Por Alberto Acosta y John Cajas Guijarro*

A pesar de que ninguna forma de vida -peor la vida humana- puede pensarse por fuera -o al margen- de la Naturaleza, actualmente las “ciencias económicas” han asignado al mundo natural el único y pasivo papel de proveer de “mercancías” que puedan usarse como materias primas y demás medios de producción útiles a la valorización del capital. Semejante pasividad dada a la Naturaleza por parte de las “ciencias económicas” -tanto ortodoxas como heterodoxas, e incluso varias afines a corrientes “críticas”, con muy honrosas excepciones[1]– da carta libre para que el mundo natural se banalice y se perpetúe su mercantilización. 

Por Jaime Chuchuca Serrano

Las culturas indígenas crearon sus poblaciones generalmente alrededor de las cuencas hídricas. Desde donde escribo estas líneas, por ejemplo, los cañaris y otras culturas instauraron varias poblaciones alrededor de más de 400 lagunas, hoy conocidas como El Cajas y disminuidas sustancialmente. Los poblados siempre se asentaron cerca de los caudalosos y bellos ríos de la zona. Los países andinos y la mayoría de las provincias ecuatorianas siguen este modelo milenario. Los ríos, lagos, lagunas, vertientes y fuentes de agua tienen una relación dialéctica con la vitalidad y la espiritualidad andina. Es particularmente hermosa la relación ontológica de vida entre el tiempo y la naturaleza (Pacha: tiempo, universo, mundo; Pachamama: madre naturaleza).