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viernes, marzo 6, 2026

NOBOA, UN PINOCHET EN POTENCIA – Atawallpa Oviedo

Bajo el discurso de la seguridad, el gobierno impulsa una ofensiva contra los pueblos, los derechos y la disidencia.

atawallpa oviedo freire

21 de octubre 2025

El Ecuador atraviesa una peligrosa deriva autoritaria. El gobierno de Daniel Noboa se presenta como adalid de la lucha contra la minería ilegal, el narcotráfico y la delincuencia. Sin embargo, detrás del discurso de la seguridad y la “mano dura” se perfila un proyecto de control social y político que amenaza con reinstalar viejas estructuras de dominación y racismo.

Daniel Noboa no está enfocado en desmantelar de raíz la minería ilegal ni el narcotráfico, sino en consolidar un marco de “guerra interna” que le provea enemigos y habilite militarización, estados de excepción y expansión de la inteligencia. La ecuación es conocida: se declara una amenaza difusa, se exhiben operativos espectaculares y, en nombre del orden, se estrecha el espacio cívico —protesta vigilada, liderazgos comunitarios bajo sospecha, pueblos indígenas tratados como “zona de excepción”— mientras el negocio de fondo (extractivismo y rutas de exportación infiltradas por el crimen) permanece. No busca resolver la violencia, sino administrar el miedo, etiquetando como “delincuentes” o “terroristas” a quienes disienten o protestan. Tampoco hay voluntad real de atacar el narcotráfico en su dimensión logística, cuando buena parte de las incautaciones se han dado en exportaciones de banano, sector ligado a su propio conglomerado empresarial.

Estrategia externa y control interno

El gobierno actúa dentro de una lógica geopolítica más amplia. Sus líneas de acción y discursos de seguridad reproducen manuales impulsados por agencias extranjeras, orientados a fabricar amenazas internas para justificar la militarización y el control civil. Los recientes atentados con coche bomba —de autoría aún incierta— recuerdan la vieja táctica del autoatentado como mecanismo de legitimación del poder; la historia latinoamericana ofrece demasiados precedentes. La cooperación internacional en seguridad (EE. UU., Israel y otros) existe y puede aportar capacidades técnicas; el riesgo es importar doctrinas que normalizan el estado de excepción y la estigmatización del “enemigo interno”. Cada vez que la seguridad se define sin controles, los costos los pagan primero pueblos indígenas, trabajadores y estudiantes.

No se trata de negar delitos reales ni redes violentas que sí existen; se trata de no convertir la excepción en sistema. La seguridad democrática se mide por su capacidad para reducir la violencia sin vaciar la Constitución de derechos ni criminalizar la protesta. Y se mide, sobre todo, por atacar causas: desigualdad, captura institucional, corrupción en aduanas y puertos, y economías ilegales que se alimentan de la desesperanza.

El ataque con armamento de alta tecnología a una base de minería ilegal en Buenos Aires, sin presencia humana, tuvo un valor más simbólico que operativo: enviar un mensaje de fuerza. Es un aviso dirigido al pueblo —y especialmente a los pueblos indígenas— de lo que el Estado está dispuesto a hacer. En contraste, el combate real contra el crimen organizado y las mafias mineras ha sido mínimo, evidenciando un uso político y selectivo de la fuerza.

Militarización y nueva colonia

La convocatoria a reservistas y la creciente presencia militar en las calles son pasos hacia la militarización total del país. Bajo el pretexto de una “guerra interna”, se prepara una nueva forma de colonialismo: someter nuevamente a los pueblos originarios, despojarlos de sus tierras y abrir paso a la explotación de minerales estratégicos. La anunciada reforma constitucional apunta en esa dirección, al intentar eliminar derechos conquistados como la consulta previa, la justicia indígena, la salud intercultural y los derechos de la naturaleza.

Detrás de este proceso se mueven intereses globales. Estados Unidos e Israel disputan el control de recursos como las tierras raras, clave para la tecnología moderna; Ecuador aparece en ese tablero como un territorio a intervenir, no como un país soberano.

Los derechos laborales en la mira

Paralelamente, el frente económico se endurece. El gobierno impulsa medidas orientadas a debilitar los derechos laborales: prolongar jornadas, reducir salarios, flexibilizar contratos, elevar la edad de jubilación y restringir educación y salud públicas. En nombre de la eficiencia y la competitividad, se avanza hacia un modelo de precarización total. El discurso del “enemigo interno” —minero ilegal, narco, agitador— sirve como coartada para desmantelar conquistas históricas de los trabajadores.

Rasgos de dictadura

Noboa exhibe rasgos típicos del autoritarismo moderno: carisma mediático, discurso moralista y concentración de poder bajo la bandera del orden. En pocos meses se han cerrado radios comunitarias, suspendido accesos a cuentas bancarias y desplegado una represión que recuerda a los peores momentos de las dictaduras del continente. Si esto ocurre en 2 años de su mandato, el panorama posterior puede ser aún más tétrico, especialmente si consolida su control mediante la consulta popular.

El país enfrenta un peligroso espejismo: creer que represión es sinónimo de seguridad. En realidad, la “guerra” declarada al crimen se utiliza para reprimir la disidencia y reinstalar un Estado oligárquico. Noboa, ciudadano nacido en Estados Unidos y formado en la cultura empresarial del privilegio, está más dispuesto a servir intereses extranjeros que a construir un proyecto nacional.

Un país al borde

La desilusión provocada por gobiernos anteriores —en especial por el autoritarismo de Rafael Correa— ha debilitado la confianza popular y allanado el camino a la derecha. Hoy el país parece resignado, sin esperanza ni conciencia crítica. Pero aún hay tiempo: los movimientos indígenas, obreros y estudiantiles pueden volver a ser el eje de la resistencia democrática.

Si no se levantan ahora, mañana será demasiado tarde. El Ecuador podría encontrarse ante un régimen abiertamente dictatorial, sostenido por el miedo, el control mediático y la injerencia extranjera. La historia, una vez más, advierte su repetición.

 

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