25 de septiembre 2026
El colonialismo no terminó cuando desaparecieron las administraciones coloniales. Tampoco concluyó con la creación de las repúblicas ni con la sustitución de las autoridades extranjeras por gobernantes nacionales. El colonialismo cambió de lugar, modificó sus mecanismos y profundizó su dominio.
Primero ocupó los territorios y reorganizó las instituciones. Después penetró el pensamiento de los pueblos sometidos. Más tarde se inscribió en sus cuerpos, sentimientos y deseos. Finalmente, consiguió que los propios colonizados reprodujeran sobre sí mismos y sobre los demás el orden que originalmente les había sido impuesto. A este proceso lo denominamos *colonización profunda*.
Para comprenderlo proponemos distinguir cuatro dimensiones estrechamente relacionadas: *colonización, incolonización, encarnalización y autocolonización*. No constituyen necesariamente períodos históricos cerrados ni etapas que se suceden de manera mecánica. Pueden coexistir, superponerse y reforzarse mutuamente. Una sociedad puede haber alcanzado su independencia administrativa, y continuar profundamente incolonizada, encarnalizada y autocolonizada.
1. COLONIZACIÓN: OCUPAR EL TERRITORIO Y SUSTITUIR UN MUNDO
La colonización comienza como una fuerza que llega desde afuera. Un pueblo invade el territorio de otro, se apropia de sus riquezas y establece sobre él sus autoridades, instituciones, leyes, religión, economía, lengua y formas de organizar la existencia.
La invasión de Abya Yala no consistió únicamente en la ocupación de la tierra y la extracción de sus recursos. También implicó la destrucción, persecución o subordinación de sistemas políticos, espirituales, medicinales, educativos, productivos y comunitarios. No se conquistaron solamente territorios: se intentó sustituir unos mundos por otros.
Para justificar esta violencia, el colonizador se presentó como portador de civilización, verdad y humanidad. Al mismo tiempo, convirtió a los pueblos conquistados en representantes de la barbarie, la idolatría, la ignorancia y el atraso. La dominación material fue acompañada por un orden simbólico que proclamaba la superioridad del conquistador y la inferioridad del conquistado.
En este primer movimiento, el colonizador todavía puede ser identificado con relativa claridad: está afuera y enfrente. Tiene ejército, Iglesia, funcionarios, tribunales, escuelas y mecanismos coercitivos. Su dominio depende de la fuerza, la vigilancia, el castigo y el control directo de la población.
Pero ningún sistema colonial puede sostenerse indefinidamente mediante la coerción exterior. Su triunfo más duradero comienza cuando consigue que el dominado incorpore el mundo del dominador. Cuando ya no es necesario vigilarlo permanentemente porque el vigilante empieza a instalarse dentro de él. Ahí comienza la incolonización.
2. INCOLONIZACIÓN: INSTALAR LA COLONIA EN EL PENSAMIENTO
Proponemos llamar *incolonización* al proceso mediante el cual la colonia pasa de afuera hacia adentro. El prefijo in- expresa precisamente esa penetración. Ya no se trata solamente de vivir bajo un orden colonial, sino de llevar la colonia instalada en el pensamiento.
El incolonizado aprende a interpretar la realidad mediante las categorías del colonizador. La historia de su pueblo deja de ocupar el centro de su comprensión del mundo. En su lugar, estudia la historia del conquistador, sus filósofos, sus religiones, sus conceptos políticos y sus aspiraciones, hasta considerarlos expresiones universales de la humanidad.
Europa deja de aparecer como una experiencia histórica particular y se convierte en la medida de todas las experiencias. Sus conocimientos son llamados ciencia; los conocimientos de los pueblos originarios, creencias. Su espiritualidad es reconocida como religión; las espiritualidades ancestrales son reducidas a superstición. Sus formas políticas representan la democracia y la civilización; las organizaciones comunitarias de los otros pueblos son descritas como primitivas o premodernas.
