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miércoles, mayo 20, 2026

LA INCOMODIDAD DEBE SER EL PERIODISMO – Eduardo Varas Carvajal

20 de mayo 2026

¿El periodismo está en crisis o está sometido a una estrategia de control desde el poder económico? La respuesta es sencilla, creo.

El 6 de abril de 2026, The New Yorker publicó una investigación de Ronan Farrow y Andrew Marantz alrededor de la figura de Sam Altman, CEO de Open AI, la organización con base en San Francisco, enfocada en la investigación y desarrollo de inteligencia artificial, especialmente los modelos GPT —generative pre-trained transformer—, entre otros, siendo el más conocido el chabot ChatGPT que lanzaron en 2022. Open AI es considerada una de las compañías más rentables del mundo, con un avalúo de casi 730 mil millones de dólares.

La empresa está muy por encima de otras en el terreno tecnológico, por ser la primera que golpeó con un producto que ha cambiado las formas humanas de vivir y experimentar el mundo. Y por esa razón, Sam Altman es una figura evidente para un trabajo periodístico, porque debemos saber quiénes son las personas que están dirigiendo aquello que está afectando tanto la vida de todos.

Una tecnología enfocada en reformular la realidad y en deformar la capacidad de pensamiento de cada uno de nosotros, pero eso es motivo de otra reflexión. Por el momento es importante que el periodismo investigue quiénes son esas personas que toman decisiones sobre las IA.

Dicho de otra manera, esa es la función del periodismo: entender, explicar y, en algunos casos, analizar. Investigar para comprender quién es Sam Altman es una obligación y, por eso, el trabajo de Farrow y Marantz tiene relevancia. El periodismo no es solo la que la gente quiere saber, es lo que la gente necesita conocer.

Fueron 18 meses de investigación, con más de 100 entrevistas con colaboradores y excolaboradores de Altman, acceso a memos, mails y varios otros elementos que sirvieron para elaborar un perfil en el que todas las personas consultadas —incluyendo gente muy cercana al CEO— lo definen como alguien que miente, que engaña, y que es un peligro tenerlo en el puesto en el que está. El trabajo de Farrow y Marantz arranca desde la perspectiva de Ilya Sutskever, científico en jefe de la compañía en 2023, un amigo íntimo tanto de Altman como de Greg Brockman, el segundo en mando de Open IA. Y ese primer párrafo concluye así:

Pero a medida que se convencía de que la empresa se acercaba a su objetivo a largo plazo —crear una inteligencia artificial que pudiera rivalizar o superar las capacidades cognitivas de los seres humanos—, sus dudas sobre Altman aumentaron. Como Sutskever le dijo a otro miembro de la junta en aquel momento: «No creo que Sam sea la persona que debería tener el dedo en el botón».

¿Cuál es ese botón? Indudablemente, el decidir sobre el camino que debe seguir la IA.

Este texto periodístico de largo aliento, de aproximadamente 16 mil palabras, es una de las pruebas actuales más contundentes de que el periodismo debe mantenerse con vida haciendo lo que mejor sabe hacer: periodismo. Es cierto que hay ciertas características en este trabajo que no hay en la mayoría de los espacios mediáticos de hoy en día —quiero decir, hacer una investigación para The New Yorker permite tomarte el tiempo que este trabajo ha tomado—, pero eso no quiere decir que no se pueda hacer algo parecido en otros países y espacios.

Hacer periodismo significa colocar una lupa sobre personas y acontecimientos, para encontrar lo que hay en el fondo y reconocer lo que descansa y se esconde. Lo absurdo y lo lógico; lo duro y lo fácil de aceptar. Eso superficial o profundo —dependiendo del caso— que deberíamos saber como sociedad para tomar mejores decisiones. Eso es, en pocas palabras, hacer periodismo. Pero dedicarse a esto es cada vez más complicado, ya sea porque hay presiones desde el poder político y económico que, en ocasiones, usa la maquinaria judicial, las amenazas y las presiones comerciales —“si no sacas a tal persona, dejamos de pautar contigo”— para salirse con la suya.

Por otro lado, los medios han sido capturados por magnates que no piensan en el negocio en sí —sino pregúntenle a Jeff Bezos por qué compró a The Washington Post en octubre de 2013—, porque los medios son vistos como espacios de construcción política. O porque la gran mayoría de radios, diarios, televisoras y portales han sucumbido a la necesidad de transar con ciertos poderes, como puede ser un gobierno o figuras cercanas a un gobierno, para mantenerse con vida.

