Craig Boljkovac *
30 de mayo 2026
La reportada decisión de Noruega de revisar y suspender elementos de su financiamiento al Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) debe entenderse como algo más que un mero asunto presupuestario. Es una señal política. Es una advertencia de que las negociaciones del tratado mundial sobre plásticos pueden estar llegando al punto en el que los gobiernos deben decidir si el proceso actual del PNUMA aún puede llevar al tratado prometido, o si se requiere un camino diferente.
No debe haber malentendidos. Noruega ha sido uno de los más firmes defensores de un tratado mundial ambicioso sobre plásticos. Codirige, junto con Ruanda, la Coalición de Alta Ambición. También ha sido el mayor contribuyente registrado al proceso del Comité Intergubernamental de Negociación (CNI), con la tabla de donantes del PNUMA mostrando más de 7,2 millones de USD en contribuciones recibidas de Noruega al 25 de marzo de 2026. Por lo tanto, su aparente decisión de pausar o revisar el financiamiento no puede descartarse como marginal. Este es un país que ha invertido política y financieramente en el proceso, y que de manera consistente se ha posicionado del lado de la ambición.
Es precisamente por eso que la señal importa.
Si Noruega está ahora obligando a un momento de reflexión, puede estar prestando un servicio a un proceso que no puede concluir, no puede decidir, y no puede distinguir entre un compromiso genuino y una obstrucción procedimental, necesita más que otra ronda de cuidadosa facilitación. Necesita claridad política.
El mandato original no era ambiguo. En marzo de 2022, la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente acordó elaborar un instrumento internacional jurídicamente vinculante sobre la contaminación plástica, incluso en el medio marino, abordando todo el ciclo de vida de los plásticos, con el objetivo de completar el trabajo para finales de 2024. Ese plazo ya pasó.
La quinta sesión en Busan, Corea del Sur, no produjo un tratado. La quinta sesión reanudada en Ginebra, Suiza, no produjo un tratado. El INC-5.3 en febrero de 2026 fue esencialmente una sesión organizativa, incluyendo la elección de un nuevo presidente. Ahora miramos hacia el INC-5.4, posiblemente a finales de 2026 o principios de 2027.
En algún momento, la numeración misma se acerca al punto de lo absurdo. INC-5.4 no representa un paso normal de negociación. Es el cuarto intento de completar la quinta sesión de un proceso que debía concluir en 2024. Esto no es paciencia multilateral. Es claramente una forma de disfunción procedimental.
Nada de esto pretende mostrar una falta de respeto hacia el Embajador Julio Cordano de Chile, el recién elegido presidente del INC. Al contrario, él ha asumido una de las negociaciones ambientales más difíciles de la memoria reciente.
Heredó un proceso fracturado, un texto absurdamente complicado, delegaciones profundamente polarizadas, y un fraccionamiento cada vez más visible entre países que buscan un tratado de ciclo de vida completo, y aquellos que buscan un instrumento limitado a la gestión de residuos. Esto a pesar de su determinación declarada y admirable de llevar el tratado “a la meta”.
La dificultad, sin embargo, es que todas las señales sugieren que el presidente está siguiendo un camino altamente neutral y orientado hacia el proceso. Eso es comprensible. Se espera que un presidente en este contexto mantenga la confianza de toda la sala, incluso entre delegaciones con posiciones muy alejadas. Pero la neutralidad no es lo mismo que el progreso.
En cierta medida, un proceso demasiado neutral puede convertirse en un escudo para quienes prefieren ningún resultado, o el resultado más débil posible. Y su tratamiento de los observadores, a pesar de sus declaraciones recientes de que tomará en cuenta sus opiniones de manera más plena, aún deja mucho que desear en un sistema de la ONU que pretende ser lo más inclusivo posible.
La brecha entre los países afines y la Coalición de Alta Ambición no es un problema de redacción. Es un problema político. Un grupo de países quiere un acuerdo que aborde todo el ciclo de vida de los plásticos, incluyendo producción, diseño, químicos peligrosos, productos, comercio, residuos, financiamiento e implementación, mientras otro grupo busca limitar el tratado principalmente a la gestión de residuos aguas abajo, el reciclaje, y la discreción nacional. Estas no son meras preferencias textuales distintas. Son teorías distintas respecto al objetivo del tratado. El mandato de las negociaciones establece claramente que se debe perseguir lo primero, no lo segundo.
