Por Atawallpa Oviedo Freire*

Los partidos políticos deberían agrupar a lo más destacado de una sociedad, pero no están constituidos así. En la función pública, y especialmente en sus autoridades, debería estar lo más valioso de un pueblo, pero es lo contrario. Presidentes, asambleístas, alcaldes y demás autoridades de elección popular, tendrían que ser escogidos entre quienes hayan demostrado honestidad, responsabilidad, empatía, sensibilidad y no entre quienes hayan hecho el mejor espectáculo en una campaña electoral para engatusar a los ingenuos votantes con sus ventriloquías.

Los sistemas de partidos no son ajenos a problemáticas nacionales como la corrupción, el populismo, el clientelismo, los autoritarismos de izquierda y derecha, los slogans de cuatro palabras convertidos en programas políticos y, desde luego, la construcción de un modelo de democracia interna que supere el artificio electoral de la componenda casa adentro.