Así, la profundidad se vuelve un problema porque le ofrece una alternativa a la gente de entender lo que están haciendo los poderosos. Y eso es problemático sobre cuando hoy —ya sea por cansancio o por miedo— mediáticamente es mejor sucumbir a la idea de que el consumo de información ha cambiado y que todo entra en forma de videos cortos, que no pueden pasar de 30 segundos o, de lo contrario, se esfuma la atención.

El periodismo dice poco o nada sobre esto porque avanza en puntas de pie.

El camino hacia el silencio se ha ido construyendo en los últimos 25 años, ya sea por la incomprensión, desde el periodismo, de los tiempos contemporáneos que le ha tocado vivir o por las dinámicas que la tecnología ha entregado en la sociedad, muchas de ellas enfocadas en reducir el tiempo de atención a lo que se tiene al frente y en reemplazar la reflexión por emociones y creencias prestablecidas.

Esto lo explica muy bien Anya Schiffrin, codirectora de la especialización en Política Tecnológica e Innovación de la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Columbia, en el prólogo que escribió para el libro Media Capture: How Money, Digital Platforms, and Governments Control the News. Ahí revela cómo los medios y el periodismo no hemos estado a la altura de cómo enfrentar el advenimiento de Internet y, para sobrevivir, estamos destruyendo la profesión:

“El desplazamiento de los ingresos publicitarios hacia las plataformas digitales ha devastado los modelos de negocio de los medios tradicionales. En muchos países, esto ha dado lugar a un vacío que están llenando personas adineradas y empresas que compran medios de comunicación no con fines de lucro, sino para ejercer influencia política. Este fenómeno, conocido a menudo como «captura de los medios», representa una amenaza fundamental para la independencia de la prensa y su función de control en las sociedades democráticas”.

Entonces, un mecanismo del poder es comprar y destruir los medios. En Ecuador, por ejemplo, los casos de La Posta, Radio Centro y El Universo revelan la relación cercana entre poderes políticos y económicos enfocados en controlar medios. En agosto de 2025, Luis Alvarado Campi —que fue asambleísta por el movimiento gobiernista Acción Democrática Nacional (ADN) entre 2023 y 2025 y hoy es asambleísta alterno de la legisladora Janina Rizzo, también de ADN— compró dos de estos medios por un monto de casi tres millones dólares, a través de la empresa Galamedios S.A., de la que es el principal accionista. Si bien esta empresa fue constituida en 2025, con un capital de 50 mil dólares, estas comprar fueron por muchísimo dinero: por La Posta se pagó un millón de dólares por la totalidad de las acciones y por Radio Centro, 1,8 millones por 800 acciones del medio. Si bien Radio Centro ya venía siendo un medio con contenidos muy cercanos al régimen de Daniel Noboa, La Posta era un poco más crítico y mostraba cierta neutralidad que se vio afectada una vez que se produce la compra: su audiencia cayó en picada con la salida de sus principales figuras y la mirada generalizada es que se volvió progobierno.

En el caso de El Universo, la venta de las acciones de la familia Pérez —históricos dueños del diario con más de 100 años de existencia— se anunció el 12 de febrero de 2026. El medio se vendió a un grupo de inversionistas que tiene un portafolio que incluye los canales argentinos América TV y Telefé, entre otros. A la cabeza de este consorcio se encuentra Yves Maia Pardini, radicado en Estados Unidos. En la transacción también participa Integra Capital, que tiene a José Luis Manzano de Argentina, como principal. No ha quedado claro el monto por el que se vendió el diario.

Esta compra significó también un cambio editorial que se ha notado. Entre la salida de algunas figuras de la sección editorial, se cuenta la del reconocido caricaturista Bonil, quien en pocos días vio cómo seis de los trabajos que envió para su publicación —en los que era crítico a hechos ligados al régimen de Daniel Noboa— no aparecieron en el medio.

Si a esto se le suma el uso de instituciones del Estado para presionar administrativamente a medios y periodistas —como también ha sucedido hace poco con diario Expreso—, el cuadro es total.

El fenómeno es interesante en la medida que muestra cómo el poder está buscando controlar los discursos de la realidad. El periodismo es parte de ese terreno.

Pero cuando no hay posibilidad de controlar la información que se publica a través de la compra de los medios, el poder activa otros mecanismos, como decir que cierta información es “falsa” o darle fuerza a otra “polémica” o emoción para redirigir la atención. En el caso de Sam Altman, se lo hizo de esta manera.

