Por Paulina Escobar*

Si las palabras tuvieran el valor de sus acepciones no necesitaríamos de normas. La ética, por ejemplo, es para los ilusos, para quienes no aprovechan “un buen momento”. Experiencias de plagio o deshonestidad académica son tan cotidianas en la universidad que ni siquiera nos ruborizan. Y, sin embargo, la ética debería estar presente en cada acto, incluso más allá del mundo académico.