20 de noviembre 2025
Parece que en San Miguel del Común nada ha pasado. El aire se respira limpio y el solemne silencio de la tarde apenas es roto por algún grito de los vecinos que juegan Ecuavóley en la plaza central. Es difícil imaginar que hace algunas semanas atrás esta misma plaza, en la que los vecinos comparten la tarde, haya estado inundada de un excesivo gas lacrimógeno. Hoy las parrillas humeantes de las vecinas que ofertan una variedad de alimentos asados alrededor de la plaza reemplazan ese asfixiante picor de garganta.
Después del anuncio del presidente de la República, Daniel Noboa, sobre la eliminación del subsidio al diésel, la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), presidida por Marlon Vargas, tomó la decisión de convocar a un paro nacional “inmediato e indefinido”. Es así que desde el 22 de septiembre de 2025 hubo bloqueos en carreteras y se registraron los primeros enfrentamientos entre indígenas y fuerza pública. Sin embargo, a diferencia de los levantamientos de octubre de 2019 y junio de 2022, los bloqueos y los enfrentamientos no se produjeron en Quito. La toma de la ciudad nunca se concretó, pese a los rumores. Días después, en medio de la creciente protesta, la represión se cobró la vida de Efraín Fuerez, Rosa Elena Paqui y José Alberto Guamán.
Más al sur Felipe*, vecino de la Comuna de San Miguel del Común, en Quito, fue víctima directa de la represión y aún tiene las marcas de los impactos de las balas de goma que recibió a discreción. “Hasta un niño se pudo haber muerto un día”, dice. Y prosigue:
“La Fuerza Pública nos empezó a tirar gas de un lado al otro sin previo aviso. Había la casa de una compañera a la que ingresaron varias bombas de gas y ahí había un bebé. El bebé no te va a hablar, no te va a decir ‘me estoy ahogando’. Es un bebé. Yo me percato de que el niño está rojo, que está pujando, y en ese momento nosotros le auxiliamos. Si no hubiese sido porque nosotros estábamos organizados, ya que tenemos una brigada de salud para nuestros compañeros, no sabemos qué hubiese pasado”.
La Comuna
San Miguel del Común es una comuna ancestral definida como tal desde 1934. Ubicada en el norte de Quito, pertenece a la parroquia de Calderón. Esta pequeña comuna ha sido el punto neurálgico de los levantamientos dentro de la capital, pero, a diferencia de los paros de 2019 y 2022, esta vez fue protagonista y el foco principal de los enfrentamientos, la represión, los vejámenes y la desinformación de los medios de comunicación.
Yendo por la Panamericana Norte, arteria principal que conecta a Quito con el norte del país, a mano derecha, casi imperceptible para los viajeros que día a día pasan por ahí, se encuentra un cartel que dice “Bienvenidos a la Comuna San Miguel del Común”. Al ingresar, casi en la carretera, hay un altar con una virgen que recibe a sus visitantes.
Un par de cuadras más abajo se llega a la plaza central, lugar de reunión de los vecinos. Ahí mismo se encuentra la iglesia de la Comuna. Sus habitantes se conocen entre sí porque viven desde hace años en comunidad, y cuando ven a alguien extraño, una cara nueva o vestido de una forma particular y que parece estar perdido, enseguida empiezan a preguntarse quién es esa persona y se activan sus grupos de mensajería para ver si alguien los conoce. Esta desconfianza en los extraños se agravó después del paro. También desconfían de los medios de comunicación y tienen un resentimiento particular en contra de la Policía y el Ejército Nacional. Felipe recuerda con indignación el día en que se tomaron la plaza central: “Invadieron nuestro territorio. Como ustedes sabrán, a las comunas ancestrales no puede ingresar ni la policía ni el ejército”. Según el numeral 20, artículo 57, Capítulo cuarto sobre el Derecho de las comunidades, pueblos y nacionalidades, de la Constitución Nacional del Ecuador, se establece: La limitación de las actividades militares en sus territorios, de acuerdo con la ley.
Para ingresar a la Comuna, nos pusimos previamente en contacto con Carla*, dirigente del pueblo Kitu Kara, para que nos permita conversar con las warmis[1] que estuvieron al frente en el paro.
