Por Jorge Basilago*

La puerta está abierta en espera de los visitantes. A simple vista, el ordenado espacio interior no parece la vivienda de un músico de rock: cada libro en su lugar, posters con bastidores y colgados prolijamente… La delgada figura de Jaime Guevara asoma de pronto, como para confirmar que sí es su casa. Detrás de la obligada mascarilla, su boina negra y su cabello larguísimo saludan con una reverencia a distancia prudencial, como marcan estos tiempos pandémicos.

“Tenía el pelo más tupido, pero en octubre me lo jodieron, igual que el ojo derecho”, relata sin preámbulos, bien predispuesto para la entrevista con La Línea de Fuego. “Nos acorralaron en la caseta del parque El Arbolito y nos dieron bomba en ese recinto cerrado. Se perdió todo escrúpulo: en mis años de militante de la guitarra nunca he visto tal represión, ni siquiera en los tiempos de la bestia de (León) Febres Cordero”, agrega. 

Habla, por supuesto, de lo que vio y vivió durante el violento accionar estatal de octubre de 2019; y lo compara con otras situaciones similares de los últimos 50 años, de las que también fue testigo, protagonista y narrador –guitarra en mano- al mismo tiempo. Rememora alegrías y desilusiones. Se entusiasma con el renacer de la rebeldía popular, en igual medida que descree de las soluciones políticas partidarias. Canta y cuenta, que de eso se tratan su vida y su arte.

Por Hugo, el búho

Una vez que se hizo realidad la tierna Ley Humanitaria, con votos de sus mansos lassitos, ahora el ilustre banquero, más conocido como el Alvarito tuneado, puede hacer campaña tranquilamente, y persuadir a los desempleados –que él ayudó a despedir- para que se enlassen con el futuro Presidente del país. Lógica de banquero humanitario, sensatez de candidato con póliza a largo plazo, razonamiento de cajero automático con mala dicción.