05 de octubre 2026
La ultraderecha está comprendiendo mejor que la izquierda el tipo de sociedad que produjo el capitalismo digital en su contexto de guerra y crisis ecológica y financiera. Una sociedad más asustada, precarizada pero sobre todo: fragmentada, acelerada y líquida, donde mucha gente ya no piensa en proyectos de país a veinte años, sino en respuestas inmediatas a alarmas inmediatos o de sobrevivencia material e identitaria. En ese terreno, el outsider funciona porque promete ruptura, movimiento, cambio. Da igual muchas veces hacia dónde (bueno o malo): cambiar se vuelve un valor en sí mismo porque lo estable aparece asociado al fracaso.
Las redes sociales profundizaron eso. La experiencia política se volvió más breve, emocional y repetitiva. La verdad compite en igualdad de condiciones con la mentira, y muchas veces pierde porque la mentira llega antes, es más simple y confirma lo que la persona ya siente. Ahí la derecha tiene ventaja: no necesita convencer racionalmente, necesita activar miedo, rabia, humillación, inseguridad o deseo de violencia.
La izquierda, mientras tanto, sigue hablando demasiado como si viviera en una sociedad donde todavía existe un orden institucional: planes, políticas públicas, indicadores, gradualismo. Pero es que algunos de ellos no se dan cuenta de que en una sociedad donde todo cambia rápido, eso puede sonar muy lejano,. La derecha plantea algo mucho más eficaz: “esto está mal, alguien tiene la culpa, hay que romperlo”.
Por supuesto, no hay que convertir la adaptación al “tiempo líquido” en una virtud política. La izquierda no puede resignarse a administrar mejor la inmediatez ni a competir con la derecha en marketing emocional. El punto es más complejo. Si la izquierda no entiende ese nuevo terreno cultural y tecnológico, ni siquiera llega a disputar hegemonía. La salida no es celebrar la volatilidad, sino construir organización y horizonte dentro de ella. La derecha usa la frustración para producir obediencia y enemigos; la izquierda tendría que convertirla en conciencia de intereses, organización colectiva y proyecto de transformación. Si no logra eso, la promesa de cambio queda otra vez monopolizada por quienes solo cambian las formas para conservar el fondo.
Además, la derecha polariza, y el electorado claramente no decide por posiciones moderadas; la izquierda debe polarizar también contra el verdadero rival : la economía política de las élites. No basta con pelear contra sus representantes potenciales o instalados en el Estado. Hay que generar zonas de lucha en los territorios contra los representantes de este mundo de sometimiento de los débiles.
Asimismo, la disputa ya no es solo económica. Es por el sentido del cambio. Si la izquierda no logra conectar el conflicto de clase con esta nueva experiencia cultural —precariedad, incertidumbre, aceleración, pérdida de referencias—, la ultraderecha seguirá apropiándose de la rabia social y presentándose como la única fuerza capaz de romper el orden existente, aunque en realidad termine de consolidarlo para el suicidio de nuestra civilización.
Cómo dice mi amigo Miguel Ruiz: Cuando la política es colonizada por la economía de la atención, el discurso público se convierte en un mar de indignación en constante cambio.


