17 de septiembre 2025
Por qué se moviliza el pueblo, cada vez que anuncian el retiro del subsidio de los combustibles? Hay explicaciones para todo gusto. Desde el cinismo oficial que reza que detrás de toda movilización están los narcos, cuando cada vez es más evidente que los narcos están encaramados en Carondelet (ahora en Latacunga, por cierto). Luego está la disquisición exquisita del ambientalista inconsecuente pero bien pensante que se horroriza ante las manifestaciones del movimiento indígena por los combustibles fósiles que están acabando al planeta. Ese ciudadano no se ha tomado la molestia de revisar en que lugares del planeta se consumen dichos combustibles fósiles en escalas desproporcionadas (les doy una pista, en Ecuador no es).
Aparece también la fauna liberal llamando a la sensatez y a reconocer que los subsidios son una medida “populista” que no debería sostenerse en una economía moderna y menos con un gobierno liberal. Se olvidan que “moderno” es un adjetivo inalcanzable para un país cuya regresión solo es comparable a la instauración de las repúblicas bananeras de mediados del siglo XX. Se olvidan también que quien hace añicos el liberalismo es la dictadura cívico militar que hoy gobierna el país, y que no tiene empacho en devorar instituciones, destituir autoridades electas y amenazar con la mayor maquinaria de persecución judicial que ha conocido nuestra historia, a cualquier perico de los palotes que se le cruce por delante.
Pero volviendo a la pregunta. ¿Por que el subsidio al combustible mueve tanta sensibilidad? ¿Por que no tiene la misma fuerza el reclamo de los niños muertos en los hospitales, el de los desaparecidos, el de los perseguidos, el de los miles de funcionarios despedidos?
Quizá la respuesta está en nuestra historia. El petróleo fue siempre un símbolo. Un símbolo ambivalente y doloroso, como pueden constatar los pobladores amazónicos, pero un símbolo instalado en la narrativa de la historia común. Siempre fuimos un país atravesado por una abismal grieta de clase y raza. Siempre fuimos observados con desdén por esas oligarquías criollas que suceden en el poder a los abuelos, a los hijos y a los nietos. Pero ha habido pequeños lapsos en la historia política de esta maltrecha e incompleta nación, en la que alguna fuerza externa a la oligarquía logra colar alguna reivindicación de eso que los gramscianos llaman: lo nacional – popular.
La Nacionalización del Petróleo en los años 70 fue un momento clave en ese clivaje, en ese intento de construir, en medio del océano de desigualdad, algún símbolo de comunidad nacional, alguna forma de riqueza común que, por mucho que se despilfarrara en manos de los militares y luego de los contratistas trasnacionales, se impregnó como una representación de aquello que pertenecía al conjunto de la nación.
Para reforzar ese mito, el “Gobierno Nacionalista y Revolucionario de las Fuerzas Armadas” (Bombita dixit) instituyó el subsidio a los precios de los combustibles como una forma de hacer tangible la idea de que, puesto que la renta petrolera pertenecía a todos, debía usarse de maneras en las que todos, ineludiblemente todos, pudiesen beneficiarse del petróleo.
Habrá quienes digan que cincuenta y pico de años después, con toda la historia infamante del petróleo a cuestas, ese mito no vale ni la tinta que gasto en recordarlo. Que en la era del cambio climático y la urgente necesidad de transiciones energéticas, el subsidio es una rémora sin valor para las necesidades políticas del presente. Puede ser, pero las mentalidades y los símbolos se construyen en escalas temporales diferentes.
Los subsidios a los combustibles están en la mentalidad de los ciudadanos más empobrecidos de este país quizá como el único beneficio tangible que tuvo alguna vez para ellos el famoso boom del petróleo. No se trata solo de transporte barato, sino de una especie de contrato social en el que este representa el único logro maltrecho que ha conseguido escapar a décadas de gobiernos desnacionalizantes y antipopulares. Además es una medida símbolo porque se ha defendido durante décadas con muertos, con heridos y con una bravura muy poco vista en los ecuatorianos.
Después de la Tri, el bolón y el encebollado, el subsidio de los combustibles junta la rabia de los siempre postergados. De los que siempre reciben el vengase mañana que hoy no hay sistema, de los “le estoy diciendo que no consta en la lista de beneficiarios” de los “si quiere vaya a hacer la denuncia pero no le ha de servir de nada”, de los que siempre reciben el chirlazo de los “ah longo hijueputa es que no sabes quien soy yo”.
Y aunque soy amigo de encontrar maneras de transición a otro esquema energético e incluso fiscal para beneficiar a las mayorías, está claro que con este gobierno de depredadores del patrimonio nacional, con este gobierno de aberrantes odiadores de lo común, de cualquier sentido de patria, de comunidad, de justicia, no hay ni un milimetro de concesiones posibles.
Apoyo ese símbolo de la rabia popular, aunque a algunos exquisitos les provoque angustia, porque como siempre el pueblo nunca está en lo que debe estar, según lo que sus mercedes prescriben. Lo que yo me alegro, por montón, es que algo cause indignación en este país en donde ya parece estar muriendo cualquier capacidad de reacción. Aunque sea visceral.
Foto: Human Rights Watch
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