Atawallpa Oviedo Freire
09 de noviembre 2025
Introducción
Durante más de un siglo, la izquierda latinoamericana ha soñado con transformar el mundo desde el poder del Estado. Sin embargo, la experiencia reciente —particularmente en Bolivia, pero también en Venezuela, Nicaragua, Ecuador o Argentina— muestra que el poder, una vez conquistado, termina devorando a quienes prometieron redimirlo.
Este ensayo recorre el desencanto que atraviesa hoy a los pueblos andinos y latinoamericanos, tras el fracaso de los proyectos socialistas y progresistas, y plantea una posibilidad de reencuentro con la raíz más profunda de la vida colectiva: la comunidad.
I. El desencanto andino: cuando la izquierda se volvió su propio colonialismo
El fracaso del gobierno del MAS en Bolivia ha generado un fenómeno profundo y paradójico: muchos de los propios pueblos indígenas, antaño pilares del proyecto plurinacional, hoy rechazan a la izquierda y al socialismo. No porque hayan abrazado los valores del capitalismo por convicción, sino porque el desencanto los ha llevado a verlo como la única alternativa posible. Lo trágico es que, en este proceso, han dejado también de creer en su propio sistema comunitario milenario, aquel que durante siglos sostuvo la vida andina sin necesidad de Estado ni de mercado.
El símbolo de lo indígena, que antes representaba dignidad, reciprocidad y equilibrio, hoy se asocia con corrupción, burocracia y estancamiento. Los tejidos de la wiphala, convertidos en bandera de un Estado que prometió la descolonización, se han desgastado en el aparato del poder. El colonialismo ha alcanzado su clímax, pero no por obra de la derecha, sino de la propia izquierda —de esa izquierda que creyó que tomar el Estado era sinónimo de emancipación.
El estatismo fue su nueva forma de dominación. Al absorber y centralizar lo comunitario, lo desmanteló. Al prometer igualdad, instauró nuevas jerarquías. Y al hablar en nombre del pueblo, terminó silenciando su voz. De este modo, el proyecto socialista del MAS no solo fracasó políticamente, sino espiritualmente: sustituyó el horizonte de comunidad por el de consumo, la reciprocidad por el clientelismo, y la ética colectiva por la maquinaria burocrática.
La esperanza en el socialismo se volvió desencanto. Y el desencanto, paradójicamente, se ha vuelto esperanza en el capitalismo. Una vez más, la izquierda ha demostrado que, incluso cuando intenta combatirlo, termina fortaleciendo al sistema que dice eliminar. Su error no está solo en la práctica, sino en la concepción misma del poder: en su obsesión por ocuparlo, no por transformarlo.
Hace más de un siglo, Marx ya había advertido, en sus últimos años, que no era necesario desarrollar el capitalismo para crear el proletariado que construiría el socialismo y luego el comunismo. Lo esencial —dijo— era profundizar y consolidar los sistemas de comunas existentes en todo el mundo. Es decir, no copiar el modelo europeo de acumulación y lucha de clases, sino partir de las formas comunitarias vivas que ya prefiguraban otro modo de existencia.
Pero la izquierda ortodoxa nunca quiso escuchar. Lleva más de 120 años repitiendo los mismos errores, intentando hacer la revolución con las herramientas del sistema que combate. No entendió que la emancipación no se decreta desde el Estado, ni se planifica desde un partido, sino que se teje desde abajo, en la vida común, en el hacer cotidiano de los pueblos.
Bolivia, hoy, es el espejo más claro de esa contradicción: un país donde la descolonización se volvió discurso, y el capitalismo, disfrazado de socialismo, ha terminado por colonizar incluso los sueños.
II. Hacia una nueva comunidad: el horizonte post-socialista andino
Superar el fracaso del socialismo estatista no significa abrazar el capitalismo, sino recordar lo que ambos sistemas olvidaron: la comunidad. El mundo en general — antes que Marx, antes que cualquier manifiesto — ya había concebido una forma de organización donde la economía no era una lucha por la acumulación, sino una expresión de equilibrio con la vida. Esa sabiduría, que el propio Marx reconoció en sus últimos escritos sobre las comunas rurales, fue ignorada por quienes quisieron aplicar sus teorías, pero sin mirar la realidad viva de los pueblos.