Porque el 9 de abril de 2026, un joven de 20 años fue hasta la casa de Altman y lanzó una bomba molotov que rebotó en las paredes y terminó incendiando la puerta exterior. No hubo heridos ni nada parecido. La policía de San Francisco detuvo al sospechoso y no se sabe mucho más de las intenciones del ataque. Sin embargo, Altman aprovechó el hecho para elaborar un relato que, nuevamente, busca poner en entredicho al periodismo. En un post en su blog personal —en el que coloca la foto de su hijo pequeño junto a su esposo, Oliver Mulherin—, Altman habla sobre el ataque y escribe:

“Las palabras también tienen poder. Hace unos días salió un artículo incendiario sobre mí. Ayer alguien me comentó que pensaba que había salido en un momento de gran inquietud respecto a la IA y que eso me ponía en mayor peligro. No le di importancia. Ahora estoy despierto en plena noche, enojado, y pensando que he subestimado el poder de las palabras y las narrativas”.

En ciertos espacios, sobre todo en los tecnológicos, hablan de este ataque como consecuencia del trabajo de Farrow y Marantz.

Si bien el hecho sí sucedió en la casa de Altman, no hay manera de establecer esa relación directa entre el texto de The New Yorker con lo sucedido. Decir que existe es una evidencia más de que el periodismo que no ha sido “capturado” va a ser enfrentado por el poder.

Es inevitable esa tensión.

La enorme herida autoinflingida y la resurrección de los muertos

No es para nada nuevo hablar de la crisis del periodismo. El último cuarto de siglo ha sido un tiempo de transformación tan grande en la profesión que, para muchos, analizar el recorrido se pueda entender como hacer casi una autopsia.

Keyword: casi.

La tecnología, tan importante para el desarrollo de la comunicación humana y, por ende, del periodismo, no pudo ser entendida en su totalidad a inicios del siglo XXI por un error fundamental: los grandes medios quisieron trasladar al espacio digital las dinámicas comerciales de lo tradicional, sin comprender las implicaciones de la nueva forma de consumir información que Internet estaba generando.

Tanto que el objetivo siempre fue entrar en una vorágine de rapidez y de impacto en la que un mismo periodista cumplía varias funciones a la vez, porque era el futuro y ante el futuro había que reducir gastos para sobrevivir y, por ende, la persona dedicada al periodismo debía hacer y saber de todo. Escribir, tomar fotos, grabar videos y editarlos, así como locutar. No solo bastaba con eso, se tenía que hacer rápido porque con el modelo de web 2.0, la participación ciudadana era la “competencia”. Durante al menos 15 años ese fue el modelo que afectó al ejercicio profesional. Incluso, para hacer reportajes a profundidad, los tiempos se redujeron o, en algunos niveles, simplemente desaparecieron.

Aquellos espacios que pagaban y pagan algo más decente y que dan un tiempo prudencial para el desarrollo de contenido periodístico, son muy pocos.

El periodismo, para mantenerse a flote, ha buscado reducirse, volverse más efectivo e inmediato y eso solo significó una sola cosa: que se vuelva superficial. La herida ha sido inflingida por nosotros mismos. Cuando el periodismo siempre debió quedarse en la profundidad y encontrar el mecanismo para que la medida no sea el número de clics, sino la cantidad de tiempo que un lector o lectora se queda en una nota.

Hoy, en momentos complejos, en los que la inteligencia artificial no es solo una herramienta para acelerar procesos, sino para simplificar la forma de ver el mundo, el periodismo debe ser un contrapeso. Y, de cierta medida, eso significa hacer más periodismo. Uno que entienda que los implementos son lo que son y no pueden reemplazar el trabajo intelectual del ser humano.

Porque, al final de cuentas, el periodismo no puede dejar de ser ese oficio humano que trata de entender la experiencia humana, para contársela a otros seres humanos.

Y si se falló desde el propio centro de la profesión, es porque nos olvidamos de eso. Es nuestra obligación tener presente lo que hicimos mal: esa necesidad casi patológica de competir contra una tecnología tan inmediata que nunca pensamos en que íbamos a perder la batalla de la actualidad. Luchamos desde una ingenuidad bárbara, tanto que, ante la inminente derrota, empezamos a construir contenido que no era periodístico.

Notas que son puro clickbait, hechos curiosos que se vuelven noticia porque se han viralizado en redes sociales, historias de animales excepcionales y contenido ligero e insignificante que se publica para que la gente entre en una página web. El periodismo estuvo a tientas mucho tiempo.

No todo, pero sí una gran parte, esa que entendió que el modelo de negocio era sobrevivir a toda costa. Sin embargo, ese no es el modelo que funciona.

