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jueves, marzo 5, 2026

DE LA BANALIDAD DEL MAL A SU EXHIBICIÓN PERVERSA – Natalia Sierra

Es muy difícil escribir sobre algo que no sea acerca de los archivos Epstein y más difícil aún escribir sobre ellos

He estudiado durante varias décadas el funcionamiento de la sociedad que enmarca el occidente colectivo. Entiendo las relaciones de dominación ligadas al poder político, económico, ideológico, cultural y militar. He estudiado el nacimiento y despliegue de la Modernidad, la génesis del capital, la dialéctica de la Ilustración, la biopolítica, el biopoder, la necropolítica, el necropoder. He leído a los teóricos críticos y los testimonios de las víctimas del holocausto, de las guerras, de los genocidios. De hecho, como latinoamericana he sufrido la dominación neocolonial, capitalista, neoliberal y la necroliberal. Sé que a lo largo de la historia humana el poder siempre ha conspirado para sostener y ampliar su dominio. Sin embargo, una cosa es lo que dejan salir a la luz pública y otras cosas son las que planifican en secreto. Y pese a todo, ningún estudio es capaz de permitir entender un genocidio trasmitido en tiempo real y la evidencia de la maldad descarnada.

Los datos y hechos del conocimiento se encuentran asimilados e integrados en un marco de comprensión que funciona como filtro subjetivo para procesar la información. Razones y argumentos hacen digerible la realidad: sabemos que la sociedad capitalista es un conjunto de relaciones políticas, culturales, sociales marcadas por la lógica de la mercancía, etc., etc., etc. Esto implica no solo tener la información, sino entenderla. El armaje teórico-conceptual se convierte en una armadura de protección ante el dato crudo de la realidad, el concepto no deja que este se desborde. La teoría aborda la realidad conocida de un modo que su aspereza se desvanece, cada concepto es un término neutro que amortigua el choque con la realidad.

Sin embargo, hoy, la información se expone de manera abrupta y directa rompiendo cualquier marco de comprensión que la contenga.  Los crímenes expuestos en los archivos de Epstein y las imágenes del genocidio del pueblo palestino no pueden ser contenidas en ningún concepto que las explique, que las neutralice. Esta información tiene una oscuridad iluminada que expone la cosa siniestra que se resiste a ser integrada en algún marco de comprensión. El monstruo quiere mostrase en su inmundicia, sin argumento, sin explicación, quiere imponer su maldad para que sea aceptada tal cual es en su crueldad. No busca una máscara que lo encubra, un concepto que lo neutralice, no busca un chivo expiatorio a quien culpar, solo se muestra impúdicamente en su desnuda inmoralidad y su cínica maldad. No hay vergüenza, no hay culpa, no hay arrepentimiento, solo hay goce perverso.  

Es una información que destruye la realidad y nos enfrenta a lo Real imposible de simbolizar, de representar completamente con palabras. Abre un agujero en la fantasía moderna-cristiana de la razón, la ilustración, los derechos humanos, el humanismo, el amor al prójimo, etc., en torno a la cual funcionaba la civilización occidental, blanca, patriarcal, heterosexual y cristiana. Nos han enfrentado a la cosa monstruosa, nos han obligado a reencontrarnos con la cosa imposible que devora la cultura. Se la exhiben sin culpa para nuestra atracción y nuestro horror, circula por todas las redes, todo el planeta la observa. Mientras más nos aproximamos a ella, más próximos estamos a disolvernos como sujetos éticos 

Tanto el genocidio del pueblo palestino como los siniestros archivos de Epstein exhiben el sacrificio de miles de niños y niñas indefensas, crimen que rompen todas las leyes jurídicas del orden internacional, todas las leyes fundamentales de la convivencia humana, todas las prohibiciones que fundan la cultura (El orden simbólico). Caemos irremediablemente en el espesor de la cosa obscena.  La ley simbólica, que prohíbe el acceso directo a la cosa, desparece y libera el goce más perverso e inhumano logrado en la tortura, la humillación, el asesinato, la violación, la masacre. La cosa que nunca se mostraba directamente, hoy se exhibe iluminada para el goce perverso del planeta.    

¿Qué hacemos con esa exhibición?  Si solo la observamos y no decidimos parar la maldad, nos obligan a ser cómplices de esta atrocidad. Asumimos una responsabilidad moral extendida con nuestro silencio y nuestra indiferencia, nos hacen parte de su “club criminal”.  Como somos absolutamente conscientes del daño y la injusticia sin nombre que han cometido nos convierten en sus cómplices. ¿Qué capacidad tenemos de actuar, de intervenir, para evitar que el mal continúe y se extienda? ¿Cómo dejamos de ser cómplices de esta salvajada?

No encuentro otra manera más que abandonar este mundo en ruinas donde reina la maldad en su grado absoluto. Construir comunidades éticas que tejan los acuerdos fundamentales que cuiden y protejan la vida en todas sus manifestaciones, que dibujen las líneas rojas infranqueables que nos devuelvan el deseo y el futuro.

Si dejamos de sentir horror de esta infame crueldad, la aceptamos, aceptamos ser sacrificados en el altar de la execración. Caen todos los tabúes éticos que marcan los límites que nos protegen de nuestras propias pulsiones destructivas (la cosa), de la peligrosa realización de las perversas fantasías humanas. Si no hacemos nada, entonces abrimos los candados de la inhumanidad, del estado de salvajismo del cual no hay retorno.  Estamos en el borde de nuestra aniquilación psíquica, de la aniquilación.

La exhibición de la crueldad busca que nos encontremos con el objeto perdido de nuestro deseo y en ese encuentro nos aniquilemos como cultura.

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