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viernes, octubre 2, 2026

LA ELECCIÓN DEL MIEDO: conversación con el politólogo Cláudio Gonçalves Couto*

Sofía Kortysz Vaz
Desdeabajo

2 octubre 2026

Para este profesor en la Fundación Getulio Vargas, los casos de corrupción que han pautado la campaña no moverán la aguja en una elección dominada por el temor mutuo de ambos campos. Dice también que, aunque Flávio Bolsonaro resulte derrotado, la ultraderecha tiene larga vida por su fuerte arraigo social.

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—Para empezar, me gustaría saber cuáles han sido, en tu opinión, los principales temas que marcaron esta campaña y cómo analizas su desarrollo.

—Primero es necesario decir que no fue una campaña llevada por cuestiones sustantivas de políticas públicas. Casi no se discutieron temas como seguridad, educación, salud. Esta elección tiene mucho más que ver con un rechazo al otro. Escuchaba ahora una entrevista a Felipe Nunes –director de la consultora Quaest, que es también mi colega en la fundación Getulio Vargas– en la que decía que quizás sea la elección del miedo. El miedo a que el otro gane las elecciones es la cuestión principal. O sea, el rechazo, algo mucho más negativo que positivo. Por eso las políticas públicas no aparecen, porque no importa qué va a hacer fulano, sino que no gane. Y también, lo que en cierta medida es casi lo mismo, es una elección de identificación. Yo me identifico mucho más con este lado que con el otro, entonces, no hay una razón para ser convencido de que deba cambiar mi idea, porque lo que importa es lo que ya tengo decidido desde antes, mis identidades, mis rechazos. La última elección, cuando ganó Jair Bolsonaro, también fue así. Creo que esto cambió por una percepción general de que la política no me representa más, de que las soluciones no son palpables. Y algunas cosas, que han sido avances en períodos recientes, hoy son percibidas como derechos garantizados.

También está la idea de que no habrá cambios. Flávio Bolsonaro empezó su campaña diciendo que el programa Bolsa Familia, que es una política central de Lula y que ha sido muy criticada por su padre desde que era diputado, es una especie de limosna. Pero ha cambiado y ahora dice que es un derecho, una política pública que mantener. Pero no se discute sobre esto. Se discute que «Lula es corrupto», que «Brasil va a ser transformado en Venezuela». Y, del otro lado, se dice que el bolsonarismo es golpista y antidemocrático. Lula, durante su campaña en la televisión, en la radio, ha intentado hacer comparaciones entre las políticas públicas de su gobierno y las de Bolsonaro, pero no ha tenido impacto real. Lo que ha impactado realmente ha sido, primero que nada, el escándalo que ha involucrado a Flávio Bolsonaro con el banquero Daniel Vorcaro. Pero eso fue hace unos cuatros meses, y después se ha diluido el efecto, por cuenta de esta identificación previa. Hay un impacto inicial, pero después se vuelve a la preferencia original.

—¿Y la prohibición de las apuestas online resuelta por el presidente Lula el viernes pasado?
—Ahí hay una cuestión muy importante, relevante para sectores evangélicos, no por la religiosidad, sino por su alcance moral. Y una ambigüedad en la derecha brasileña. Hay muchos sectores involucrados con el bolsonarismo que son parte del lobby de las apuestas en el Congreso Nacional. Por ejemplo, un senador de Piauí que ha sido el jefe de gabinete de Bolsonaro, Ciro Nogueira, es uno de los principales defensores de esos intereses en el parlamento. Para mucha gente no es tan claro, pero no hubo jamás una fuerte defensa del bolsonarismo a una reglamentación más fuerte de las bets. Por otro lado, si bien Lula ha tomado esta decisión drástica a una semana de la elección, lo que puede tener un carácter oportunista, durante los últimos dos años ha hablado con frecuencia de esta cuestión. Es posible que para mucha gente esto sea importante, pero en esta elección, como he dicho antes, tan congelada en las posiciones previas, es difícil que incluso algo así tenga un efecto devastador para la oposición.