La diversificación es lo que le permite seguir con vida a los medios. Y eso no significa que el periodismo reduzca su existencia, sino que sea un producto más dentro de un conjunto de otros. El New York Times está a la cabeza de esta dinámica, con ingresos que para 2025 fueron de más de 800 millones de dólares en ganancias. Esto, en un mercado que se supone que está muriendo porque los jóvenes solo consumen información de videos en redes sociales, significa mucho. Y esto se centra en abrir varios espacios para distintos tipos de consumos: el informativo, el de distracción —los juegos que a diario ofrece el NYT, por ejemplo, que son preferidos mayoritariamente por las generaciones más jóvenes—, el del uso de videos como herramienta curada por personas —no hay algoritmo, sino decisión editorial de encargados para la Watch Tab que tiene el medio en su app— y publicidad dirigida a las personas correctas, a través —esto sí— por IA.

En una nota de The Drum, en la que Mark Challinor habla con Tusar Barik, vicepresidente de marketing para el New York Times Advertising, queda claro que hay una dirección que seguir: volverse atractivos a los anunciantes en este formato.

Entonces, ¿qué significa el NYT Playbook para el resto de los medios de comunicación internacionales? Barik lo tiene claro: diversificarse o desaparecer. El Times ya no es «solo» un periódico; es un paquete de estilo de vida que abarca noticias, cocina, deportes (The Athletic) y videojuegos. Al establecer una relación directa con 150 millones de usuarios registrados y aprovechar sus exhaustivos datos propios (miles de personas rellenan encuestas sin recibir ningún incentivo), han creado un jardín amurallado al que los anunciantes están desesperados por entrar.

No es que las noticias no importen o que el periodismo ya no tenga solución o que la tecnología vino a reemplazarlo porque ofrece todo lo que necesitamos saber. Se trata de reconocer el momento y de hacer bien las cosas.

Eso no pasa por simplificar el oficio, o volverlo herramienta de un poder en específico, o convertirlo en un solo género periodístico —hoy, la gran mayoría de periodistas reconocidos hacen entrevista y opinión, lo que no está mal, en sí, pero hay más dentro del periodismo— . Debemos apropiarnos de los más básico, reconocerlo y convertirlo en parte fundamental de la investigación, de la explicación, de los reportajes, de las crónicas, de las entrevistas, de la verificación.

Eso básico es la profundidad, es lo que debemos seguir buscando. En un mundo cada vez más llamado a lo simple, a lo superficial, a lo obvio y burdo, el periodismo debe apostar por lo humano. Y lo humano es complicado, complejo, difícil de contener; con la profundidad nos acercamos más a lo que somos: al dolor, a la alegría, a la corrupción, al acierto, al triunfo y a la derrota, al mérito y la violencia, a la gracia y a la lágrima, a la belleza y al horror. Hacemos esto para explicarnos quiénes somos y por qué pasan las cosas que pasan.

No hay periodismo sin responder el por qué.

Entonces, mientras los medios tienen que diversificar su plan de negocio, el periodismo se debe concentrarse en llegar a lo más profundo de lo que esté cubriendo. Hay que ejercer la profesión, incluso en momentos en que el poder quiere construir a toda costa un relato único, enfocándonos en lo humano. No solo como forma de resistencia, sino como un verdadero ejercicio periodístico. Nic Newman, en un texto publicado por el Reuters Institute sobre predicciones acerca de lo que será el periodismo en 2026 —elaborado a partir de un estudio que realizaron a 280 editores digitales en 51 países—, dice lo siguiente:

(…) los editores afirman que será importante centrarse en investigaciones más originales y en el periodismo de campo (una diferencia de +91 puntos porcentuales entre «más» y «menos»), en el análisis contextual y la explicación (+82) y en las historias humanas (+72). Por el contrario, tienen previsto reducir el periodismo de servicio (-42), el contenido atemporal (-32) y las noticias generales (-38), que muchos esperan que se conviertan en un producto básico gracias a los chatbots de IA. Al mismo tiempo, consideran que será importante invertir más en vídeo (+79) —incluidas las «pestañas de reproducción»— y en formatos de audio (+71), como los podcasts, pero un poco menos en la producción de texto.

El sendero está ahí. Desde adentro queda claro qué hacer; por afuera, aceptar que algo así tiene un costo y como ciudadanos debemos pagar por un periodismo bien hecho. Aunque, bueno, de eso podremos hablar después.

Tomado del Substack de Eduardo Varas Carvajal: https://eduardovarascarvajal.substack.com/p/la-incomodidad-debe-ser-el-periodismo

 

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