El incolonizado ya no necesita que un europeo le explique que Europa representa el progreso y que lo indígena representa el atraso. Él mismo puede repetirlo, enseñarlo y defenderlo. Puede considerar universales las instituciones que fueron impuestas sobre su pueblo y mirar como inferiores las formas de existencia que esas instituciones desplazaron.
La dominación se vuelve entonces mucho más eficiente: el vigilante ha sido instalado dentro del vigilado. El colonizador exterior puede retirarse y, sin embargo, la colonia continúa funcionando. Por eso, la independencia administrativa no significa necesariamente descolonización. Es posible expulsar al funcionario colonial y conservar intacta su manera de interpretar el mundo.
El incolonizado puede tener rostro indígena, apellido indígena e incluso reivindicarse políticamente como indígena, mientras comprende su propia realidad desde categorías construidas históricamente fuera de ella. El problema colonial no depende únicamente del origen, el apellido o el fenotipo de quien gobierna. Depende también del mundo desde el cual piensa, decide y ejerce el poder.
Pero la colonización puede penetrar todavía más. Puede dejar de ser solamente pensamiento y convertirse en sensación, vergüenza, gusto, emoción y deseo. Ahí comienza la encarnalización.
3. ENCARNALIZACIÓN: INSCRIBIR LA COLONIA EN EL CUERPO Y EL DESEO
Conviene distinguir entre *encarnar* y *encarnalizar*.
Encarnar significa hacer carne una idea, un principio o una sabiduría. Decimos, por ejemplo, que una persona encarna determinados valores cuando estos se expresan en su forma de vivir.
Proponemos utilizar *encarnalizar* para señalar otra operación: el proceso mediante el cual una estructura de dominación penetra tan profundamente en una persona que termina inscrita en la relación que mantiene con su cuerpo, sus emociones, su sensibilidad y sus deseos.
La encarnalización colonial ocurre cuando el colonizado ya no solamente piensa con las categorías del colonizador, sino que comienza a mirarse con sus ojos. La jerarquía colonial deja de ser una idea exterior y se convierte en experiencia corporal.
La persona puede sentir que su piel es demasiado oscura, sus facciones demasiado indígenas, su cabello inadecuado, su apellido vergonzoso, su lengua poco prestigiosa o sus padres y abuelos demasiado campesinos. Puede avergonzarse de su vestimenta, de su acento, de su lugar de procedencia o de las costumbres de su comunidad.
Ya no necesita que el colonizador la desprecie directamente. Ha aprendido a despreciarse desde la mirada del colonizador.
Frantz Fanon advirtió en Piel negra, máscaras blancas que la dominación colonial puede penetrar la subjetividad hasta transformar la manera en que el colonizado se percibe y busca ser reconocido. La noción de encarnalización colonial pretende subrayar que esa dominación llega a inscribirse en la carne y en el deseo.
El encarnalizado no solamente quiere pensar como el dominador. También quiere parecerse a él. Desea su piel, sus rasgos, su lengua, sus modales, sus apellidos y sus símbolos de prestigio. Al mismo tiempo, intenta alejarse de todo aquello que pueda recordarle su procedencia.
La estética deja de ser un asunto meramente personal. El gusto ha sido organizado por una historia de dominación. Aquello que una sociedad considera bello, elegante, culto, limpio, moderno o deseable puede reproducir la antigua jerarquía colonial. De igual manera, lo que califica como feo, vulgar, atrasado, sucio o indeseable puede corresponder precisamente a los cuerpos y las formas de vida de los pueblos colonizados.
La colonia entra también en las relaciones afectivas. Interviene en la elección de pareja, en el deseo de “mejorar la raza”, en la valoración social de determinados cuerpos y en la expectativa de ascender acercándose física o culturalmente al modelo dominante.
En este nivel, la colonización ya no necesita imponerse constantemente: comienza a ser deseada. El cuerpo colonizado busca aproximarse al ideal que lo niega y distanciarse del mundo al que pertenece.
