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jueves, marzo 5, 2026

El DESARROLLO: de la euforia al desencanto – Alberto Acosta

22 de agosto 2025

Emerge con fuerza un mandato: escapar definitivamente del fantasma del “desarrollo” construyendo nuevas utopías que orienten la acción.

… la buena vecindad en el planeta ha sido concebida a la luz del ‘desarrollo’. Hoy el faro muestra grietas y ha comenzado a desmoronarse. La idea de desarrollo se levanta como una ruina en el paisaje intelectual. El engaño y la desilusión, los fracasos y los crímenes han sido compañeros permanentes del desarrollo y cuentan una misma historia: no funcionó. Además, las condiciones históricas que catapultaron la idea hacia la prominencia han desaparecido: el desarrollo ha devenido anticuado. Pero, sobre todo, las esperanzas y los deseos que dieron alas a la idea están ahora agotados: el desarrollo ha devenido obsoleto.” Wolfgang Sachs (1996)

Desde mediados del siglo XX un fantasma recorre el mundo… ese fantasma es el “desarrollo”. Y aunque seguramente la mayoría de personas no cree en fantasmas, al menos en algún momento ha creído en el “desarrollo”, se ha dejado influir por el “desarrollo”, ha perseguido el “desarrollo”, ha trabajado por el “desarrollo”, ha vivido del “desarrollo”… y es muy probable que hoy lo siga haciendo.

Sin negar la vigencia de un proceso de larga data a través del cual los seres humanos han buscado satisfacer de mejor manera sus necesidades, que podría pensarse como progreso, se puede asumir como que el mandato global del “desarrollo” se institucionalizó el jueves 20 de enero de 1949. Entonces, el presidente estadounidense, Harry Truman, en el discurso inaugural de su segundo mandato ante el Congreso, definió a la mayor parte del mundo como “áreas subdesarrolladas”. Y a continuación, en pocas palabras Truman planteó un mandato ideológico potente, consciente que especialmente los Estados Unidos era la potencia dominante a nivel global, anunció que todas las sociedades deberían recorrer la misma senda y aspirar a una sola meta: el “desarrollo”. Así quedaron sentadas las bases conceptuales de otra forma de imperialismo: el “desarrollo”.

El desarrollo, como una nueva religión universal

La metáfora del “desarrollo”, tomada de la vida natural, cobró un vigor inusitado. Se transformó en un mandato global que implicaba difundir el modelo de sociedad norteamericana, heredera de muchos valores europeos, y que devino meta a ser alcanzada por toda la Humanidad. Aunque Truman seguramente no era consciente de lo que hablaba, ni de su trascendencia, ésta sería una propuesta con historia, por decir lo menos.

Así, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando arrancaba la Guerra Fría, en medio del surgimiento de la amenaza y del terror nuclear, con el discurso sobre el “desarrollo” se estableció (¡y se consolidó!) una estructura de dominación dicotómica: desarrollado-subdesarrollado, avanzado-atrasado, civilizado-salvaje… Incluso desde visiones críticas se asumió esa dualidad: centro-periferia; lectura que abre una enorme complejidad propia del sistema capitalista, en donde incluso en las periferias pueden existir centros y periferias…

El caso es que, a partir de dicha visualización dualista, el mundo se ordenó para alcanzar el “desarrollo”. Afloraron planes, programas, proyectos, teorías, metodologías y manuales de “desarrollo”, bancos especializados para financiar el “desarrollo”, ayuda al “desarrollo”, capacitación y formación para el “desarrollo”, comunicación para el “desarrollo” y un muy largo -y casi siempre superfluo- etcétera.