Las warmis atienden al llamado
La tarde amenaza con lluvia, pero algo la detiene. El cielo está gris, no hay viento y tan solo una pequeña capa de neblina baja por la colina contigua a la Comuna. El primer encuentro es con Gabriela Minda, vecina de la comuna desde hace ocho años. Carla nos presenta, le explica que estamos ahí para conversar sobre lo ocurrido en días anteriores. Al principio Gaby se muestra seria. Es una mujer negra, alta y delgada. En su cabello rizado perfectamente recogido con un pequeño moño sobre la coronilla, ya se descubren algunas canas. Poco a poco la seriedad de Gabriela se tornó en una charla divertida. Gabriela tiene buen sentido del humor y una voz fuerte que se impone. Aún tiene cierta desconfianza por lo que le pueda preguntar. Recuerda indignada que un medio de comunicación entró a la comunidad a cubrir lo que estaba sucediendo, pero “estaban atrás de la policía diciendo lo que es y lo que no es, tengo iras con esos periodistas” (risas).
Gabriela Minda vive en San Miguel del Común desde hace ocho años. Fotografía: Montserrat Rivera
Gabriela estuvo desde el primer día en las marchas que se realizaron sobre la Panamericana. Salió junto a los vecinos de la comuna. “A las marchas salíamos de forma pacífica: caminando, protestando, haciendo bulla con las ollas. Los mismos policías y los militares encabezaban la marcha, ellos adelante y nosotros en la parte de atrás”.
Gabriela aún duda sobre a quién le está contando su testimonio, no puede sacarse de la cabeza los días de paro en donde los medios de comunicación los tachaban de vagos, terroristas, delincuentes. “Terroristas nos sentíamos porque eso nos decían”. Suena el celular de Gabriela y contesta, es su hija Camila. “Estamos donde la vecina de las papas”, le aclara. Después de un par de minutos de haber colgado la llamada, llegó Camila, una chica muy joven envuelta en una cobija y con una gorra de lana, a pesar de que el clima de la noche es fresco. Se sienta junto a su madre y escucha atenta el testimonio. Pese a ello, de cuando en cuando Camila interrumpía para agregar o corregir algo de lo que su madre decía. “Ella también estuvo batallando en primera línea de la cocina”, agrega Gaby, refiriéndose a su hija mientras suelta una carcajada que contagia.
El testimonio de Gabriela sigue. “Nosotros seguíamos en la marcha pacífica cuando a cierta hora la policía empezaba por altavoz a decir ‘señores esto es una advertencia bla bla bla…’ y ¡bum! Empezaban a lanzar el gas y obviamente los comuneros empezaban a defenderse”. Ella fue clara, se defendieron con piedras porque los policías les lanzaban bombas.
Gabriela estuvo en el grupo de primeros auxilios. Ella es enfermera y vio que ese era el mejor lugar para servir a su comunidad. Relata que hubo muchos asfixiados por el gas que se inhalaba, pero el más grave fue el vecino que perdió el ojo. “Con él hicimos lo que pudimos antes de que lo trasladen a Quito”, se lamentó. El domingo 19 de octubre circuló en redes un vídeo que se hizo viral. Ahí se puede ver a Roberto Samueza, comunero de 50 años, acercarse junto a un vecino a los policías que estaban sobre la acera. Se los ve con las manos vacías y en actitud pacífica. De repente un policía se les acerca, levanta su arma, pone la mirilla en su ojo y dispara. Roberto recibe el impacto directamente en su rostro, se lo ve agacharse y rápidamente se alejan del lugar. El 21 de octubre, en el Hospital Carlos Andrade Marín en Quito, se confirmó la pérdida de su ojo derecho.
“Yo digo que disparen a las piernas o algo, ahí uno ya siente la quemazón, se agacha y se queda quieto, lo que sea, pero no, ellos ¡pum! Directo a la cara. Así mismo fue con otro vecino que tuvieron que cogerle ocho puntos en la nariz. Cuando estaba tendido en el piso, ensangrentado, nosotros les pedimos ayuda a ellos mismos (Policía) para que nos permitan llevarle en la camioneta, pero solo se reían y hacían mofa de eso. Por suerte hubo chicos paramédicos que nos ayudaron”, concluyó Gabriela.
La cocina también estuvo en primera línea
Yadira*, al igual que Gabriela, tiene recelo ante el micrófono. La mala experiencia de los días anteriores le dejó la desconfianza instaurada. Es una mujer joven de treinta años y con dos hijos pequeños. Ayuda en el local de comida a freír y repartir los alimentos. Ella estuvo en la cocina durante los días de paro.