El desafío actual no es cambiar de modelo, sino reconstruir el sentido de lo común, ese espacio donde el trabajo, el conocimiento, la tierra y la decisión vuelven a ser compartidos. La verdadera revolución no está en tomar el poder, sino en disolverlo en la red de comunidades que se autogobiernan. No se trata de un retorno romántico al pasado, sino de una relectura contemporánea del ayllu, la minka, el ayni y otras formas de reciprocidad que hoy podrían articularse con tecnologías, saberes y formas de producción modernas, pero sin perder su principio esencial: la vida en relación o vínculo.
Mientras la izquierda se desgasta en el lenguaje de la lucha por el Estado, los pueblos pueden iniciar otra ruta, más silenciosa pero más profunda: la reconstrucción del tejido comunitario. Esa red no necesita un partido ni un ministerio, sino voluntad colectiva, memoria y amor. El nuevo horizonte no sería un socialismo ni un capitalismo, sino una sistema de comunas, interdependientes, diversas y solidarias, que no midan el progreso por el crecimiento del PIB sino por la plenitud del vivir en armonía y equilibrio.
Quizá ha llegado la hora de dejar atrás la vieja obsesión por “hacer historia” para volver a tejer vida. El siglo XXI ya no necesita revoluciones que destruyan, sino transformaciones que curen. Los pueblos andinos, portadores de esa memoria larga, pueden ofrecer al mundo no una ideología más, sino una forma de existir donde la política sea servicio, el trabajo, cooperación, y la tierra, madre.
Solo cuando la izquierda entienda que su futuro no está en la modernidad ni en el poder, sino en la comunidad, habrá aprendido la lección que el propio Marx dejó sin concluir. La descolonización verdadera no es cambiar de gobierno, sino cambiar de conciencia.
III. América Latina y el fin de las utopías: hacia un nuevo comienzo comunitario
El desencanto boliviano no es un hecho aislado. Es el reflejo de una crisis más amplia que atraviesa a toda América Latina. Venezuela, Nicaragua, Cuba, incluso el progresismo del Ecuador, México, Colombia, Chile, Brasil, o la Argentina, han reproducido — cada cual a su manera — el mismo error histórico: confundir emancipación con poder estatal. La izquierda latinoamericana, en su intento por liberar a los pueblos, los ató a nuevas formas de dependencia: del partido, del líder, del petróleo, del crédito o del discurso.
La paradoja es profunda. Lo que nació como promesa de justicia terminó convertido en maquinaria. Lo que se llamó revolución se volvió administración. Y lo que fue un pueblo organizado en comunidad, se transformó en clientela electoral. De este modo, los proyectos progresistas de la región, que alguna vez despertaron esperanza, hoy enfrentan el mismo dilema que el neoliberalismo: ambos han vaciado de sentido la vida colectiva, reduciendo el futuro a la supervivencia o al consumo.
El siglo XXI ha mostrado que el socialismo estatista y el capitalismo corporativo comparten una misma raíz: la centralización del poder. Ambos conciben la sociedad como un cuerpo que debe ser gobernado desde arriba, ambos desconfían de la autonomía comunitaria, y ambos terminan destruyendo los tejidos de cooperación que los pueblos sostuvieron por siglos, mejor dicho por toda la vida.
Frente a eso, una nueva visión se abre paso, lenta pero inevitable: la del retorno a la comunidad como centro de la vida. No un regreso al pasado, sino una reconfiguración del presente desde los valores del cuidado, la reciprocidad, la soberanía local y la interdependencia entre humanos y naturaleza.
En toda Abya Yala – en los Andes, el Amazonas, el Caribe, las pampas y los pueblos del altiplano – pervive esa otra racionalidad, que no es ideológica sino vital. La encontramos en las redes de agroecología, en las cooperativas autónomas, en los pueblos que resisten a la minería y al extractivismo, en los jóvenes que reconstruyen sus lenguas, sus fiestas, sus rituales, y descubren en ellos no folclore, sino filosofía.
Quizá el verdadero proyecto mundial del futuro no será un socialismo ni un capitalismo reformado, sino un sistema comunitario, plural, intercultural y ecológico. A eso le llamamos Mancomunidad. Una que no aspire a dominar el mundo, sino a reconciliarse con él.
Porque al final, la gran lección de estos años de fracasos políticos de la izquierda y sobre todo de la derecha, es simple y radical: ningún sistema salvará al ser humano si el ser humano no aprende de nuevo a vivir en comunidad. Y es posible que Abya Yala (América) -con toda su historia de heridas y esperanzas – sea el lugar donde esa nueva humanidad comience a nacer, así como lo pronosticaron sus sabios hace más de 500 años.


