Por Alfredo Espinosa Rodríguez*

Despensas vacías. Llamadas de los bancos solicitando el pago de las cuentas pendientes y ofreciendo convenios y reprogramaciones para la cancelación de las deudas contraídas. Mandiles blancos colgados a las afueras de los hospitales públicos. Docentes en huelga que decidieron, previa explicación a sus estudiantes, suspender las clases. Servidores públicos de toda índole impagos y, pese a ello, laborando – salvo excepciones y “vivarachos” – más que antes, bajo los alicientes morales de que “al menos tienen trabajo” o “hay que ponerse la camiseta”, aunque el derecho a recibir puntualmente sus sueldos ha sido violentado.

Por Gerard Coffey

Quito, 23 de julio de 2020.- La política que ha implementado el gobierno de Lenín Moreno nos devuelve al pasado mientras otras naciones del mundo han desestimado la agenda neoliberal. Según el consultor y estratega político, Decio Machado, el Ecuador está cerca de convertirse en un “Estado Fallido”, en quiebra económicamente y sin futuro social. La visión es pesimista.  

Por Alfredo Espinosa Rodríguez* 

El Estado y sus representantes repudian a sus servidores públicos. Los hostigan todos los meses con despidos, estrés laboral, ataques a su autoestima, bajas de sueldos y atrasos en sus pagos.  No importa si estos ganan mucho o poco. Tampoco cuánto trabajan. Menos si son corruptos o no.  Hemos pasado de una época en la que se intentó transformar a los funcionarios estatales en militantes del partido de gobierno, a otra caracterizada por el desprecio de los ciudadanos –exteriorizado en redes sociales con insultos y generalidades canallescas– que los asocia como los únicos causantes del descalabro económico de la república.

La década perdida dejó un andamiaje – hasta la fecha – difícil de desmontar: el tráfico de influencias, el manejo clientelar de la institucionalidad del Estado y el derroche faraónico de recursos para disfrazar la crisis con bonanza a pretexto de cualquier mejora o compra técnica, tecnológica y de infraestructura; pero también, el deseo perverso por convertir a los funcionarios públicos en trabajadores particulares y mercenarios al servicio irrestricto de las autoridades de turno cuyos intereses no siempre son los mismos que los del país