna), y quienes por el contrario juzgaban necesario un mayor direccionamiento político en sintonía con otros fenómenos que tenían lugar en el mundo24. Las críticas más corrientes adjudicaban al Foro Social Mundial un excesivo peso de las ONG, un expediente comúnmente enarbolado también frente a otras manifestaciones de la sociedad civil. Con todo, a pesar de sus desequilibrios y sesgos, el Foro parecía dar lugar al pluralismo interno que desde Chiapas y Seattle había caracterizado al movimiento antiglobalización, capaz de contener tanto a opciones progresistas moderadas como a perspectivas radicales y anticapitalistas25

Luego de su sexta edición en 2006, que tuvo como sede la ciudad de Caracas, el Foro Social Mundial perdió progresivamente fuerza, hasta convertirse en un evento que dejó de ser una referencia para los intelectuales y la opinión pública, precisamente cuando varias izquierdas accedían al poder en la región. La edición del anuario Global Civil Society de 2012 –que desde su subtítulo daba lugar a «10 años de reflexiones críticas»– todavía incluía materiales sobre el proceso en continuado del Foro, y en la pluma del sociólogo Geoffrey Players celebraba aún el modelo de una «internacionalización sin institucionalización» que había preservado su pluralismo interno26. Por entonces, Occupy Wall Street en Estados Unidos, el movimiento del 11-m y los indignados en España, y la Primavera Árabe en Túnez, Egipto, Libia y otros países, motorizaban la última ola expansiva de relieve del ciclo de la sociedad civil global.

A modo de cierre: declive… ¿y después?

El recorrido efectuado permite constatar que, contra una serie de imágenes bastante asentadas, el movimiento de la sociedad civil global no se reduce al rol de ong y activistas del «Primer Mundo». Por diversas vías, América Latina tuvo de hecho un rol protagónico en su despliegue. Como vimos, para autores como Cohen y Arato, los grupos e iniciativas que se opusieron a las dictaduras latinoamericanas de los años 70 y 80 fueron una de las principales canteras en las que se incubó el revival de la sociedad civil. Posteriormente, y en un plano intelectual/conceptual, a autores del continente como Ianni se debieron las primeras formulaciones sobre una sociedad civil global, mientras que otros, como el antropólogo brasileño Renato Ortiz, acuñaban la noción de «cultura internacional-popular» para referir a procesos contemporáneos de conformación de estratos culturales globales sobre los que se montaron proyectos de movilización y politización27. Finalmente, experiencias como las del zapatismo mexicano a partir de 1994 y el Foro Social Mundial de Porto Alegre tuvieron un rol decisivo en el emplazamiento de la sociedad civil global como horizonte emancipatorio. Añadamos de paso que de la configuración reciente de la flotilla mencionada al inicio de este artículo no solamente participaron decenas de latinoamericanos de países como Argentina, Brasil y México, sino que todo el proceso contó con el brasileño Thiago Ávila como uno de sus principales organizadores.

Con todo, salta a la vista que, al menos en los últimos diez años, el potencial de la sociedad civil internacional se ha ido desdibujando, incluso contemplando el peso que tuvieron a escala global las sucesivas olas del ambientalismo, el feminismo y otros movimientos. Las razones de ese declive son múltiples, y aquí no puedo más que listar algunas. En primer lugar, evidentemente los Estados e incluso líderes políticos particulares, tanto de izquierda como, en el último tiempo y más acusadamente, de extrema derecha, han recobrado un peso insospechado algunas décadas atrás. Ligado a ello, buena parte del pensamiento y las «estructuras de sentimiento» que ordenan las posiciones de la opinión pública de izquierda han acompañado acríticamente ese retorno de la política «desde arriba». El llamado «campismo» –el apoyo a regímenes autocráticos y autoritarios en nombre del antiimperialismo– y la hipóstasis de lo nacional-estatal, que han imantado una porción considerable de las visiones que van del progresismo al anticapitalismo en sus distintas versiones, se han cobrado parte de las energías y del horizonte estratégico de los internacionalismos y la movilización transnacional y transcontinental28.

Finalmente, si hace 25 años las redes sociales prometían ser vehículo para la dinamización y organización horizontal de ciudadanos y movimientos sociales que trascendían fronteras nacionales, sociales y culturales (incluso para imaginar una disputa competitiva con el poder concentrado de los grandes medios), las lógicas superpuestas del algoritmo, la oligarquización y el narcisismo en los usos de las más conocidas redes virtuales han minado y vaciado su potencial político-emancipatorio.29Como resultado de ese proceso, la sociedad civil global ha pasado de un momento ofensivo y utópico a otro apenas defensivo y de contención de daños, como se deduce del llamado al mismo tiempo lacónico y desesperado del lema acuñado por Noam Chomsky: «internacionalismo o extinción»30.