“Nosotras, como mujeres, sentimos que no podemos hacer mucho ante ese nivel de violencia, pero sí podemos ayudar en la cocina, dando alimentos a quienes están luchando por todos nosotros. No es que nos obliguen a cocinar, lo hacemos porque, como comunidad, estamos dispuestos a servir en lo que podamos. Como yo digo, la lucha no es solo para uno, si algo se gana en la lucha, todos nos beneficiamos. Pero yo he visto en las redes sociales cómo nos dicen ‘vagos’, ‘terroristas’, ’váyanse a trabajar’. Nosotros sentimos eso como una ofensa, pero al ver la realidad, también nos ponemos a pensar y decimos: ‘No somos así’. Porque también trabajamos y no estamos en las calles porque tengamos todo el tiempo del mundo o porque queramos, sino porque estamos protestando por algo que nos está afectando”.
Yadira aclara que muchas familias de su comunidad, no tienen un trabajo seguro ni estable. “En nuestra comunidad, unas 100 personas aunque deben ser menos — tienen un trabajo fijo. El resto vive del día a día, de lo que venden en los negocios, de lo que cultiven o de la crianza de chanchitos y gallinas. Aquí casi todos viven del día a día. No tienen un trabajo estable que les permita acatar todo lo que el gobierno dispone, porque también nos afecta”, señala.
Yadira nos comparte su testimonio. Fotografía: Montserrat Rivera
Compartir los alimentos en las comunas tiene un significado muy fuerte para ellos. El dos de noviembre de cada año se juntan en el cementerio para compartir alimentos en honor a sus muertos, en una mezcla entre tradición y religión. La tradicional “chucuta” es un plato que sirven ese día en particular. Es una mezcla de arveja seca con carne de chancho y harina de maíz. En la cosmovisión indígena los alimentos son sagrados y no hay lugar para desperdiciarlos.
El domingo cinco de octubre, mientras la cocina comunitaria estaba lista para servir los alimentos a los vecinos, la policía llegó a la comunidad en un ataque sorpresa. Dispararon gas mientras los vecinos esperaban su plato de comida. Yadira relata lo que ocurrió:
“Lo que pasó es que ya habíamos terminado de cocinar y yo acababa de llegar. Nosotras estábamos ayudándole a mi mami, porque ella cocina junto con otra señora encargada. Recuerdo que ese domingo ya habíamos terminado de cocinar y todo estaba listo para servir a los compañeros. Llevaron las ollitas para repartir los alimentos y, cuando ya estaban comiendo, empezaron a caer las bombas donde estaban sentados. Los cogieron desprevenidos y todos corrieron. En los videos yo veía cómo la policía se llevaba arrastrando las ollas. ¡eran mis ollas! y cómo toda la comida se había regado”.
“¿Ustedes sufrieron el ataque directo?”, le preguntamos.
“A las que fueron a servir la comida, porque ellas querían salvar la olla: Entonces estaban cerquita y nos dispararon, y cuando el gas iba a caer en mi pie, yo retrocedí y la bomba empezó a saltar. Disparaban de muy cerca y no era para hacernos asustar o para que nos vayamos a la casa, porque, yo digo, para dar un susto, aunque sea se dispara al aire o a donde no estén las personas, pero ellos iban directo al cuerpo”.
La chucuta es el plato tradicional de San Miguel del Común. Fotografía: Montserrat Rivera
El apoyo desde Quito
En los testimonios de Gabriela y de Yadira hay una respuesta en común: no sintieron el apoyo esperado desde Quito. “De Quito no, ninguna de las comunidades casi se ha levantado en esta protesta y realmente sí fue indignante, porque había comunas que estábamos luchando, pero los demás llevaban su vida normal”.
Esa ayuda no fue tal vez muy evidente, pero sí existía, a pesar de las dificultades para llegar a la comuna. Este fue el caso de Cristina Alvarado, estudiante de Finanzas de la Universidad Central del Ecuador. Ella fue una de las pocas personas que fueron a San Miguel del Común para brindar apoyo a la comuna. Su testimonio es fluido y enérgico, se autodefine como feminista, militante y comunista. Sostiene una cerveza en la mano mientras habla.
“Yo soy una persona que vive técnicamente en Ibarra, porque me radiqué en Quito, pero en Carapungo, que está más cerca de Ibarra. Para ir a Ibarra tienes que pasar por San Miguel del Común y otras comunas, las cuales componen el pueblo Kitu Kara.
Desde Carapungo a San Miguel nos demoramos 15 minutos en llegar, es súper cerquita. Vimos en las transmisiones en vivo que la represión en la comuna estaba fuerte, entonces nos comunicamos con un compañero y le preguntamos qué podíamos hacer para ayudar. El tema del ingreso fue muy complejo porque había demasiados infiltrados. Entonces logramos comunicarnos con el compañero presidente del pueblo Kitu Kara, y ya, con su venia, nosotras pudimos entrar en uno de los días más calientes, donde hubo bombardeo y represión”.
