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¿LA CONAIE HA MUERTO? – Atawallpa Oviedo Freire

23 de octubre 2025

Por las carreteras del país volvieron a levantarse los bloqueos. Los policías, con sus escudos, custodiaban el precio del diésel. Noboa obedecía las recetas del FMI y el pueblo, una vez más, salía a las calles. Pero esta vez la pregunta no fue solo económica, fue existencial: ¿quién nos defiende ahora? Porque cuando los gases se disipan y los líderes se esconden, el pueblo descubre que está solo. No hay organizaciones sólidas, ni estructuras populares que respondan. Solo quedan individuos dispersos, cansados, desconfiados. La solidaridad se volvió sospecha.

EL MOVIMIENTO INDÍGENA: DE SÍMBOLO A SILENCIO

Durante años, el movimiento indígena fue la última esperanza. La CONAIE era una palabra que estremecía a los poderosos: representaba al país profundo, a los que no tenían voz. Hoy, ese símbolo se disuelve. Sus dirigentes ya no inspiran, sus discursos suenan repetidos, y sus marchas no mueven al país.

El movimiento que hizo temblar gobiernos ahora sobrevive por inercia. No logró —ni quiso— apoyar al levantamiento indígena de Imbabura. Se quebró la unidad, se enfrió la llama.

Mucha de su gente hoy sirven en las filas del ejército o la policía; otros se volvieron funcionarios, empresarios, políticos de ocasión. Hay caciques que ahora administran negocios, y pequeños potentados que colonizan a su propia gente con la sonrisa de quien “progresó”.

La sabiduría milenaria, aquella que hablaba del equilibrio entre los mundos, del sumak kawsay, ha sido desplazada por los dogmas del cristianismo, por el lenguaje de la culpa y la redención. Lo indígena se volvió folclor, y su pensamiento, museo. En las comunidades ya no se piensa desde los símbolos propios, sino desde las categorías impuestas. El pensamiento indígena vive, sí, pero en los márgenes: en algunos libros, en ciertos investigadores, o en unas pocas almas que resisten sin micrófono ni partido, la mayoría de los cuales no tienen el fenotipo indígena.

LOS SINDICATOS: SOMBRA DE SÍ MISMOS

El movimiento sindical, que en otros tiempos hacía temblar ministerios, hoy apenas aparece en las noticias cuando hay que fijar el salario básico. Los obreros ya no creen en sus dirigentes. Las centrales sindicales son oficinas burocráticas que negocian migajas y publican comunicados.

Los dirigentes, envejecidos en sus cargos, se acostumbraron a pedir lo posible y olvidaron exigir lo justo. No tienen escuela, ni renovación, ni fuerza. La clase obrera ya no pelea: compite. Y el capital sonríe.

LA IZQUIERDA: ENTRE EL DESENCANTO Y EL OLVIDO

Antes del correísmo, la izquierda todavía tenía alma. Después, se convirtió en caricatura.
Correa, con su discurso progresista, domesticó a los movimientos sociales, centralizó la política y convirtió la revolución en una marca personal. Cuando cayó, arrastró con él toda la credibilidad de la izquierda. Quedó el vacío, el cansancio, la sospecha.

Ni Cuba ni Venezuela ofrecieron esperanza; Bolivia, cada vez más atrapada en la trampa extractivista, perdió su mística. Y Pachakutik —que prometía ser la excepción— terminó repitiendo los vicios de todos: caudillismo, corrupción, y la tentación de volverse parte del mismo sistema que decía combatir. Los líderes indígenas que llegaron al poder olvidaron su papel de guías y se convirtieron en administradores de obras, pequeños alcaldes del cemento. Hoy no hay intelectuales indígenas capaces de articular una visión profunda y renovadora.

El correísmo, por su parte, insiste en llamarse izquierda, pero su modelo es tan vertical, tan autoritario y tan capitalista como cualquier derecha tradicional.

LOS INTELECTUALES: SILENCIO EN LA MONTAÑA

En el Ecuador ya no hay un intelectual que el continente escuche. Ninguna voz convoca al debate internacional.
En la Escuela Alteridad de Altos Estudios, donde se cruzan pensadores de toda América Latina, llegan chilenos, argentinos, colombianos, mexicanos. Pero de Ecuador, casi nadie. Paradójicamente, los alumnos sí son mayoría ecuatorianos. Eso dice mucho: hay sed de conocimiento, pero no hay fuentes locales.

Tal vez nuestros intelectuales tienen miedo. No quieren “quemarse” en la arena política. Prefieren la comodidad de los artículos de opinión antes que la intemperie del compromiso. En su silencio se ahoga también una parte del pensamiento nacional.

LOS ESTUDIANTES: DE LA UTOPÍA A LA VISA

Hubo un tiempo en que los estudiantes salían a la calle a defender la educación pública y la libertad. Ahora la juventud mira al norte, a Europa o Estados Unidos. Quiere emigrar. Ya no cree en revoluciones, cree en oportunidades.
El país no le ofrece futuro, ni trabajo, ni fe. La rebeldía se mudó a las redes sociales, y el pensamiento crítico, a los memes.

