Se cumple un año más de la muerte de monseñor Leonidas Proaño. Sin embargo, sus ideas, su espíritu luchador continúan vivos y dando fuerza a las causas más justas. Se recuerda aún a monseñor caminando por los estrechos chaquiñanes que suben por las montañas del agreste paisaje andino de la zona de Chimborazo. Iba él de choza en choza, “viendo, juzgando y actuando”. Se sentaba en silencio a la salida de las humildes viviendas para escuchar voces desoídas, sentir soledades y olvidos.
En 1988, en las faldas del cerro Putzalagua, las mujeres campesinas de Belisario Quevedo decidieron organizarse en el Comité de Damas Nueva Esperanza (después Aspralnues). Las guiaba el objetivo de solucionar su falta de acceso a recursos financieros y de crédito, aunque esta determinación implicó enfrentar el machismo expresado en la desconfianza y los celos de sus parejas.
El Inty Raimy, fiesta del Sol y la cosecha, llega en el 2022 vestido de protesta; los pueblos originarios de los Andes y la Amazonía de Ecuador habían decidido expresar -nuevamente- su malestar por la negligencia gubernamental para atender la precaria situación social y económica de sus comunidades y en general de los estratos populares empobrecidos de todo el país.
No es profesional que la información que se utiliza en el reportaje tenga como fuente casi exclusiva las indagaciones de la Fiscalía, sin considerar seriamente la versión de los abogados defensores y de los familiares. Estableciendo, de este modo, una dañina condena pública a nuestros familiares que aún están en etapa indagatoria y tienen el derecho a la presunción de inocencia.
Ahora, hace poco, acá nomás, la gente de poncho y faldas coloridas entró al camino, como si fuese a buscar la tierra prometida, o vida prometida, o muerte si no se puede sembrar y cosechar. Entró al camino como si fuera a juntar los colores del arco iris en un solo telar, con pasos de mucho tiempo y miradas tan largas que llegan a la ciudad. En la ciudad hay unos que dicen que la gente de poncho y faldas coloridas entró al camino para romper la paz.
Sabemos -o al menos intuimos- que la paz social solo se puede construir sobre el diálogo, la libertad y especialmente la justicia social. En ese sentido, un periodismo y una comunicación que aspiren a contribuir a la paz social -particularmente en momentos críticos como los que vive Ecuador- tendría que contribuir a fomentar el diálogo social a partir de mostrar las injusticias sociales que vive la gran mayoría de la población golpeada por un creciente empobrecimiento, desempleo, violencia y falta de acceso a alimentación, salud y educación adecuadas, es decir, poner en evidencia que la mayoría de las y los ecuatorianos vive mal y que su situación cada vez es más precaria.
Esa pequeña población que se dice blanca es la que está, e históricamente ha estado, ligada al poder económico y político. Es la dueña de la banca, de la gran industria y la agroindustria, la dueña del gran comercio, de la exportación e importación, son los terratenientes de la Sierra y de la Costa, son los que mandan en la cúpula militar, policial y eclesiástica.
Es indudable que la guerra de información se ha convertido en el principal campo de batalla para el gobierno del Ecuador en el PARO NACIONAL 2022; muchos ciudadanos, con la experiencia de la desinformación emitida por los medios tradicionales en el Levantamiento de Octubre de 2019, decidieron informarse a través de redes sociales, en donde hemos recibido un bombardeo simbólico, por parte de la Policía Nacional y el Municipio de Quito
Doce días han transcurrido de seguir, a la distancia,[1] la masiva y polarizada información sobre el ParoNacional en Ecuador. Navego entre ella y como punto de partida de este análisis, señalo que se ha informado ya de al menos 5 personas fallecidas y decenas de heridos, constatación de que el gobierno ha emitido dos respuestas incongruentes a la creciente multitud movilizada a nivel nacional. Por una parte, una campaña de comunicación sobre su supuesta apertura al diálogo para alcanzar la paz, junto con una serie de medidas anunciadas, poco meditadas, que no han satisfecho a las organizaciones convocantes, por considerarlas irrisorias.
Lindos les quedaron los comunicados en donde apoyan el paro nacional, a la Conaie y su preocupación -al borde del llanto académico- por lo que pasa en el país. Inquietísimos se les nota. Ya podrían lanzar un posgrado en “Resolución de conflictos sobre el papel” o “una maestría en metodologías para entender porqué no entendimos nada”.
A diferencia de lo que ladran los medios empresariales de comunicación tradicionales y sus guau-guau de ocasión, sean los Vera, los pelagatos, los cachucheros pauteros, Boniles y demás, Quito recibió con algarabía la llegada de los indígenas y campesinos del país. Obvio, nunca íbamos a ver eso en Teleamazonas o Ecuavisa, ellos tienen otras preocupaciones además sus invitados estrellas son expertos en hablar de vándalos y violentos. La entrada al norte por Calderón y al sur por Cutuglagua fueron recibimientos cálidos: aplausos, gracias compañeros, viva el paro, fuera Lasso, beban aguita, el pueblo no se ahueva, carajo.
A pesar de que los indígenas a lo largo de la historia han sido víctimas del olvido, en sus pequeños territorios el sentido de pertenencia a lo runa se mantiene. Aunque se las tilda de retardatarias, sobreviven, y constituyen una innegable realidad en nuestro país. Se calcula que en el Ecuador hay más de 2.000 comunidades indígenas.
El sueño de la gente de bien, de las altas esferas, de los medios pelagateros se hizo realidad ayer. La Casa de la Cultura Ecuatoriana fue convertida en cuartel. No se extrañen que, en un par de meses, si el evasor sigue en Carondelet, la CCE se convierta en la nueva sede del Banco Guayaquil. ¿Para qué seguir gastando en cultura, en arte, en esas trivialidades de hippies y desocupados? ¿Para qué? Lo que los artistas y gestores culturales deberían hacer -por el bien del país- es inscribirse en algún curso de policía o sumarse a la milicia. O sea, ser entes productivos para la patria.
En estos días se ha escuchado tantos insultos y menosprecio contra los manifestantes, que el curuchupismo que parecía muerto ahora exhala vida y se revolotea alegremente en Carondelet. En Ecuador hay un encuentro de varias culturas, pero en jornadas polarizadas, en los levantamientos y en las huelgas, se visualiza, de un lado, con todo el poder a la cultura blanco-mestiza hegemónica y, de otro, a las culturas subalternas, de oposición política, indígenas, mestizas, populares, pobres, de mujeres, de jóvenes, de estudiantes, de trabajadores movilizados.
El Plan Colombia facilitó un proceso acelerado de acumulación y concentración de fortunas (el 10% de la población es propietaria del 70% de la riqueza, mientras que la mitad del país apenas posee el 1%), no logró la desmovilización total de los combatientes y el negocio de la droga creció: cultivos, consumo, comercialización y violencia.