Cristina recuerda con claridad los detalles de lo que va narrando. A pesar de su corta edad, ya vivió la represión de las paralizaciones pasadas que hubo en Quito, en (octubre de 2019 y junio de 2022.Fue en esta última paralización en la que Cristina enfrentó la violencia represiva de forma muy cercana. “En 2022 aprendí mucho con algunos compañeros y eso, de alguna forma, llevó a indignarme más con las cosas que pasaban”.
Cristina continúa su relato: “Pasamos cinco filtros y, de ahí, ya nos dejaron habitar en la comunidad. Nos recibieron con cobijas y esteras, con comidita y ollas populares. Nosotros fuimos —si no mal recuerdo— un día jueves… no estoy segura, capaz que fue viernes. Llegamos a San Miguel del Común y se veía mucho gas. Las primeras filas, sobre todo, eran guaguas[2] de entre 14 y 16 años. Me acuerdo de un compañero que nos hablaba sobre la represión que habían vivido en los dos paros anteriores. Él incluso nos daba tácticas, y nos asombramos. “Wow, esta gente está muy organizada”, se dijo Cristina a sí misma.
Desde su experiencia, para Cristina es primordial que las y los quiteños conozcan más de estas comunas. “No se nos informa que en Quito hay comunas. Para nosotros casi que eso es algo extinto. Entonces, habitar (la comuna) por tres días nos enseñó algo para toda la vida. Estos compas, sobre todo los chiquitos, están formados en comunidad. Ese día, con mi compa, entendimos que incluso nosotras decimos que la izquierda no está tan formada como los guaguas de las comunas, porque esos manes, te juro, están súper bien organizados: todos saben quién es quién, todos saben cuáles son los cinco filtros que hay que pasar, todos saben cómo detectar infiltrados. A mí me parece espectacular, porque son cosas que en Quito no nos enseñan. También por eso hay tanto infiltrado entre nuestras organizaciones, incluso en las individualidades”, prosiguió.
Ella recuerda con claridad la represión experimentada. “Ese día respiramos bastante gas, recolectamos bastantes restos de las bombas que nos lanzaban. Teníamos varias canecas y eran unas bombas bien grandes, caducadas. Fue todo muy profundo, porque los compas nos contaban sobre las primeras filas. Cuando ya entras un poco más en confianza, te cuentan que no han dormido bien en tres días, porque toda la semana pasaron reprimiéndolos. No podías descansar: sonaba una bomba y tenías que despertarte para seguir en primera fila. Para ellos era muy complejo. Algunos compas nos decían que no habían comido en 24 horas, y obvio: para estar luchando tienes que tener la pancita llena”, destacó la joven estudiante.
En medio de todo esto, formulo otra curiosidad: “¿Cuál fue tu rol dentro de San Miguel del Común?”. “Se nos asignó un rol a mi compañera y a mí de cuidadora de insumos, porque lo que vino desde Quito era de gente que conocíamos. Entonces nosotros decíamos ‘compañeros, ustedes pueden entrar’ y nos tocó organizar las donaciones en la iglesia de San Miguel del Común”, concluyó.
¿Quién hace las noticias?
Carla es otra miembro de la comunidad de San Miguel del Común que participaba en los eventos. Trabaja en Quito y casi no tiene tiempo, solo le quedan las noches para dedicarse a otra actividad que no sea su trabajo. A pesar de eso, mantiene firme su compromiso en la dirigencia del pueblo Kitu Kara[3].
Carla había seguido de cerca las protestas de los días anteriores y, por supuesto, lo que los medios decían en sus noticieros. El 10 de octubre, el ministro del Interior John Reimberg, afirmó que la noche anterior se realizó un allanamiento en una casa en San Miguel del Común, y allí encontraron una fábrica de materiales explosivos. Esto se publicó en un diario local. La transcripción exacta de lo publicado en el medio es la siguiente:
“Ayer, 10 de octubre de 2025, el ministro del Interior, John Reimberg, anunció en su cuenta de X que la noche del 9 de octubre se realizó el allanamiento de un domicilio en San Miguel del Común, en el que se fabricaban y almacenaban artefactos explosivos (entre ellos bombas Molotov)”.
Carla desmiente esta versión:
“Es una total farsa, porque primero dijeron que nosotros fabricábamos bombas molotov, que fabricábamos fusiles y, por último, decían que también fabricábamos papas bombas. Dudo que la gente de la comuna sepa o tenga conocimiento de lo que es una papa bomba. Nosotros siempre nos hemos manifestado con marchas pacíficas. Es más, la violencia siempre vino de parte de la policía. Que hayan allanado una casa es totalmente falso porque nunca hubo un allanamiento. Lo que ellos hicieron fue ingresar a sacar a unos muchachos dentro de una casa que es común y corriente, en donde incluso había niños. Ingresaron y les golpearon, pero en ningún momento encontraron bombas molotov, sino solo niños y muchachos, los cuales también fueron agredidos”.
