24 de julio 2026
Casi todo el mundo, incluidos muchos intelectuales que se consideran críticos del sistema, acepta que la pasión por el fútbol nace de manera espontánea, como si fuera un impulso natural del ser humano. Se emocionan, celebran, sufren y defienden a un equipo sin preguntarse de dónde proviene esa intensidad ni quién se beneficia de ella. Sin embargo, ninguna pasión alcanza por sí sola las dimensiones planetarias que hoy tiene el fútbol. Para convertir un juego en una fuerza capaz de paralizar ciudades, movilizar multitudes y despertar nacionalismos, fue necesario construir un enorme dispositivo económico, mediático, político y emocional.
Pudo haber sido el fútbol o cualquier otro espectáculo. Lo fundamental no era el deporte en sí mismo, sino encontrar una actividad sencilla, repetitiva y fácilmente comprensible que pudiera transformarse en un gran circo de masas. El fútbol reunía las condiciones perfectas: dos bandos enfrentados, un territorio que defender, una victoria que celebrar, una derrota que vengar y una multitud dispuesta a identificarse con quienes combaten en su nombre. El estadio se convirtió así en una representación reducida de la guerra, pero sin cuestionar las causas reales de las guerras; en una descarga colectiva de emociones que permite liberar momentáneamente la frustración sin transformar las condiciones que la producen.
El poder comprendió que no siempre es necesario reprimir a los pueblos. Es mucho más eficaz ofrecerles un espectáculo en el que puedan depositar su rabia, sus esperanzas, su necesidad de pertenencia y su deseo de triunfo. Quien grita durante noventa minutos siente que ha participado en una batalla, aunque al día siguiente regrese al mismo trabajo, a las mismas deudas y a la misma impotencia. Durante unas horas deja de sentirse anónimo y se funde con una multitud que le presta una identidad: “ganamos”, aunque su existencia continúe exactamente igual.
La pasión futbolística no es, por tanto, una simple emoción individual, es una pasión administrada. Los medios deciden qué partido debe considerarse histórico, qué jugador debe convertirse en ídolo, qué rivalidad debe intensificarse y qué derrota debe vivirse como tragedia nacional. La publicidad, las transmisiones, las apuestas, las camisetas y las redes sociales prolongan el partido mucho más allá del estadio. El espectáculo continúa ocupando conversaciones, pantallas, deseos y pensamientos.
De este modo, una práctica que podría ser recreativa, comunitaria y saludable es capturada por la industria y convertida en una maquinaria de apropiación de la atención. El jugador se transforma en mercancía; el aficionado, en consumidor; el equipo, en empresa; la camiseta, en publicidad ambulante; y la emoción colectiva, en una fuente inagotable de ganancias. Ya no se venden solamente entradas o transmisiones: se venden identidades, pertenencias, rivalidades y esperanzas.
El fanatismo tampoco es accidental. Se lo alimenta porque el fanático consume más, obedece más y cuestiona menos. Puede llegar a odiar a otro ser humano por llevar una camiseta diferente, mientras permanece indiferente ante quienes destruyen su territorio, saquean los bienes comunes o deciden sobre su futuro. Se le enseña a identificar al adversario en la tribuna contraria, pero no en las estructuras que precarizan su vida.
También el nacionalismo encuentra en el fútbol uno de sus instrumentos más eficaces. Durante los campeonatos internacionales, países atravesados por profundas desigualdades aparecen imaginariamente unidos detrás de una bandera. El empresario y el desempleado, el gobernante y el gobernado, el explotador y el explotado parecen pertenecer, por unos instantes, al mismo equipo. Las contradicciones sociales se suspenden bajo la ficción de una identidad común.
Un ejemplo revelador es Estados Unidos. Durante décadas, el fútbol ocupó allí un lugar secundario frente a otros deportes. Sin embargo, cuando las élites económicas, deportivas y mediáticas comprendieron su enorme potencial comercial y geopolítico, comenzaron a invertir decididamente en su expansión. Se crearon ligas, se contrataron figuras internacionales, se promovieron campeonatos y se desplegaron grandes campañas publicitarias. La pasión no apareció misteriosamente: fue cultivada, financiada y convertida en mercado.
Este caso permite comprender que las pasiones de masas no siempre aparecen simplemente: también se producen. El sistema no se limita a satisfacer deseos existentes; crea los deseos que luego promete satisfacer. Estimula un entusiasmo, lo amplifica, lo dirige y después presenta como natural aquello que él mismo ha construido.
Esto no significa que jugar al fútbol sea negativo ni que toda persona que disfruta de un partido sea inconsciente. El problema no está en el juego, sino en su apropiación industrial; no en la alegría de jugar, sino en la fabricación del fanatismo; no en la comunidad que se encuentra, sino en el espectáculo que utiliza ese encuentro para producir distracción, obediencia y consumo.
Participar acríticamente de este fenómeno, y llamarse intelectual, bajo el argumento de que “solo es deporte” significa desconocer la función política de la distracción. Nada que movilice miles de millones de dólares, controle la atención de pueblos enteros, produzca héroes nacionales y determine estados emocionales colectivos puede considerarse solamente un juego. El fútbol profesional es también una industria cultural destinada a organizar el deseo, administrar la frustración y ocupar el espacio interior desde el cual podría surgir una conciencia crítica.
Mientras millones discuten apasionadamente una falta, una alineación o un resultado, muy pocos se preguntan quién controla su tiempo, su trabajo, su territorio y su futuro. Se conoce con precisión la vida de los jugadores, pero se ignora la historia de la propia comunidad. Se llora por la eliminación de un equipo, pero no por la destrucción de un río, la desaparición de una cultura o la mercantilización completa de la vida.
La dominación contemporánea ya no actúa únicamente mediante la prohibición y la violencia. Actúa, sobre todo, mediante la seducción, el entretenimiento y la captura permanente de la atención. El esclavo moderno no siempre sabe que obedece, porque sus cadenas adoptan la forma de deseos, diversiones y pasiones que considera propias.
El problema no es que el pueblo sienta pasión, sino que otros hayan aprendido a decidir por qué debe apasionarse. No es que celebre, sino que su capacidad de celebración haya sido secuestrada por el mercado. El espectáculo ofrece una comunidad imaginaria mientras destruye las comunidades reales; promete identidad mientras uniforma; permite gritar en el estadio mientras enseña a callar ante el poder.
La pregunta verdaderamente incómoda no es si nos gusta o no el fútbol, sino cuánto de aquello que sentimos como una pasión propia ha sido previamente fabricado para nosotros. Y, sobre todo, qué ocurriría si la misma energía, disciplina y fidelidad que millones entregan a un equipo fueran dirigidas a defender la Vida, recuperar la comunidad y transformar las estructuras que los mantienen sometidos.
Quizás entonces descubriríamos que el mayor triunfo no consiste en que once jugadores derroten a otros once, sino en que un pueblo recupere la atención, la conciencia y la capacidad de decidir por sí mismo aquello que merece verdaderamente su pasión.