Alrededor del “desarrollo”, en plena Guerra Fría, giró el enfrentamiento entre capitalismo y socialismo real (mal llamado “comunismo”). Se inventó el Tercer Mundo. Y sus miembros fueron instrumentalizados cual peones en el ajedrez de la geopolítica internacional. En este maremágnum, unos y otros, derechas e izquierdas, estableciendo las diversas especificidades y diferencias, asumieron el reto de alcanzar el “desarrollo”. A lo largo y ancho del planeta, las comunidades y las sociedades fueron –y continúan siendo– reordenadas para adaptarse al “desarrollo”: el destino común de la Humanidad, una obligación innegociable.

En nombre del “desarrollo”, los países centrales o “desarrollados” -referentes para los países “subdesarrollados”- en ningún momento renunciaron a la interferencia en los asuntos internos de dichos países “subdesarrollados”; siempre en clave con la misma propuesta ideológica del presidente Truman. En realidad, jamás permitieron que los países del Sur global se desarrollen, es decir sigan la senda que los países enriquecidos emplearon para conseguir su bienestar.

Así, por ejemplo, se han registrado recurrentes intervenciones económicas a través del FMI y del Banco Mundial, luego vendrían los tan promocionados Tratados de Libre Comercio para mantener el suministro de materias primas provenientes del Sur global indispensables para el capitalismo metropolitano e incluso acciones militares para impulsar el “desarrollo” de los países atrasados protegiéndoles de la influencia de alguna de las potencias rivales. No faltaron -ni faltan- intervenciones que supuestamente buscaban proteger o introducir la democracia, como base política para el ansiado “desarrollo”. En definitiva, nuevos cruzados tomaron al “desarrollo” como el ideal que justificó su intervención sobre otras sociedades, inclusive con el uso de la fuerza. Y (casi) siempre con el entusiasta y sumiso apoyo de las élites locales.

Tan es así, que los países pobres -sus élites-, en una generalizada subordinación y sumisión, aceptaron ser parte activa de tal cruzada siempre que se les condecore con la entelequia de países “en desarrollo” o “en vías de desarrollo”. Así, en el (in)mundillo diplomático y de los organismos internacionales, inclusive académico, no es común hablar de países “subdesarrollados”, menos aún se acepta que son países empobrecidos o empujados a la periferia, inclusive por la misma búsqueda del “desarrollo”.

Hay que aceptarlo, el “desarrollo” es una real farsa, más cuando es ampliamente aceptado que muchas veces ha existido -y existe- un proceso de “desarrollo del subdesarrollo”, tal como lo anotó con extrema lucidez André Gunder Frank [1966, 1991], economista y sociólogo alemán: uno de los mayores pensadores de la teoría de la dependencia.

De hecho, los países “atrasados”, casi sin beneficio de inventario, aceptaron aplicar un conjunto de políticas, instrumentos e indicadores para salir del “atraso” y alcanzar el ansiado “desarrollo”. Con eso, sucedió algo gravísimo: terminaron enterrando sus sueños, sus visiones de futuro, sus horizontes autónomos para resolver sus problemas, marginaron sus propias capacidades, incluso sacrificaron sus culturas y enormes parcelas de sus territorios. Así las cosas, a lo largo de estas últimas décadas, casi todos los países del mundo “no desarrollado” han intentado seguir más o menos un mismo camino trazado por la ilusión de ser “desarrollados”. ¿Cuántos lo han logrado? ¿Muy pocos o ninguno? Aquí conviene preguntar si lo conseguido es “desarrollo”, pues hasta la definición conceptual del término es uno de esos típicos enigmas de las mal llamadas “ciencias” sociales.

El desarrollo, un fantasma inalcanzable, pero destructor

En el camino, cuando los problemas comenzaron a minar la fe en el “desarrollo” y cuando su gran teoría hizo agua por los cuatro costados, se buscaron alternativas de “desarrollo”. Como un hijo sin padre que lo reconozca, se le puso apellidos al “desarrollo” –como acertadamente acotó el gran pensador peruano Aníbal Quijano- para diferenciarlo de lo que nos incomodaba. Pero, aun así, se sigue en la senda del “desarrollo”: “desarrollo” económico, “desarrollo” social, “desarrollo” local, “desarrollo” global, “desarrollo” rural, “desarrollo” sostenible o sustentable, “ecodesarrollo”, “etnodesarrollo”, “desarrollo” a escala humana, “desarrollo” endógeno, “desarrollo” con equidad de género, “codesarrollo”, “desarrollo” transformador… “desarrollo” al fin y al cabo.

