14.5 C
Quito
miércoles, mayo 20, 2026

LA UNIVERSIDAD ECUATORIANA: intrascendencia, opacidad y pérdida de visión estratégica

Alfredo Carrasco Valdivieso

19 de mayo 2026

Desde hace muchos años, las universidades ecuatorianas se deslizan, con paso lento y constante, hacia la intrascendencia. Se han volcado sobre sí mismas, han renunciado a leer las demandas objetivas del país, y han ido perdiendo la capacidad —que en otro tiempo tuvieron, con más continuidad que ahora— de producir las élites intelectuales y técnicas que una comunidad política necesita para discutirse a sí misma con seriedad. No es un episodio coyuntural ni una mala temporada institucional. Es una deriva estructural que erosiona el papel histórico de la universidad como motor de desarrollo y como conciencia crítica de la sociedad.

Los indicadores cuantitativos ofrecen una fotografía ambigua. En los rankings regionales —QS Latin America, Times Higher Education— la ESPOL y la USFQ sostienen posiciones decorosas; la oferta de posgrados se ha multiplicado en menos de una década; algunas líneas de investigación han ganado densidad real. Pero esa contabilidad esconde una corrosión cualitativa que ningún ranking captura. Ecuador figura, junto al Perú, entre los países latinoamericanos con mayor proporción de publicaciones en revistas depredadoras. El sistema de posgrado ha crecido sin un correlato proporcional de control académico. Los presupuestos —los de las públicas, sobre todo— se contraen en cada ciclo fiscal. Y en el plano simbólico, casos recientes de validación expedita de “trayectorias profesionales” mediante el mecanismo de la VTP —una figura legítima en abstracto, pensada para reconocer aprendizajes adquiridos fuera del aula— han mostrado lo que ocurre cuando ese mecanismo se aplica sin filtro académico riguroso: una carrera de varios años termina cerrándose en pocos meses, y el producto final exhibe rasgos que difícilmente habrían pasado un tribunal en condiciones normales. Episodios así, sumados, no solo lesionan la meritocracia interna; corroen la legitimidad social del título universitario en una época que ya tiene razones de sobra para desconfiar del conocimiento experto.