EL PUEBLO SIN ESCUDO

El pueblo está indefenso. Las élites controlan el poder económico, político y mediático. Siempre fue así, pero hoy no hay nadie que les dispute ese poder desde abajo. Y lo que se conquistó en las calles corre el riesgo de perderse en una consulta popular diseñada para borrar derechos.
La desigualdad no se corrige desde arriba: se reproduce desde allí.

EL FRACASO DE LA TEORÍA DEL PODER

Todo este derrumbe viene de un error profundo: creer que el cambio vendría por la toma del Estado. Qué hay que hacerle caer al capitalismo o que hay que administrar la caída del capitalismo. Estás ideas, heredada de las izquierdas del siglo pasado, terminó devorando a quienes la practicaron.
Los dirigentes indígenas, los sindicalistas, los progresistas, todos terminaron absorbidos por la maquinaria estatal. Perdieron su diferencia, ya no son alteridad, se volvieron gestores del mismo sistema. El Estado los digirió.

IZA Y EL LÍMITE DE LA RABIA

Leonidas Iza encarna el último intento de resistencia visible. Su rabia es legítima, pero su camino, errático. Apostó por el estallido, por la presión, por la fuerza. Pero la historia demuestra que el foquismo solo deja mártires, no victorias. 
Las élites agradecieron el error: lo usaron para estigmatizar a todo un pueblo como violento y vandálico. Los medios y la curia hicieron el resto. El racismo regresó con fuerza, disfrazado de orden.
El 5 % de votos que obtuvo Iza fue su respuesta: ni siquiera los suyos lo siguieron. La fuerza sin sabiduría se convierte en ruido.

¿QUÉ HACER?

No hay recetas, solo caminos.
Tal vez la salida no esté en la protesta ni en las urnas, sino en el repliegue. Volver a la base, al sentido comunitario. Regresar a los principios ontológicos de los pueblos: al ayllu, a la reciprocidad, a la palabra compartida.
La tarea no es rehacer la CONAIE ni Pachakutik, sino inventar algo nuevo, horizontal, silencioso, espiritual. Lo mejor es autodisolverse y no competir con el Estado ni mendigarle espacios, sino construir al margen, como el jaguar que se retira al monte para esperar el momento justo.

El capitalismo caerá por sí solo, como caen los árboles viejos. No será la izquierda ni el indigenismo quienes lo derriben, sino su propio peso, su propio absurdo.
Y cuando eso ocurra, habrá que estar listos. No para administrar las ruinas, sino para mostrar que otro mundo ya existe, silencioso, funcionando en red, sin jerarquías, sin dueños, sin dioses ni partidos.

Ese es el desafío: no conquistar el poder, sino abandonar su lógica.
No resistir desde el odio, sino construir desde el ejemplo.
No esperar la revolución, sino vivirla.

EPÍLOGO: CUANDO EL JAGUAR DESPIERTE

Quizá no se trate de preguntar si la CONAIE ha muerto, sino si el espíritu que la fundó aún respira en algún rincón del país. Porque las organizaciones mueren, pero los pueblos no. Las siglas envejecen, los discursos se oxidan, pero la semilla sigue debajo de la tierra esperando el momento de volver a brotar.

El jaguar nunca desaparece: se repliega. Se adentra en la espesura, observa, respira.
Así también el pueblo, cuando todo parece perdido, cuando las palabras ya no alcanzan, cuando la rabia se vuelve cansancio. Entonces calla. Se retira a su cueva de pensamiento, y desde ahí comienza de nuevo.

Nada renace sin silencio.
Nada florece sin duelo.

La historia del Ecuador ha sido la historia de una resistencia interrumpida, traicionada, reinventada mil veces. Pero también ha sido la historia de una memoria que no muere. Está en los rituales, en los cantos, en las manos que siembran, en las abuelas que aún saben leer el cielo. Está en los jóvenes que, aunque no crean en los líderes, siguen soñando con la dignidad.

Quizá el fin de la CONAIE —o su decadencia— sea solo el fin de una forma de lucha, no del espíritu que la hizo posible. Tal vez el nuevo tiempo no vendrá con banderas ni marchas, sino con redes de cooperación silenciosa, con economías comunitarias, con escuelas propias, con territorios donde la vida vuelva a organizarse sin Estado ni mercado.

El sistema capitalista se caerá por su propio exceso.
Y cuando eso ocurra, no bastará con resistir: habrá que mostrar el otro mundo ya construido. Ese será el momento de salir del monte. No para gobernar, sino para cuidar. No para mandar, sino para guiar.

El jaguar volverá a rugir cuando los pueblos vuelvan a escucharse entre sí.
Y entonces —solo entonces— se sabrá que no había muerto nadie: que el fuego estaba escondido, no apagado.

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1 COMENTARIO

  1. Coincido con su frase: “Tal vez el nuevo tiempo no vendrá con banderas ni marchas, sino con redes de cooperación silenciosa, con economías comunitarias, con escuelas propias” . No creo que sea posible sin mercado y estado.
    Puede ser que el sistema capitalista caiga porque en este Universo nada es eterno, pero también es posible que la humanidad se extinga con él.

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