El asesinato del comunero mapuche Camilo Catrillanca ha puesto nuevamente en evidencia las fallidas políticas del Estado chileno frente a las nacionalidades originarias. La política del gobierno derechista de Sebastián Piñera tenía dos brazos; el primero, del garrote con la creación del batallón “Jungla”, un cuerpo represivo entrenado en Colombia para combatir el terrorismo, y segundo, la política de la zanahoria bautizada como del “buenismo” por un columnista del diario el Mercurio, que trataba de impulsar medidas de desarrollo social en la región que denominan como araucanía. Ambas políticas se vienen al suelo con el luctuoso crimen cometido por la policía militarizada de Carabineros.