La universidad ecuatoriana ha terminado funcionando bajo una lógica difícil de nombrar sin caricaturizar, pero que en lo esencial mezcla corporativismo cerrado y lógica de mercado. Corporativismo en lo que toca a la reproducción del cuerpo docente, a la negociación interna de planillas, a la administración de equilibrios entre facultades, escuelas y grupos. Mercado en lo que toca a la captación de matrícula, al cumplimiento formal de acreditaciones y a la supervivencia presupuestaria. Lo que ha quedado desplazado, en ese arreglo, es lo que debería ser el centro: pensar el país. De los grandes problemas nacionales —la crisis de seguridad, el agotamiento del modelo productivo, la desigualdad territorial, la urgencia ambiental, la fragilidad democrática— la academia ofrece, en su gran mayoría, papers indexados que muy pocos leen y que casi nadie traduce a decisión pública. Hay excepciones, claro —pienso en grupos específicos de la ESPOL, de la FLACSO, de algunas escuelas politécnicas—, pero confirman la regla más que refutarla.
¿Qué debería ser, entonces, una universidad digna de ese nombre en el Ecuador de hoy? Antes que cualquier otra cosa, una institución que mire hacia afuera. La vocación de la universidad —desde Bolonia hasta Córdoba, desde Humboldt hasta la reforma latinoamericana del dieciocho— no fue la autorreferencia, sino algo más exigente: iluminar el espacio público con conocimiento riguroso, formar los liderazgos que una sociedad necesita para discutirse y proponer, y ejercer una vigilancia crítica sobre el poder. Esa vocación se ha extraviado. Tenemos una responsabilidad colectiva en que eso haya ocurrido —la sociedad ecuatoriana ha sido pasiva ante el deterioro—, pero conviene también decirlo con claridad: hubo actores políticos específicos que cooptaron esos espacios para fines ajenos a la academia, y eso aceleró el descenso.
Recuperarla exige movimientos concretos, no consignas, aunque tampoco tengo una receta cerrada que ofrecer. Reorientar la reflexión científica académica hacia los problemas estructurales del país es lo primero, y no significa renunciar a la ciencia básica ni encerrarse en un provincialismo intelectual; significa dejar de fingir que la agenda académica ecuatoriana puede limitarse a replicar prioridades de financiamiento del Norte global. La producción científica debería medirse, también, por su capacidad de incidir en decisiones reales: políticas públicas, marcos regulatorios, planificación territorial. Restituir la presencia universitaria en los debates de la polis es lo segundo, y quizá lo más urgente. Es difícil encontrar hoy, en Ecuador, una voz universitaria con autoridad pública sostenida sobre seguridad ciudadana, política minera, gobernanza marina o transición energética. Esa ausencia tiene consecuencias: deja el debate en manos de quienes tienen interés directo en sus resultados.
A esto hay que sumarle una defensa, sin matices, de la meritocracia universitaria. No como capricho aristocrático sino como garantía mínima de que el título signifique algo. Los mecanismos extraordinarios de validación de experiencia profesional pueden tener sentido —hay vidas que producen conocimiento al margen del aula, y conviene reconocerlo—, pero exigen estándares más altos, no más bajos, que la vía ordinaria, y mecanismos públicos de revisión. La equidad de acceso, por la que tantos hemos peleado en el país, se traiciona cuando se la confunde con la suspensión silenciosa de los criterios académicos. Y se traiciona aún más cuando, ante el cuestionamiento público, la respuesta institucional consiste en reemplazar archivos, dejar caer repositorios y emitir comunicados que invocan la legalidad procedimental antes que abrir la documentación.
Existe un oficio que la universidad debe recuperar, y es el de mirar más allá de la coyuntura. La transición energética, la inteligencia artificial, los cambios demográficos, la reconfiguración geopolítica del Pacífico Sur, las nuevas formas de criminalidad transnacional, el deterioro ambiental, la falta de planificación estratégica del territorio: salvo iniciativas aisladas en algunos centros —que valdría la pena nombrar, y cuyo aislamiento más bien confirma el patrón general—, ninguno de estos vectores se está pensando con la continuidad institucional que requeriría. Y sin esa anticipación, el país sigue llegando tarde a sus propias urgencias.
Hay una vía operativa que valdría la pena explorar, aunque no tengo certeza completa sobre su viabilidad: que cada universidad principal sostenga uno o dos observatorios interdisciplinarios sobre los problemas críticos del país, con informes anuales públicos, auditables, que interpelen explícitamente al sistema político. Conozco bien el problema con la palabra observatorio: se ha vaciado por uso excesivo, y el país está lleno de iniciativas con ese nombre que duran lo que duran sus fondos iniciales. La diferencia, si la propuesta ha de tener algún sentido, está en el compromiso institucional sostenido, en el blindaje frente a presiones políticas internas y externas, y en una métrica de éxito anclada en la calidad del debate público que generan, no en el número de eventos realizados. En paralelo, el sistema de incentivos académicos debería reformarse para premiar el impacto societal real —no la firma de convenios decorativos— y la vinculación efectiva con comunidades, territorios y sectores productivos. Las publicaciones indexadas pueden seguir contando, pero como uno de varios criterios y no como el criterio dominante.
Cierro con una distinción que me importa, aunque no estoy seguro de hasta dónde sostiene el peso que le estoy pidiendo. La universidad ecuatoriana, me parece, no ha perdido su potencial; ha perdido relevancia pública. Eso es algo distinto, y conviene insistir en ello: lo primero sería difícil de recuperar; lo segundo, en cambio, depende de decisiones que las propias instituciones pueden tomar. Pero esas decisiones exigen algo que ningún plan estratégico puede comprar y que la coyuntura tampoco facilita: la voluntad de las autoridades universitarias de exponerse con ambición intelectual y rigor ético, aceptando que la legitimidad de una universidad no se mide solo por indicadores, sino también por la calidad de las preguntas que se atreve a hacerle al país. Mientras esa voluntad no sea evidente, ni los rankings, ni las acreditaciones, ni los presupuestos van a alcanzar.
Tomado de la cuenta de X de Alfredo Carrasco Valdivieso
lalineadefuego
lalineadefuego
PENSAMIENTO CRÍTICO
- Advertisement -spot_img

Más artículos

Deja un comentario

- Advertisement -spot_img

Lo más reciente