Si el proceso continúa considerando estas posiciones como conciliables, seguirá recompensando la demora. El consenso puede ser una herramienta de legitimidad. Pero en este proceso, el consenso corre cada vez más riesgo de convertirse en un mecanismo de veto para los actores menos ambiciosos.
El resultado es predecible: más consultas informales, más textos revisados, más sesiones nocturnas, más declaraciones de decepción, sin concluir un tratado.

Por eso la iniciativa de Noruega merece, como mínimo, un reconocimiento. Ha planteado una pregunta política respecto de un proceso que se ha vuelto demasiado cómodo con el aplazamiento. Si los países son serios respecto de concluir un tratado significativo dentro del PNUMA, deberían hacerlo ahora. No después de otra ronda “informal”. No después de otra sesión parcial. No después del INC-5.5 o INC-5.6. Ahora.
Si no están preparados para hacerlo, los países de alta ambición deberían comenzar a preparar una alternativa. El precedente es el Proceso de Ottawa sobre minas antipersonales. Cuando el establecido proceso de desarme no fue capaz de negociar una prohibición integral, una coalición de gobiernos afines, apoyada por la sociedad civil y organizaciones internacionales, tomó distancia del foro bloqueado, y negoció un tratado entre los países dispuestos a actuar.
El Tratado de Prohibición de Minas se abrió para la firma en Ottawa en diciembre de 1997, y posteriormente (tras alcanzarse las firmas necesarias) se reincorporó al sistema más amplio de tratados de la ONU.
El ejemplo es importante porque muestra que moverse fuera de un proceso bloqueado de la ONU no es necesariamente anti-ONU. Puede ser pro-multilateralismo. El Proceso de Ottawa no rechazó el derecho internacional; lo creó. No esperó a que los actores menos ambiciosos estuvieran listos. Permitió que los más ambiciosos se movieran primero y luego invitó a otros a unirse. Un “Proceso de Ottawa” sobre plásticos no necesitaría empezar desde cero. Las negociaciones del PNUMA ya han generado años de trabajo técnico, texto preliminar, opciones legales, posiciones de coaliciones, aportes científicos y participación de actores. Un proceso de países afines podría tomar los elementos más sólidos de ese trabajo y usarlos como base para un texto de tratado acordado.
La participación podría estar abierta a todos los estados, sobre la base de un nivel mínimo de ambición: cobertura de ciclo de vida completo; obligaciones jurídicamente vinculantes; controles sobre productos problemáticos y químicos de preocupación; un enfoque necesario en las cadenas de suministro; financiamiento creíble para la implementación; y mecanismos de reporte y revisión.
La siguiente etapa debería enmarcarse como una prueba final. El INC-5.4 debería tratarse como la última oportunidad creíble para que el proceso del PNUMA produzca un tratado que refleje el mandato adoptado en 2022.
Si esa sesión produce solo otra continuación procedimental, o termina en un acuerdo débil despojado de medidas de ciclo de vida, en disposiciones relacionadas con la producción y controles significativos sobre químicos y productos, entonces los países de alta ambición deberían moverse inmediatamente hacia un camino diplomático al estilo Ottawa.
La crisis de los plásticos no espera a que el proceso del INC resuelva sus contradicciones internas. La producción de plásticos sigue en aumento: los residuos siguen filtrándose en ríos, océanos, suelos y sistemas alimentarios; las comunidades siguen soportando los costos ambientales y de salud. El objetivo de las negociaciones fue responder a esa realidad, no crear un proceso indefinido para describirla.
La decisión de Noruega respecto al financiamiento del proceso puede resultar útil si obliga a los gobiernos a enfrentar lo obvio: o las negociaciones del PNUMA se vuelvan serias, políticas, y orientadas a resultados, o los países que realmente quieren acabar con la contaminación plástica deberían crear su propio camino.
Eso no sería un fracaso del multilateralismo, podría ser la única forma de salvarlo.
* Con sede en Ginebra, Craig Boljkovac es asesor principal con un Centro Regional de los Convenios de Basilea y Estocolmo, y consultor ambiental internacional independiente con más de 35 años de experiencia en campos relevantes. Sus opiniones son propias. Ha participado en varios INC y reuniones relacionadas con el acuerdo mundial sobre plásticos.


