Por Carlos Villacís Nolivos

El 28 de mayo de 1990, un grupo de indígenas y algunos mestizos, entraron a una iglesia en pleno centro histórico de Quito y se encerraron en su interior. Con el tiempo esta parte de la historia sería conocida como la toma de la Iglesia de Santo Domingo, cuyo fin era presionar al entonces gobernante, el socialdemócrata Rodrigo Borja Cevallos, para que impulse acciones en favor de los indígenas, un sector históricamente postergado, excluido y explotado del Ecuador.