—Decís que esta campaña se ha movido por el miedo y los prejuicios previos, pero, si pensamos en aquello que no se discute, en los dos modelos en disputa, ¿qué elementos los caracterizan y diferencian?

—Estamos hablando de proyectos completamente distintos. En caso de continuidad del progresismo, sería un gobierno con énfasis en políticas sociales y con una posición muy moderada en lo que refiere a ajuste fiscal. Es decir, no sería un gobierno de recorte, pero tampoco de demasiado gasto. Sería muy similar al que tenemos hoy. Quizás con un poco más de capacidad de acción, porque ya se reconstruyó una parte de las políticas públicas, de áreas del Estado, que habían sido desmanteladas durante el gobierno de Jair Bolsonaro. Y también sería un gobierno de cierta pacificación institucional en la relación con el Congreso y el sistema judicial.

Si ganara, en cambio, Flávio Bolsonaro, creo que sería un gobierno de enfrentamiento. Él mismo lo ha dicho, por ejemplo, al anunciar que se propone cambiar los ministros del Supremo Tribunal Federal (STF). Sabemos que los partidos populistas, cuando llegan al poder, tienen como objetivo prioritario dominar la Suprema Corte. Y, en este caso, hay motivos muy fuertes para esto, porque su padre, miembros de su movimiento, su hermano y militares vinculados al bolsonarismo han sido sentenciados. Y no solo por el juez Alexandre de Moraes, enemigo confeso del bolsonarismo. De Moraes ha, por otro lado, justificado ser apartado de la Corte por su relación corrupta con el banquero Vorcaro. Pero el bolsonarismo lo ha atacado por lo que hizo bien, no por lo que hizo mal. Por ejemplo, por su actuación en el intento de golpe de Estado de Jair Bolsonaro. Si tiene una mayoría en el Senado, que es posible, su hijo Flávio podría proponer un impeachment, una iniciativa de destitución, contra ministros del STF, en específico contra De Moraes. Hay jueces que van a jubilarse en el próximo periodo, como Carmen Lúcia, Luiz Fux y Gilmar Mendes. Si sale también De Moraes, Flávio Bolsonaro podría nombrar al menos cuatro jueces, tener la mayoría y terminar con una Corte Constitucional que, aun con todos los problemas que ha tenido, ha sido un instrumento de contención a este tipo de ataques a la democracia.

Otra cosa importante es que, si bien Flávio Bolsonaro ha dicho que el primer acto de su gobierno sería decretar que «Brasil es de Jesús», el primero relevante en serio –porque este no tendría consecuencias prácticas– sería darle algún tipo de indulto a su padre y a los otros participantes del golpe de 2023. Eso también sería una fuente de enfrentamiento con el STF. Con el Congreso no habría necesariamente un enfrentamiento, porque ahí tiene una situación cómoda. Cuando Jair Bolsonaro era presidente, en las manifestaciones callejeras que lo respaldaban había pancartas que reclamaban que se cerraran el Congreso y el STF. Después de que hizo un acuerdo con la mayoría, con el llamado Centrão, los carteles que se referían al Congreso desaparecieron.

En cuanto a las relaciones internacionales, en caso de triunfo de Flávio Bolsonaro se prevé un alineamiento total con el gobierno de Estados Unidos. Un alineamiento mayor aún al que tuvo su padre con el primer gobierno de Donald Trump, porque el contexto cambió y ahora la mayoría de los países de América Latina van en esa dirección. Brasil pasaría, por ejemplo, a ser parte del Escudo de las Américas. Uruguay quedaría como el único país no alineado en América del Sur.

—Precisamente, en términos de injerencia y soberanía, ¿qué tan riesgoso sería un triunfo de Flávio Bolsonaro?

—Creo que la soberanía se vería comprometida por lo que significa un alineamiento con Trump. Es un alineamiento que requiere sumisión, en lo que refiere a cuestiones comerciales, económicas, a la relación que el país tiene que mantener con otras partes del mundo. No dependerá, eso sí, solo del presidente. También de cómo van a reaccionar los sectores empresariales, porque muchos tienen conexiones importantes con los países europeos, con China. China es el principal socio comercial de Brasil hoy.