El “desarrollo” -devenido en una creencia nunca cuestionada- simplemente se le redefinió destacando tal o cual característica. Y las críticas nunca fueron contra el “desarrollo”, sino contra los caminos a seguir para alcanzarlo.

América Latina jugó un papel importante en generar revisiones contestatarias al “desarrollo” convencional, como fueron el estructuralismo o los diferentes énfasis dependentistas, hasta llegar a otras posiciones más recientes, como el neoestructuralismo. Sus críticas fueron contundentes, sin embargo, sus propuestas no prosperaron ni tampoco se atrevieron a ser más que alternativas de “desarrollo”.

Estas posturas heterodoxas y críticas encierran una importancia considerable, pero también varias limitaciones. Por un lado, sus planteamientos no lograron -algunos ni siquiera lo intentaron- cuestionar seriamente los núcleos conceptuales de la idea de “desarrollo” convencional entendido casi siempre como progreso lineal, y en particular expresado como crecimiento económico. Por otro lado, cada cuestionamiento generó una ola de revisiones que no pudieron sumarse ni articularse entre sí. En algunos casos generaron un pico en las críticas e incluso en las propuestas, pero poco después estos esfuerzos languidecieron y las ideas convencionales retomaron el protagonismo.

Luego, y esto es lo que más interesa, se cayó en cuenta que el tema no es simplemente aceptar una u otra senda hacia el “desarrollo”. Tales caminos no son el problema mayor. La dificultad radica en el concepto mismo. El “desarrollo”, en tanto propuesta global y unificadora, desconoce violentamente los sueños y luchas de los pueblos “subdesarrollados”. Esta negación violenta de lo propio fue muchas veces producto de la acción directa o indirecta de las naciones “desarrolladas”; a modo de ejemplo, la destructora gestión de la neocolonización o de las ya mencionadas políticas fondomonetaristas. En este punto no se puede marginar el peso de procesos de conquista y colonización que se mantienen desde hace más medio milenio.

El objetivo: borrar las aspiraciones locales y suplantarlas por el ideal de “progreso” impuesto por los países “desarrollados”, un ideal completamente inalcanzable para los “subdesarrollados” (e inclusive para los “desarrollados”), pero funcional a los intereses de acumulación del capitalismo mundial.

Además, el “desarrollo”, en tanto reedición de los estilos de vida de los países centrales, resulta irrepetible a nivel global. Esa forma de vida consumista y depredadora, además, arriesga el equilibrio ecológico global y margina cada vez más masas de seres humanos de las (supuestas) ventajas del ansiado “desarrollo”.

Un punto a modo de referencia ejemplar. A pesar de los indiscutibles avances tecnológicos, ni siquiera el hambre se ha erradicado del planeta. El problema no es la falta de producción de alimentos. Estos existen. El problema radica en que cada vez se destinan más extensiones de tierra a los monocultivos, ocasionando la pérdida acelerada de biodiversidad. Los organismos genéticamente modificados (OGM) y sus paquetes tecnológicos hacen también lo suyo. Y en este escenario, cuando la desnutrición azota a unos mil millones de personas en el mundo, los grandes conglomerados transnacionales de la alimentación siguen concentrando poder vía control de las semillas. El agua también está en riesgo, a más de presentar niveles de una enorme desigualdad en su distribución y de un uso cada vez menos justificable.

Corolario: el mundo vive un “maldesarrollo” generalizado, incluyendo a aquellos países considerados “desarrollados”.

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