*Este texto fue tomado del discurso de Nelson Reascos, y transmitido en Youtube por Nina Radio https://www.youtube.com/watch?v=mnCfnW4El40
29 de Septiembre del 2025
Juan Ginés de Sepúlveda, religioso franciscano, redactó un libro que no se publicó enseguida por la polémica que generó, titulado “Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios” Ese texto fue usado como justificación de lo legítimas que eran las guerras contra los indígenas de América (población originaria, como debería decirse). El tratado sostiene que los indígenas de América no son humanos sino subhumanos, algo parecido, afirma, a “animales superiores”. Carecen del sentido del orden, de la espiritualidad, del concepto del arte y el buen gusto; incluso, según Sepúlveda, carecen de humanidad.
Desde ahí surge lo que se denomina racismo duro o leyenda negra. Un contemporáneo, Fray Bartolomé de las Casas, respondió defendiendo que los pueblos originarios de América sí son humanos, sí poseen alma, aunque son como niños, como seres inmaduros, sin capacidad de previsión, y por ello necesitan que se les diga y recuerde constantemente lo que deben hacer. Eso en cambio se conoce como racismo blando o leyenda blanca. Ambas posturas constituyen las raíces principales del racismo.
En el Ecuador, en la actual coyuntura de protestas y levantamientos de los pueblos originarios, ambas formas aparecen con violencia y crudeza viral. La propuesta gubernamental de insistir en la eliminación de los subsidios reduce un problema más complejo a una visión étnica o regional: eso es otra forma de racismo. El racismo blando en Ecuador se expresa en la vida cotidiana; la mayoría de compradores en los mercados llama a nuestras vendedoras con diminutivos como hijitas, caseritas, mamitas: eso es racismo. Un amigo y compañero tallerista participó en un taller para el personal de un hospital público, con el fin de explicarles que el trato que ellos percibían como bondadoso y afectuoso hacia los pueblos originarios era racismo, y no comprendían la razón.
Ese racismo habita en lo profundo de la conciencia e inconsciencia de los ecuatorianos. Es un racismo presente en los medios y en la propia ley de comunicación. Esta ley establece que todos los medios están obligados a reservar espacio físico, tiempo o imágenes para hablar de interculturalidad. Y además sostiene que esa presentación debe ser positiva. Así, los medios decidieron publicar casi a diario imágenes de indígenas comiendo, bailando o danzando. De tal modo, los pueblos originarios terminan convertidos en sujetos de comparsa y adorno. Mientras aparezcan disfrazados de diablos humas, con platos típicos y danzas, son aceptados; pero cuando se manifiestan como actores políticos que reclaman o protestan, son criminalizados, y eso también es racismo. De esos racismos blandos estamos llenos cotidianamente.
Leo todos los días en redes sociales a muchísimas personas (comunicadores, políticos, artistas, profesionales diversos) empezar su discurso con: “YO NO SOY RACISTA”, y casi siempre lo que sigue es una afirmación racista, con frases clásicas como: hay que ayudarles, hay que protegerles, o que hace el gobierno es por su bienestar, no deben ser violentos, deben adaptarse a la convivencia, etc. Ese paternalismo asistencialista también es racista. Y el lenguaje cotidiano sigue siendo profundamente racista.
El? término indígena proviene de Indus, que significa “adentro”, y de Genus, que significa “origen”; literalmente quiere decir nacido de adentro, es decir, nativo, natural. Pero en la filosofía griega, indígenas eran quienes carecían de cultura, de ánimo espiritual y de humanidad; de allí proviene también la palabra indigente. ¿Y qué pasa con aborigen? Esa palabra significa literalmente “sin origen” y tampoco es la adecuada sin embargo se la usa dentro de muchos contextos inadecuadamente. De este modo, los ecuatorianos seguimos ?aspirando a ser políticamente correctos e insistimos en llamarlos indios, indígenas, o muchas veces con términos todavía más despectivos, aunque ellos, acertadamente, prefieren y reclaman ser llamados pueblos originarios.
El racismo duro es más fácil de combatir, el más difícil es el otro, el de aversión, el que se disfraza de solidaridad pero que es egoísta, el que se ha vuelto vocabulario diario, el que se confunde con bondad pero que es agresivo, el que se piensa que es una flor para el mundo, pero en realidad es una bala en el alma de los que han resistido más de quinientos años.