—¿Tienen proyectos a largo plazo Bolsonaro y Lula?

—En lo que refiere a la ultraderecha, hay sí un proyecto de largo plazo. El bolsonarismo propiamente dicho no es exactamente una ideología, está inserto en un contexto ideológico más difuso. Es un proyecto familiar, si se quiere, que se inicia bastante antes de la llegada del pater familias a la presidencia. Jair Bolsonaro empezó su carrera política en 1988 como concejal en Río, y luego fue elegido siete veces diputado. Cuando sale de la Cámara Municipal de Río, designa como su sucesora a su mujer, la madre de Carlos, Eduardo y Flávio. Después, tiene un desentendimiento con la mujer y la designación recae en Carlos. Luego elige a su hijo mayor, Flávio, que es electo primero como diputado estadual y luego como senador, hasta llegar a ser candidato presidencial. Al tercer hijo, Eduardo, lo desplaza a San Pablo, estado clave donde también resulta electo. Y ahora está potenciando a su hijo más joven, Jair Renan, que ya es concejal en Santa Catarina y probablemente sea elegido diputado. Si Flávio Bolsonaro no fuera presidente, el «emprendimiento» familiar seguiría en pie y la ultraderecha también continuaría, porque hoy está enraizada en la sociedad brasileña. Hay amplios sectores de la población que se identifican con sus posturas. Estamos hablando de un entorno del 20 por ciento. La ultraderecha ha logrado renovarse generacionalmente desde que resurgiera en 2014 con el Movimiento Brasil Libre. La mayoría de sus militantes hoy son hombres de entre 30 y 40 años, muchos ni llegan a los 30. Es un fenómeno reciente, pero con perspectivas de largo plazo.

—¿Y el Partido de los Trabajadores [PT] y su entorno también la tienen, más allá de la inercia propia de un proyecto que viene desde hace tantos años?

—Inercia es una buena palabra. Creo que hay una necesidad de renovación en el PT. Es muy incipiente. Hubo un relevamiento reciente que mostraba la media etaria de los partidos en la Cámara de los Diputados. El partido más viejo era el PT. Esto significa que hay una dificultad fuerte en cuanto a la renovación, y quizás Lula sea el símbolo más claro de esto. Es un octogenario que va a disputar su última elección. ¿Quién lo va a suceder? Fernando Haddad, candidato del PT en la elección anterior, tiene 60 años. En un partido tan institucionalizado como el PT, hay posibilidad de renovación, pero no la ha emprendido. Lo que lo domina es precisamente la inercia.

Brasil como laboratorio

Polarización asimétrica

Brasil se ha convertido en un «laboratorio de experimentación global», dijo en el programa de streaming La base América Latina el investigador argentino Bernabé Malacalza, doctor en Ciencias Sociales por Flacso (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales). La polarización que se ha dado entre los proyectos de Lula y Flávio Bolsonaro es «asimétrica», porque el ultraderechista se beneficia de la intervención directa de actores externos con eje en Estados Unidos, incluidas grandes compañías tecnológicas y el propio gobierno de Donald Trump. Tanto unas como el otro «fomentan campañas de manipulación de información» que «condicionan las preferencias políticas». El terreno de la intervención «puede no ser visible»: se da en los algoritmos, en la «circulación de contenidos» en las redes, dijo el autor de Las cruzadas del siglo XXI. Cómo la colosal disputa entre China y Estados Unidos está transformando América Latina (y nosotros no nos enteramos) (Siglo XXI, Buenos Aires, 2025). Mientras Lula intenta plantarse como un «bastión de resistencia» para impedir que «Brasil sea el patio trasero de nadie» y un defensor de la soberanía nacional frente a la injerencia estadounidense y de las grandes transnacionales y articula medidas en ese sentido, Washington lo presenta como un peón de China. «Brasil es hoy, más que nunca, un país de enorme importancia estratégica para todo el Sur global», dijo Malacalza en otra entrevista, previendo que la disputa se intensifique en caso de que se dé –como lo prevén casi todos los sondeos– una segunda vuelta electoral en tres semanas.

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