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viernes, julio 10, 2026

LOS PUEBLOS INDÍGENAS NO DESAPARECIERON: están reinventándose.

Mientras muchos expertos anunciaban el fin de las culturas indígenas, ocurrió exactamente lo contrario.
Redacción Nota Antropológica
09 de julio 2026
Durante la década de 1990, muchos especialistas estaban convencidos de que las culturas indígenas tenían los días contados. La expansión del capitalismo, la globalización y los mercados parecían conducir a un mismo destino. Según esta idea, los pueblos terminarían perdiendo sus costumbres, sus formas de organización y, con el tiempo, su identidad. El antropólogo Marshall Sahlins llamó a esta visión la teoría de la desesperanza.
Pero la historia tomó otro rumbo.
En lugar de desaparecer, muchos pueblos comenzaron a hablar de su cultura con una fuerza que antes no se veía. Aborígenes australianos, inuit, pueblos de Nueva Guinea, comunidades del Pacífico y muchos otros empezaron a utilizar la palabra cultura para defender sus territorios, negociar con los gobiernos, reclamar derechos y hacerse visibles en un mundo que durante mucho tiempo los dio por desaparecidos.
Marshall Sahlins analizó este fenómeno en una conferencia titulada Dos o tres cosas que sé acerca del concepto de cultura. Lo que observó rompía con muchas de las ideas que dominaban la antropología de aquel momento.
¿Qué estaba ocurriendo?
Muchos pueblos colonizados no querían convertirse en una copia de Occidente. En Nueva Guinea, por ejemplo, algunos habitantes les decían a los antropólogos una frase que resume muy bien esa postura. “Si no tuviésemos costumbres, seríamos como hombres blancos.” La cultura dejó de ser solamente un conjunto de tradiciones. También se convirtió en una herramienta para defender una forma distinta de estar en el mundo.
No todos los antropólogos estuvieron de acuerdo.
Algunos afirmaban que muchas de esas tradiciones eran recientes y que, en realidad, estaban siendo inventadas. Danzas, rituales o ciertas formas de parentesco parecían haberse reorganizado apenas unas décadas antes. Desde esa perspectiva, la cultura se estaba utilizando para negociar con el turismo, con las empresas o con los gobiernos.
Roger Keesing, especialista en Melanesia, incluso advirtió que el discurso cultural podía convertirse en una cortina de humo. Mientras se hablaba de tradición, muchas comunidades seguían perdiendo sus lenguas, sus tierras y parte de su patrimonio. En algunos casos, decía, las élites urbanas eran quienes más aprovechaban ese lenguaje para conservar sus privilegios.
Sahlins respondió desde otro lugar.
Recordó que las tradiciones nunca han sido piezas inmóviles. En las islas Trobriand, por ejemplo, los mitos de origen de los clanes siempre tuvieron una función práctica. No eran simples relatos del pasado. Servían para organizar la vida cotidiana, explicar relaciones sociales y orientar decisiones. Inventar o transformar tradiciones no necesariamente significa engañar. Muchas veces es la manera en que una sociedad adapta su historia a nuevas circunstancias.
Ese debate sigue vigente.
Por un lado, hay quienes consideran que el culturalismo termina congelando a los pueblos indígenas en imágenes folclóricas que resultan cómodas para el turismo o para algunas organizaciones. Por otro, también existe la postura de que negar la autenticidad de esas tradiciones es otra forma de mantener subordinadas a esas comunidades.
Sahlins propuso mirar el problema desde otra perspectiva.
En vez de preguntarnos si una tradición es completamente auténtica o completamente inventada, quizá conviene entender que las culturas siempre han cambiado. El ejemplo del sumo japonés es ilustrativo. Aunque se profesionalizó por intereses comerciales durante el siglo XVIII, conservó elementos rituales ligados al sintoísmo. La costumbre no desapareció. Se transformó.
Mientras la globalización parece hacer que muchas formas de vida se parezcan entre sí, numerosos pueblos responden reafirmando aquello que los distingue. No rechazan necesariamente la tecnología, el mercado o la modernidad. Lo que buscan es incorporarlos desde sus propios valores, desde sus propias formas de entender el mundo. En otras palabras, buscan una modernidad que también sea indígena.
En realidad, esto tampoco resulta tan extraño.
Los antropólogos saben desde hace mucho tiempo que ninguna cultura ha vivido completamente aislada. Todas han incorporado elementos provenientes de otros lugares. Lo interesante nunca ha sido de dónde vienen esos elementos, sino qué hacen las personas con ellos cuando los vuelven parte de su vida cotidiana.
Por eso Sahlins hizo una observación que sigue siendo vigente. Las personas actúan desde quienes ya son. Desde su propia historia, sus relaciones y sus formas de entender el mundo. Para muchas comunidades, el sistema global no ocupa el centro de su vida. Es apenas una parte más de su entorno.
Las fronteras culturales que durante años muchos especialistas intentaron borrar siguen existiendo. No necesariamente como muros que impiden el intercambio, sino como formas de clasificar quién pertenece, quién comparte ciertas obligaciones y quién forma parte de una misma comunidad.
Quizá la pregunta nunca fue si una tradición es auténtica o inventada.
Tal vez la pregunta realmente importante sea por qué hay personas dispuestas a defender esas tradiciones, incluso cuando saben que han cambiado con el tiempo.
Si llegaste hasta aquí, cuéntanos qué opinas sobre este tema. Déjanos una reacción para saber que estuviste en esta Nota Antropológica y sigue la página para no perderte la siguiente publicación.
Fuente: Sahlins, M. (1999). Dos o tres cosas que sé acerca del concepto de cultura. Revista Colombiana de Antropología, 35, 290-327. Traducción de Jairo Tocancipá-Falla.
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