16 de septiembre
Hoy no fue un día cualquiera en Cuenca. Bajo el sol y sobre el empedrado, marchamos con el agua. Caminamos no solo por Kimsacocha, sino con ella. Porque el agua tiene cuerpo, y hoy lo tuvo en cada mujer, en cada campesino, en cada joven que salió a decir: el agua no se vende, el agua se defiende.
Una marcha como pocas veces se ha visto
No fueron cientos. Fueron miles. Algunos dicen 40.000, otros hablan de 100.000. Yo no los conté. Solo sé que las calles se llenaron hasta donde se pierde la vista. Estaban las comunidades de siempre, sí, pero también juntas de agua, estudiantes, médicos, curas, abuelos, recicladores, arquitectos, niñas y niños.
Y entonces ocurrió algo más:
Un nuevo río nació en Cuenca.
Una ciudad que se convirtió en marea.
Miles de personas formaron un nuevo cauce entre los muros coloniales y los adoquines centenarios.
Uno de vida, de esperanza, un nuevo flujo que marca un límite entre la depredación y la sostenibilidad.
Santa Ana de los Cuatro Ríos, así se la conoce.
Pero hoy sumó uno más: el río de su gente, que, tal como el agua, corría como vertiente por sus calles y por su esperanza de un futuro.
Un río humano que baja desde el páramo, atraviesa la ciudad y sigue fluyendo hacia lo posible.
No fue una protesta. Es mandato.
Desde hace décadas, la defensa de Kimsacocha ha sido una línea de vida para el Austro. Hemos dicho NO en la consulta comunitaria de 2011. Dijimos NO en la consulta popular de 2021. Lo dijo la Corte del Azuay en 2023. Y hoy lo gritamos de nuevo, con fuerza serena: no se puede perforar un páramo sagrado. No se puede negociar el agua.</b
“Sin oro se vive. Sin agua no.”
—dijo una mujer con su bebé a la espalda.
Y no hubo forma de argumentar lo contrario.
Una ciudad que despertó
Hoy Cuenca se reconoció en sus raíces. Escuchó a sus fuentes. No fue una marcha del campo hacia la ciudad. Fue una ciudad que recordó de dónde viene el agua que toma cada día. Que entendió que si se daña Kimsacocha, se pone en riesgo la vida de más de 600 mil personas.
Y también entendió que no basta con que el presidente diga “el proyecto no seguirá”. Queremos que se revoque la licencia. Que se respete la consulta. Que se declare el páramo como zona de protección hídrica. No discursos. Acciones por el bien común.
Una espiritualidad que se vuelve fuerza política
La marcha empezó con ceremonia y terminó con misa. Con cantos y manifiestos. Con dignidad. Porque esta lucha no nace en los códigos mineros, sino en la memoria del agua. En la palabra de los abuelos. En los cuerpos de las mujeres que han caminado durante años.
“No somos radicales. Somos guardianas del agua.”
—dijo Rosita, con los pies mojados y los ojos firmes.
Y yo la creo. Porque los radicales son otros: los que quieren extraer metales del corazón del páramo, romper lagunas, dejar relaves tóxicos, vendernos desarrollo a cambio de silencio.
Los radicales contra el agua
Nos llaman radicales por defender el agua. Por querer que un páramo siga siendo páramo.
Pero seamos claros: los verdaderos radicales son los que están dispuestos a destruir un ecosistema entero para sacar oro. Esa es la radicalidad del capital extractivo. Esa es la barbarie disfrazada de progreso. Esa es la política de convertir territorios sagrados en zonas de sacrificio.
¿Cómo llamar, si no, a quienes quieren dinamitar montañas, desviar ríos, y dejar a cambio silencio y residuos tóxicos?
¿Quiénes están realmente fuera de la sensatez: las comuneras que cuidan el agua o los que quieren secarla por codicia?
Un cuidado milenario amenazado por una destrucción acelerada
El páramo ha sido cuidado durante siglos. No con maquinaria, sino con saberes. No con extractivismo y estudios de impacto, sino con gratitud. La siembra, el agua, el respeto por los ciclos: todo eso ha sostenido el agua y la vida.
¿Sabías que si se cuida, el agua se queda?
Y si se queda el agua, se queda la vida.
Quizás para siempre.
O al menos, para muchas generaciones.
¿Has pensado alguna vez en que algo podría ser eterno?
El oro no lo es. Tampoco los contratos.
Pero el agua sí podría serlo.
El oro se va. Lo sacan rápido. Se lo llevan con los Choneros, con los narcotraficantes, con las grandes empresas que enriquecen a unos pocos.
Y no solo se va. Se lleva lo que no puede reponerse: el agua, los alimentos, los páramos, los osos, los seres invisibles que habitan la montaña.
¿Hasta cuándo los pueblos indígenas y sus tierras serán tratados como zonas de sacrificio?
¿Deben seguir siendo los territorios indígenas y campesinos lugares de explotación, no de vida?
¿Debe seguir ganando el modelo que desarraiga, desplaza y divide?
Las comunidades tienen otra economía. Otra espiritualidad.
Su lógica no es la del lucro inmediato, sino la del cuidado a largo plazo.
Pero ese cuidado no cabe en los presupuestos estatales. No cabe en las licencias ambientales. No cabe en los discursos que dicen progreso y ejecutan despojo.
No es solo una contradicción. Es un choque de mundos.
El modelo capitalista y estatal que impone minas a la fuerza no solo contradice las economías locales.
Atenta contra la espiritualidad misma de los pueblos.
Contra la idea de que la tierra no se posee.
Contra la certeza de que el agua no se compra: se respeta.
Por eso Kimsacocha no es solo un caso ambiental.
Es una frontera. Es un límite.
Y hoy, en las calles de Cuenca, miles dijimos:
hasta aquí.