La noticia publicada en el medio impreso agrega otro tipo de aseveraciones haciendo referencia a San Miguel del Común, como el uso de drogas y la vinculación con el narcotráfico:
“Otra problemática identificada (en San Miguel del Común) es la venta y consumo de drogas. ‘Estos problemas suelen estar vinculados a microtráfico en el ámbito local, un fenómeno que afecta a muchas comunidades urbanas y periurbanas de Quito’, agrega la institución policial… Los reportes policiales indican que hay una presencia directa y la operación de las grandes bandas de Grupos de Delincuencia Organizada (GDO) como los Lobos, los Choneros…”, decía la nota periodística.
Al respecto, Carla aclara lo siguiente:
“No se han identificado grupos organizados o grupos delictivos dentro de nuestra comuna. Tal vez el tema del alcoholismo sí, pero eso se da por la falta de trabajo, entonces la gente sí consume alcohol ante la desocupación laboral, pero no lo hace de manera frecuente. El consumo de drogas tampoco se ha evidenciado dentro de nuestra comuna como tal”.
“Para decir que tenemos un índice alto de alcoholismo, de drogadicción o que tenemos bandas delictivas dentro de nuestra comuna, primero habría que identificar estos conflictos, pero eso no se ha logrado. ¿Por qué razón? Porque hubo un tiempo en que personas ajenas, de otros sectores, venían a robar aquí a la comuna. Ingresaban a las casas y se llevaban los chanchos. Entonces, en ese momento surgió la necesidad, como comuna, de buscar soluciones. Incluso usted puede ver que dentro de la comuna tenemos una Unidad de Policía Comunitaria (UPC), la cual desde el gobierno de Lenin Moreno, en 2019, está prácticamente abandonada”.
“Por el tema de la inseguridad pedimos a las autoridades que nos brinden ese servicio. Pero se nos dijo que no contaban con patrulla para hacer guardias en las noches, que no tenían lo necesario, ni gasolina para habilitar el vehículo. Y ante esa situación, viendo cómo nos estaban robando dentro de la comuna, surgió la necesidad de actuar. Entonces dijimos: ‘Bueno, vamos a hacer una colecta’. Toda la comuna aportó, arreglaron el patrullero e incluso le pusieron gasolina. Prácticamente asumimos un servicio que se supone que deberíamos recibir como ciudadanos, porque de una u otra forma pagamos impuestos, como todos. ¿Y qué pasó? Duró un tiempo. Luego los señores dijeron que no podían hacer guardia aquí, que tenían que estar en la base, en Carapungo. Se hicieron de la vista gorda y nunca más tuvimos ese apoyo. Viendo esa necesidad, nosotros como comuna nos organizamos. ¿Y qué hicimos? Armar nuestra propia seguridad dentro de la comunidad”.
Como si nada ha pasado…
Poco más de un mes después de haber puesto fin a las movilizaciones, el país vive como si nada hubiera pasado. Sin embargo, una vez más, los pueblos y comunidades indígenas fueron los que pusieron los muertos en las calles por salir a protestar en contra del gobierno, decenas de heridos, detenciones y prisiones extrajudiciales, agresión física y verbal.
El Ecuador sigue su rumbo mientras en las calles de Imbabura y de San Miguel del Común apenas hay rastros de que algo pasó. El aire ahora se respira limpio y ya no suenan las sirenas de los vehículos policiales ni el estruendo de las bombas ni los fusiles. Todo está en calma, pero las paredes continúan gritando.
Imagen de portada: Montserrat Rivera
Imágenes en texto: Montserrat Rivera
(*) Todos los nombres con asterisco han sido protegidos por pedido expreso de la dirigencia Kitu Kara, debido a la persecución que han sufrido en los últimos días.
[1] En Kichwa, “warmi” significa “mujer”. Es una palabra fundamental en este idioma y se utiliza para referirse a las mujeres en general. Se ve en expresiones como “warmi shimi” (palabra de mujer) o en nombres de colectivos que buscan el empoderamiento femenino, como “Warmi Warma” o “Warmi Ñan”.
[2] En Ecuador, “guagua” significa bebé o niño pequeño. El término proviene del idioma quichua y se usa comúnmente en el contexto familiar y cultural.
[3] La comunicación ocurrió través de mensajes de Whatssapp.


