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jueves, marzo 5, 2026

LA TRAGEDIA DE UN PAÍS EN EL LLANTO DE UNA MADRE – Natalia Sierra

14 de octubre 2025

Una mujer joven arrodillada frente a la Casa de gobierno, agarra con sus manos las vallas que protegen al heredero que la  habita, bajo una intensa lluvia llora desesperada rogando ayuda médica para su pequeña hija, que se debate entre la vida y la muerte en un destruido hospital público. Sus lágrimas bajan por sus mejillas y se hacen con la lluvia una inmensa tormenta que inunda la Plaza, en medio del silencio y la indiferencia del gobierno. Una joven madre que no entiende por qué su pequeña no puede ser atendida, por qué la vida de su hija parece solo tener valor para ella. ¿Por qué no escuchan sus súplicas, por qué nadie sale de la Casa ante su ruego?

Ahí está ella sola con su tragedia, con el corazón roto pidiendo por la vida de su hija en un acto extremo de angustia que la lleva a hablar con un muro vallado. Nadie sale, ni saldrá, ella y su dolor no es importante, es nadie, un voto, una molestia para la tranquilidad del poder del joven narcisista, a quien solo le importa su bienestar y si acaso el de su familia. Ese hombre débil no responderá, ni se dará cuenta de la presencia de la madre, tampoco su guardia pletoriana  le perturbará con una presencia insignificante pero incómoda. Y si lo hicieran no entendería, él está acostumbrado al dolor que su clase ha infringido por años a sus trabajadores, entre ellos muchos niños. Su incapacidad de observar el dolor humano es social, no psíquica, es una enfermedad de clase, desde niños les acostumbran a pisotear, humillar, maltratar a sus trabajadores como algo normal. La madre no sabe de esta condición del presidente, ella no puede entender que un ser humano no pueda responder con mínimo de empatía frente a su  dolor. Ella quizá votó por él enredada en sus falsas promesas, ella quizá creyó en todas sus ofertas y tuvo esperanza de mejorar su vida de madre joven. Ahora que la pobreza la estrangula, acude a pedir lo que le prometieron y nadie le responde.

No sabemos el nombre de la madre, tampoco el de su pequeña hija, no sabemos si tiene trabajo o sobrevive rebuscándose la vida, no sabemos si es madre sola, si vino de alguna provincia, si está en la capital por la enfermedad de su pequeña, no sabemos de su historia y sin embargo en ella emerge las miles de madres que ruegan por la vida de sus hijos. En ella emergen las mil Marías que ruegan por la vida de Jesús ante Herodes.  En su dolor se condensa el dolor de las miles de madres ecuatorianas que no pueden dar de comer a sus hijos, que no tienen dinero para cubrir la salud que el sistema público no les brinda, en sus lágrimas están las mías, las tuyas, las nuestras.  Ella es un poco de cada una, todo de cada una.

Veo la imagen una y otra vez, y una y otra vez se me atora la ira en la garganta. ¿Cómo puede una madre rogar por la vida de su hija a quien tiene la obligación de garantizarla? ¿Cómo puede una madre rogar por la vida de su hija mientras en la Casa de gobierno viven con el lujo que todos pagamos?  Veo la imagen una y otra vez y se me parte el corazón y pienso que su acto habla por todas las madres que tenemos que salvar la vida de nuestros hijos, en contra de toda conspiración por arrebatárnoslos. Pienso en los 4 niños de las Malvinas, en los bebés que han muerto por falta de cánulas de 2 dólares o por ser infectados de bacterias en los hospitales por falta insumos de limpieza; en  los niños y bebés asesinados por las balas de sicarios lanzados a la muerte; en las niñas y jóvenes violadas, explotadas y asesinadas en la guerra del capital criminal;  y en los miles de jóvenes tragados por la mafias. Entonces, se presenta ante mí la máscara de los monstruos asesinos e indolentes que se alimentan del dolor que causan en el corazón de las madres, y caigo de rodillas junto a la madre que llora ríos de lágrimas en la Plaza Grande.  

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