Sin embargo, el proceso puede avanzar todavía más. El sujeto que ha interiorizado y encarnalizado la jerarquía colonial puede convertirse en agente activo de su reproducción. Puede aplicar sobre sí mismo y sobre otros la violencia simbólica que antes provenía directamente del colonizador. Ahí aparece la autocolonización.
4. AUTOCOLONIZACIÓN: REPRODUCIR LA COLONIA DESDE DENTRO
La *autocolonización* es la reproducción del orden colonial por los propios sujetos, pueblos e instituciones que fueron formados bajo su dominio.
Esto no significa que los colonizados hayan creado voluntariamente su propia opresión ni que sean los culpables originales de ella. La autocolonización no es el comienzo del colonialismo, sino una de sus consecuencias más profundas. Antes de reproducirse desde dentro, la dominación fue impuesta desde afuera mediante la invasión, el despojo, la violencia, la evangelización forzada y la destrucción de los mundos existentes.
La autocolonización comienza cuando aquella dominación exterior ha penetrado suficientemente en el pensamiento, el cuerpo y el deseo como para reproducirse sin la presencia permanente del colonizador.
El autocolonizado vigila en sí mismo todo aquello que pueda parecer indígena, campesino, comunitario o ancestral. Corrige su manera de hablar, esconde su procedencia, modifica su apariencia y selecciona cuidadosamente aquello que puede mostrar de su familia y de su historia. Intenta demostrar que ha dejado atrás el mundo considerado inferior.
Pero la autocolonización no se ejerce únicamente contra uno mismo: también se proyecta sobre los demás. Quien ha interiorizado la jerarquía colonial puede despreciar a otra persona por ser “más india”, burlarse de quien habla una lengua originaria, considerar inferior al campesino o sentirse orgulloso cuando le dicen que “no parece indígena”.
Puede exigir a otros que abandonen sus formas de vida para ser aceptados como ciudadanos modernos. Puede llamar educación al alejamiento de la comunidad, progreso a la destrucción de los territorios y desarrollo a la incorporación subordinada dentro del mundo dominante.
La autocolonización puede adquirir también una dimensión institucional. Un Estado dirigido por descendientes de los pueblos colonizados puede continuar aplicando las mismas categorías territoriales, económicas, educativas y culturales de la colonia. Una universidad situada en Abya Yala puede seguir considerando que el conocimiento verdadero se produce únicamente en Europa o en Estados Unidos. Una escuela indígena puede enseñar a los niños a contemplar su comunidad como un pasado que deben superar.
Incluso las organizaciones que hablan en nombre de la descolonización pueden reproducir estructuras coloniales si adoptan sin cuestionamiento las mismas jerarquías, formas de autoridad y concepciones del poder heredadas del mundo que pretenden combatir.
La autocolonización constituye, por tanto, el paso del dominio a la *autodominación*. El colonizador ha logrado reproducirse dentro del colonizado. Ya no necesita ejercer directamente todas las funciones del poder porque ha formado sujetos e instituciones capaces de continuar su obra.
CUATRO DIMENSIONES DE UNA MISMA DOMINACIÓN
Podemos sintetizar este proceso de la siguiente manera:
1. La colonización ocupa el territorio y sustituye las instituciones.
2. La incolonización ocupa el pensamiento y reorganiza la interpretación del mundo.
3. La encarnalización ocupa el cuerpo, la sensibilidad y el deseo.
4. La autocolonización convierte al colonizado en reproductor del orden colonial.
En la colonización, otro me domina. En la incolonización, aprendo a pensar desde las categorías de quien me domina. En la encarnalización, aprendo a mirarme y desear desde su mirada. En la autocolonización, reproduzco esa dominación sobre mí mismo y sobre los demás. La secuencia profunda del colonialismo puede expresarse así: Imposición, interiorización, incorporación y reproducción.
Primero nos invadieron. Después instalaron su mundo dentro de nuestro pensamiento. Más tarde consiguieron que miráramos nuestra propia carne con sus ojos. Finalmente, lograron que continuáramos colonizándonos a nosotros mismos y entre nosotros.
