05 de octubre 2026
Ahora corren desbocadas por las redes sociales toda clase de falsedades, algunas muy arteras, otras inocentes, elaboradas con los auxilios pródigos de la Inteligencia Artificial, capaz de falsificar imágenes y voces a gusto del mentiroso. Y hasta novelas. Este animal insomne todo lo devora y todo lo falsea, y hace que lo falso parezca real; a veces tan real, que la impostura queda expuesta por su exceso de realismo.
En lugar de autores tenemos falsarios, todos ellos anónimos, y en vez de lectores, seguidores. Y entre las tentaciones que depara el anonimato, está la de ponerse bajo el amparo de un escritor reconocido, con lo que se asegura que lo propio salga a andar por el mundo, aunque sea bajo disfraz.
Pero otra tentación es tomar un texto escrito por alguien de menor cuantía, y endilgárselo a un autor famoso. Es lo que pasó con el poema Instantes, atribuido a Jorge Luis Borges. Tan popular se hizo que de las redes sociales pasó a las revistas del corazón.
En ese poema, el falso Borges decía que si volviera a nacer comería más helados y menos habas ?no recuerdo si helados de fresa de chocolate? y que andaría descalzo sobre la hierba húmeda, o que metería los pies en la corriente de algún arroyo. A su avanzada edad, Borges parecía despedirse de la vida con un acto de contrición, como si la hubiera desperdiciado en nimiedades tales como escribir.
Se trataba a ojos vista de un Borges sospechoso, más cercano a la autoayuda que a Pitágoras y el tiempo cíclico. Desde las alturas de su espléndido rigor verbal, bajaba en aquel poema al terreno del lugar común, que se emparentan tantas veces con el favor popular, como les sucede a los políticos cuando deciden irse en sus discursos por el camino de la retórica sensiblera.
El poema no había sido escrito por Borges, se empeñó en demostrar María Kodama, feroz guardiana de la obra de su marido. Su autor verdadero era Don Harold, un humorista de Estados Unidos, que lo había publicado en 1953 bajo el nombre de Cogería más margaritas en el Reader’s Digest. Las pruebas en mano, pero nadie le creyó a la viuda. A la gente le gustaba aquel Borges sentimental y simplificado.
Y si primeras partes fueron malas, las segundas vienen a ser peores. Enseguida empezó a circular un supuesto texto de Gabriel García Márquez llamado La Marioneta, aún más popular que el atribuido a Borges. De las redes pasó a periódicos y revistas, y se recitaba en programas radiales a petición de los oyentes. Aún hoy vuelve en el día del padre.
La Marioneta tenía formato de carta de despedida de la vida, pues García Márquez padecía entonces de un cáncer del que se curó: “si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo…”.
Igual que el falso Borges, el supuesto García Márquez afirmaba en La Marioneta, que “disfrutaría de un buen helado de chocolate…vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto no solamente mi cuerpo sino mi alma…”. Cómo no sospechar que detrás de esos textos pudiera estar alguna empresa láctea transnacional, echando mano de la prosa edulcorada para vender helados.
El autor real resultó ser el ventrílocuo mexicano Johnny Welch, y había escrito el texto en 1996 para su muñeco El Mofles. Al final de su discurso, El Mofles vuelve a confesar su condición de marioneta: “son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero finalmente de mucho no habrán de servir porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaría muriendo…”. De nada vale. La gente insiste en creer que es García Márquez el que se despide.
Un mediano lector suyo no debería creerlo capaz de escribir que “regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos…”, como reza “La Marioneta”. Y el alud se volvió tan grande, que tuvo que convocar a una conferencia de prensa para desmentir que fuera autor del texto, y declaró: “quiero decirles que estoy vivo y que lo único que me podría matar es que digan que yo escribí algo tan cursi”.
Lo cual nos mete en el terreno de la estética de lo cursi, como expresión del diario vivir. No hay bolero, por excelso que sea, que no tenga una pátina de cursilería. Es un recurso sentimental que usamos alguna vez en nuestra vida.
Y cuando se dio el ya mítico encuentro entre el novelista y el ventrílocuo en el año 2000, en la ciudad de México, en presencia de El Mofles, García Márquez reconoció que si el escrito le gustaba a tanta gente, había que preservarlo: «Oye, te propongo una cosa”, le dijo a Johnny Welch, “hay que dejar que la gente siga creyendo que es mío”.


