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miércoles, septiembre 23, 2026

NERUDA Y ASTURIAS, MANTELES LARGOS – Sergio Ramírez

21 de septiembre 2026
Puede proteger del olvido, pero para los vivos el premio Nobel sirve, sobre todo, para comer a cuerpo de rey en los mejores restaurantes
A veces, con afán un tanto deportivo, repaso la nómina de los premios Nobel de todos los tiempos. A quienes entre ellos he leído, cuáles no leería nunca, cuales otros no volverían a leer, y aquellos cuyos nombres no me dicen nada. Sus nombres están inscritos en las lápidas de un vasto cementerio, algunas de ellas sobresalientes, otras perdidas entre la hierba.
Rubén Darío se arrepentía de haber firmado un manifiesto en contra de don José Echegaray, cuando lo recibió en 1904, ocasión en que fue zaherido por una turba iconoclasta y justiciera, que encabezaba Valle-Inclán, porque, según rezaba el manifiesto, su obra era melodramática y anticuada. Lo decía nada menos que el pleno de la generación del 98.
¿Qué pasa, por ejemplo, con mi paisano centroamericano, Miguel Ángel Asturias? Cuando le concedieron el premio Nobel en 1967, las campanas de todas las iglesias de Guatemala se echaron al vuelo, y no era para menos. Y antes de hacer su triunfal viaje en tren a Estocolmo, volvió a su país natal, y fue revestido con los honores de rigor: una copa de champaña en el palacio presidencial, las llaves de la ciudad que le otorgaba el municipio, diplomas de asociaciones artísticas, algún concierto de marimba.
Fue cuando lo vi por única vez en mi vida. Lo recuerdo sentado en el corredor de la casa de su hermano Marco Antonio, en el barrio Candelaria de la capital, donde se hallaba hospedado, un ídolo maya vestido de saco y corbata. Yo era un bisoño funcionario del Consejo Universitario Centroamericano, y lo visité para proponerle una visita por la región, para recibir doctorados honoris causa. Con toda cortesía me respondió que lo dejáramos para después de la ceremonia en Suecia, y allí se quedó.
Tenía la estampa de un hombre de buen diente, y sí que lo fue, como lo demuestra el libro que escribió al alimón con Pablo Neruda, Comiendo en Hungría, donde relatan sus aventuras culinarias en Budapest, cuando coincidieron en agosto de 1965, invitados oficiales del Partido Obrero Socialista Húngaro.
Como valientes comedores que ambos eran, emprendieron una bien planeada excursión por los más augustos restaurantes de la ciudad y sus alrededores, y sus anfitriones del partido sabían escoger bien cuáles platos de la cocina magiar los seducirían mejor. Eran celebridades oficiales en el mundo soviético, ambos Premios Lenin de la Paz; cuando Neruda lo recibió en 1951, el nombre del galardón era Premio Stalin de la Paz.
Se llamaban entre ellos “chompipones”, en burla mutua a su inflada contextura de chompipes, el nombre centroamericano para el pavo de orgulloso andar, o guajolote. “Poetas gordos” los dos, señala Asturias, de buena mesa y buena bodega. En aquellos restaurantes, cuyos decorados recordaban las glorias del imperio austrohúngaro, les dispensaban las mismas atenciones que a los jerarcas de la nomenclatura.
“¡Hígado de ángel eres”!, exclama Neruda en una breve oda al foie gras húngaro; y sobran los elogios al Tokay y al Egri Bikáver, el rojo y espeso vino Sangre de Toro, “toro con corazón de terciopelo”, como canta el mismo Neruda en un soneto; pero bajo esa marca los hay de diferentes calidades, pues el Sangre de Toro que yo compraba en Berlín Occidental en los años setenta, en las temporadas en que escaseaban los marcos, era de los más baratos que uno podía hallar, y venían en botellas de a litro.
Tras esta disquisición gastronómica, y no hay cómo no tener envidia de los festines que se describen por parte de ambos autores, regreso a los engañosos parámetros de la eternidad literaria. ¿De qué vale, en verdad, el título de premio Nobel frente al olvido? En vida, para ser tratado a cuerpo de rey en agotadoras, y a la vez placenteras, giras por restaurantes, como esa de que disfrutaron Asturias y Neruda, ambos ceñidos por los mismos dorados lauros suecos.
Pero, ¿Henryk Pontoppidan, Karl Spitteler, por ejemplo, quienes fueron? Están en la augusta lista, pero nunca los leeré. Tampoco sabré nunca si fueron gourmets de categoría o no lo fueron. Pobre don José Echegaray, tan en la mira implacable del temible Valle-Inclán. A lo mejor hasta buen colmillo tenía, como el de Neruda y Asturias, y como el del propio Darío, que alguna vez disfrutó del pato a la sangre en el restaurante parisino de turistas ricos La Tour d’Argent, donde los comensales recibían un certificado numerado. en prueba de que habían probado aquella exquisitez.
Neruda, más allá del repaso fundamental de la cruda historia de América que es el Canto General, seguirá sirviendo de secretario de los amantes con sus Veinte Poemas de amor, y esa es una forma de eternidad. Y de Asturias, aunque se le lee poco hoy día, me sigue seduciendo el retrato sombrío de la Guatemala crepuscular de El señor presidente, y la parafernalia verbal de Hombres de maíz.
En fin… “¡Y tan buen comedor guardo bajo mi manto! ¡Y tan buen bebedor tengo bajo mi capa!”, confesaba Darío.
*  Tomado del Muro de Facebook de Sergio Ramírez. 
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