¿Significa todo ello que el ciclo de la sociedad civil global está definitivamente acabado? Creo que sería apresurado extraer esa conclusión, y no solamente por experiencias recientes como la de la flotilla. Desde un punto de vista de la teoría política, el programa contenido en la definición normativa de Cohen y Arato de una sociedad civil más allá del Estado y del mercado capitalista no parece haber perdido vigencia:

Solo un concepto que se diferencie adecuadamente de la economía (y, por lo tanto, de la «sociedad burguesa») podría convertirse en el centro de una teoría política y social crítica (…) De lo contrario, tras las transiciones exitosas de la dictadura a la democracia, la versión indiferenciada del concepto implícito en el eslogan «sociedad contra Estado» perdería su potencial crítico. Así, solo una reconstrucción que implique un modelo tripartito que distinga la sociedad civil tanto del Estado como de la economía, tiene la posibilidad tanto de asegurar el dramático papel opositor de este concepto bajo los regímenes autoritarios, como de renovar su potencial crítico bajo las democracias liberales.31

Incluso más: frente a las críticas provenientes del marxismo y la izquierda ortodoxa que desprecian la noción por su supuesta cancelación de un enfoque de clase, podría pensarse que, en tiempos en los que la conciencia y la identidad como «trabajadores» se encuentran cada vez más diluidas, la sociedad civil global puede resultar una plataforma de agregación más amplia que interpele y contenga a una pluralidad de movimientos sociales y de posiciones en la esfera productiva y reproductiva, tanto de trabajo material como inmaterial, de cuidados, etc. Tal fue también la apuesta teórica y política del concepto «multitud». Uno de los últimos rostros significativos de la sociedad civil global, centrado en el clivaje entre el «1%» y el «99%» invocado por la ola de Occupy Wall Street para poner en cuestión los privilegios – especialmente impositivos– de los súper ricos, avanzó en esa dirección, reformulada luego por franjas del feminismo interseccional32.

Si en efecto la sociedad civil mundial puede eventualmente aspirar a constituir un proyecto o al menos a tener momentos en los que sea capaz de renovar su capacidad de interpelación, puede pensarse que aún tiene ante sí una larga sobrevida, y fases de nuevo esplendor. Al fin y al cabo, su ubicuidad no obedece solamente a la historia de sus zigzagueos conceptuales, sino también a que, como quería el colectivo Notes from Nowhere, apela a un «nosotros» que está en «todas partes»33.

