Por Lenín Oña*

Cada exposición de Enrique Tábara implica un acontecimiento de magnitud porque es tal la exuberancia del repertorio plástico que maneja, y la maestría con que lo hace, que siempre hay que estar dispuesto a llevarse una sorpresa o a descubrir algo que no se logró captar la primera vez. Tratándose de una retrospectiva, la complacencia que dejan sus cuadros puede culminar en el entusiasmo. La que presenta el Museo del Banco Central (Quito, 2006) es una selección de otra mayor, con que se inauguró la sala autoral del Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo (MAAC) de Guayaquil. 

En congruencia con esa riqueza, los seguidores del artista se ven obligados a reinterpretar el sentido de su obra una y otra vez o, al menos, a reubicar criterios para alcanzar a compenetrarse con las novedades que se prodigan como un canto a la alegría de vivir.