04 de noviembre 2025
Hace unos días escuché un discurso de John Mearsheimer, profesor de la Universidad de Chicago y uno de los mejores analistas ‘realistas’ de la política externa de EE.UU., en el que habló de la disputa comercial entre Canadá y su país. Es un asunto de menor importancia en el contexto global, dijo, pero, al mismo tiempo, sintomático de un declive del orden liberal global.
Las autoridades canadienses quizás han malinterpretado los cambios fundamentales que están ocurriendo, opinó, y no pueden ganar contra una potencia de la que depende y que está dispuesta a imponer su punto de vista. Pero la falta de sumisión ante lo que Trump y otros líderes estadounidenses consideran su dominio natural – incluso en un mundo cambiante donde China ahora posee muchas de las ‘cartas’ – es un síntoma del poder menguante de Estados Unidos, dice Mearsheimer. Condición que atribuye, en parte, a su falta de cohesión interna, cualidad que el considera fundamental para tener objetivos claros y la voluntad para alcanzarlos. En el contexto global actual, dijo, esa falta de cohesión implica un futuro bastante incierto para el país que, hasta hace poco, era el mayor poder hegemónico del mundo.
La falta de cohesión interna no es, sin embargo, solo una característica de EE.UU. Se puede decir lo mismo de Ecuador, que, desde el nacimiento de la República, nunca ha gozado de cohesión interna. La razón es sencilla: los padres de la patria diseñaron un país a su medida, y nunca tomaron en cuenta, ni en serio, los intereses de una gran parte de la población: es decir, la gente y los Pueblos Indígenas. Para las élites sociales y financieras, los indígenas – para ellos, apenas humanos – debían siempre someterse a sus intereses políticos y, sobre todo, económicos. Y si bien el entorno social ha cambiado desde el levantamiento de 1989, aún hay mucho camino por delante.
En el contexto de este proceso sin terminar, el reciente paro de la CONAIE se puede ver como nada más que la última manifestación de la ilusión histórica de las élites – ilusión de poder parecida a la de EE.UU. y su capacidad de controlar el mundo – de que se puede gobernar en Ecuador sin incorporar las necesidades y las legitimas aspiraciones de los pueblos indígenas. La actuación del gobierno de Daniel Noboa y sus ‘recién llegados’ (‘settler colonists’), es, también, nada más que la última manifestación de otra ilusión: de que desestimar, reprimir, juzgar, y tachar de terroristas a los manifestantes, puede resolver el ‘problema’ de los indígenas que para ellos ‘frena el avance del país’.
El inconveniente, dice Mearsheimer, al hablar de las amenazas tarifarias de Trump contra Canadá, es que “cada acto de coerción alimenta la lógica de resistencia,” A Noboa le haría bien tener en mente la observación, y dejar a un lado declaraciones al puro estilo Netanyahu como esa bravata de que “Si nos quieren sacar de sus territorios, les vamos a sacar del país” porque así solo se asegura mayor división y resistencia a futuro.
Claro está, la táctica de Reimberg y sus asesores estadounidenses e israelíes puede funcionar a corto plazo – por suerte Ecuador no es Gaza, por lo menos hasta ahora – pero postergar lo inevitable, y deseable, no significa encontrar soluciones, y de ahí la cohesión social que el país necesita de urgencia. Después de tantos paros, ¿no será evidente, incluso para los más ciegos, y adinerados, que incorporar a los pueblos indígenas en el diseño de las políticas del Estado es absolutamente esencial, y que sin hacerlo, Ecuador seguirá tambaleándose de crisis en crisis?