  • 1.Entre esas tradiciones convergentes cabe mencionar, en primer lugar, la saga de distintas flotillas que, al menos desde 2010, han buscado intervenir desde el mar sobre el conflicto palestino (una forma de activismo marítimo y mediterráneo, con puntos de contacto con las asociaciones que despliegan formas de acción directa para socorrer embarcaciones con migrantes que aspiran a ingresar en territorio europeo, como la italiana Mediterranea Saving Humans [Mediterránea Salvando a Humanos]); en segundo lugar, el más reciente activismo ambiental de Greta Thunberg, emblema del movimiento Fridays for Future [Viernes por el Futuro]; finalmente, y en un sentido más indirecto, las acciones de insubordinación de la propia población palestina, evocadas en la palabra de origen árabe sumud («resistencia prolongada» o «resiliencia»). La procedencia anarquista, trotskista o antimilitarista de algunos integrantes de la flotilla condujo a que en algunos relatos se punzaran memorias más antiguas, como las de las brigadas internacionalistas de la Guerra Civil Española.
  • 2.El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II [1949], 2 vols., FCE, Ciudad de México, 2006.
  • 3.V. www.globalsumudflotilla.org (mi traducción).
  • 4.S. Moyn: The Last Utopia: Human Rights in History, Harvard UP, Cambridge, 2010.
  • 5.Berghahn Books, Nueva York-Oxford, 2019.
  • 6.John Keane: Global Civil Society?, Cambridge UP, Nueva York, 2003, p. xi; Heikki Patomäki y Teivo Teivainen: Democracia global, Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 2008, p. 137.
  • 7.A. Giddens: «Foreword» en Helmut Anehier, Marlies Glasius y Mary Kaldor (eds.): Global Civil Society 2001, Oxford UP, 2001, Oxford, p. iii.
  • 8.U. Beck: La sociedad del riesgo global, Siglo XXI Editores, Madrid, 2002, pp. 2-3.
  • 9.O. Ianni: A sociedade global [1992], Civilização Brasileira, Río de Janeiro, 2013, p. 35.
  • 10.Por ejemplo, en libros como Las cuatro partes del mundo: historia de una mundialización, de Serge Gruzinski (FCE, Buenos Aires, 2010); The Transformation of the World: A Global History of the Nineteenth Century, de Jürgen Osterhammel (Princeton UP, Princeton, 2014); o el flamante Capitalism: A Global History, de Sven Beckert (Penguin, Nueva York, 2025).
  • 11.J.C. Mariátegui: «Internacionalismo y nacionalismo», conferencia pronunciada en la Universidad Popular de Lima en noviembre de 1923, reproducida en Mariátegui total, Amauta, Lima, 1994, pp. 909-910.
  • 12.H. Anheier, M. Glasius y M. Kaldor: «Introducing Global Civil Society» en Global Civil Society 2001, cit., p. 15.
  • 13.K. Marx: Contribución a la crítica de la economía política [1859], cit. en Norberto Bobbio: «Gramsci y la concepción de la sociedad civil» [1967] en AAVV: Actualidad del pensamiento político de Gramsci, Grijalbo, Barcelona, 1977, p. 154.
  • 14.N. Bobbio: «Gramsci y la concepción de la sociedad civil», cit., p. 166.
  • 15.MIT Press, Cambridge, 1994.
  • 16.Michael Hardt: «The Withering of Civil Society» en Social Text No 45, 1995; E. Meiksins Wood: «The Uses and Abuses of Civil Society» en Socialist Register vol. 26, 1990.
  • 17.Meghnad Desay y Yahia Said: «The New Anti-Capitalist Movement: Money and Global Civil Society» en H. Anheier, M. Glasius y M. Kaldor (eds.): Global Civil Society 2001, cit.; Notes from Nowhere: We Are Everywhere: The Irresistible Rise of Global Anticapitalism, Verso, Londres, 2003.
  • 18.Paolo Virno: Gramática de la multitud. Para un análisis de las formas de vida contemporáneas, Colihue, Buenos Aires, 2003; Michael Hardt y Antonio Negri: Multitud. Guerra y democracia en la era del Imperio, Debate, Madrid, 2004.
  • 19.A propósito de la resonante significación de esas movilizaciones, en un artículo en el diario Le Monde del 7 de diciembre de 1999 Edgar Morin escribió que «el siglo XXI ha comenzado en Seattle». La táctica de los Días de Acción Global, llamado a la acción mundial simultánea a propósito de algún tema o evento, surgió en verdad de la red anticapitalista Acción Global de los Pueblos, creada bajo inspiración zapatista a fines de los años 90. Ver M. Bergel y Pablo Ortellado: «Ação Global dos Povos (AGP)» en Emir Sader e Ivana Jinkings (eds.): Enciclopédia contemporánea da América Latina e do Caribe, Boitempo, San Pablo, 2006.
  • 20.Carta de Principios del Foro Social Mundial, disponible en www.universidadepopular.org/site/media/documentos/carta_de_principios_del_foro_social_mundial.pdf.
  • 21.EZLN: Documentos y comunicados, ERA, Ciudad de México, 1995, pp. 161-162.
  • 22.José Seoane y Emilio Taddei: «De Seattle a Porto Alegre. Pasado, presente y futuro del movimiento anti-mundialización neoliberal» en J. Seoane y E. Taddei: Resistencias mundiales. De Seattle a Porto Alegre, Clacso, Buenos Aires, 2002, pp. 123-124.
  • 23.M. Hardt: «Porto Alegre: ¿la Conferencia de Bandung de nuestros días?» en New Left Review No 14, 5-6/2002.
  • 24.Chico Whitaker: «The wsf as Open Space» y Teivo Teivainen: «WSF: Arena or Actor?», ambos en Jai Sen, Anita Anand, Arturo Escobar y Peter Waterman (eds.): World Social Forum: Challenging Empires, The Viveka Foundation, Nueva Delhi, 2004.
  • 25.P. Ortellado: «Aproximaciones al ‘movimiento antiglobalización’» en Cuadernos de la Resistencia Global No 1, Buenos Aires, 2002.
  • 26.Geoffrey Players: «A Decade of World Social Forums: Internationalisation without Institucionalisation?» en M. Kaldor, Henrietta Moore y Sabine Selchow (eds.): Global Civil Society 2012: Ten Years of Critical Reflections, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2012.
  • 27.R. Ortiz: A moderna tradição brasileira, Brasiliense, San Pablo, 1988.
  • 28.No abundan las reconstrucciones críticas del pensamiento «campista». Una valiosa excepción reciente puede verse en Amin Kianpour y Morteza Amanpour: «Many Shades of Campism: An Internationalist Critique» en Portolan Journal, 27/11/2025.
  • 29.V. una reconstrucción de esa historia en Marta G. Franco: Las redes son nuestras. Una historia popular de Internet y un mapa para volver a habitarlas, Consonni, Bilbao, 2024.
  • 30.N. Chomsky: Internationalism or Extinction, Routledge, Nueva York, 2019.
  • 31.J. Cohen y A. Arato: ob. cit., pp. viii-ix.
  • 32.V. por ejemplo Vandana Shiva y Kartikey Shiva: Unidad versus el 1%, lom, Santiago de Chile, 2020; y Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya y Nancy Fraser: Manifiesto de un feminismo para el 99%, Herder, Barcelona, 2019.
  • 33.Notes from Nowhere: ob. cit.
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