EL COLONIALISMO DESPUÉS DE LA COLONIA
Estas distinciones permiten comprender por qué el colonialismo puede sobrevivir durante siglos después del fin jurídico de una colonia. Un país puede alcanzar la independencia territorial sin alcanzar independencia epistemológica, cultural, estética o afectiva. Puede cambiar de autoridades y banderas mientras conserva las instituciones, jerarquías y aspiraciones heredadas del orden colonial.
La colonia ya no depende entonces del fenotipo del gobernante. Puede tener rostro indígena, hablar en nombre de los pueblos originarios y utilizar símbolos ancestrales, mientras continúa organizando la sociedad desde las mismas categorías civilizatorias que históricamente subordinaron a esos pueblos.
Esto nos permite superar una comprensión demasiado simple del colonialismo como enfrentamiento entre blancos e indígenas. El origen de la estructura colonial no puede separarse de la invasión europea ni de la racialización que la acompañó. Sin embargo, una vez interiorizado, el colonialismo puede ser reproducido por quienes históricamente fueron colonizados.
El problema ya no consiste solamente en determinar quién ejerce el poder, sino también desde qué mundo lo ejerce, con qué categorías piensa, qué forma de vida considera superior y qué horizonte de sociedad intenta construir.
DESCOLONIZARSE NO ES SUFICIENTE
Si existen distintos niveles de penetración colonial, también deben existir distintos niveles para su superación: No basta con descolonizar el territorio si seguimos incolonizados mentalmente. No basta con cuestionar intelectualmente el eurocentrismo si continuamos sintiendo vergüenza de nuestros cuerpos, lenguas, nombres y ancestros. Tampoco basta con recuperar el orgullo individual si nuestras instituciones continúan reproduciendo el mismo orden colonial.
Una transformación profunda debe recorrer el camino inverso al de la colonización: Si el colonialismo avanzó desde el territorio hacia el pensamiento, desde el pensamiento hacia la carne y desde la carne hacia la reproducción autónoma de la dominación, su superación debe comenzar desmontando al colonizador que actúa dentro de nosotros.
Necesitamos detener la autocolonización, desencarnalizar la jerarquía, desincolonizar el pensamiento, y reconstruir los territorios y las comunidades.
*Detener la autocolonización* significa reconocer y desactivar las prácticas mediante las cuales reproducimos sobre nosotros mismos y sobre los demás la jerarquía colonial.
*Desencarnalizarse* significa transformar la relación con nuestra propia carne, recuperar la dignidad de nuestros rostros, lenguas, nombres, memorias y procedencias.
*Desincolonizar el pensamiento* significa desmontar las categorías que presentan un mundo particular como medida universal de toda la humanidad y recuperar la capacidad de pensar desde nuestras propias experiencias cosmosóficas.
*Reconstruir territorio y comunidad* significa convertir esa transformación interior en nuevas formas de convivencia, conocimiento, espiritualidad, economía, educación y ejercicio del poder.
No proponemos regresar románticamente al pasado ni rechazar todo aquello que provenga de otros pueblos. Ninguna cultura ha existido completamente aislada y todo encuentro puede producir aprendizajes y transformaciones fecundas.
El problema comienza cuando el intercambio deja de ser una relación entre diferentes y se convierte en imitación del dominante, subordinación de unos mundos a otros y negación de uno mismo. Abrirse a otros pueblos no debería exigirnos desaparecer dentro de ellos.
Superar la colonización profunda significa recuperar la capacidad de encontrarnos con otros mundos sin abandonar el nuestro.
RECUPERAR LOS OJOS CON LOS QUE NOS MIRAMOS
El triunfo más profundo del colonialismo no ocurre cuando conquista un territorio, sino cuando consigue que los conquistados contemplen el mundo, su historia y su propia carne con los ojos del conquistador.
Su victoria culmina cuando ya no necesita al colonizador exterior porque el colonizado continúa su obra: se vigila, se niega, intenta parecerse al dominador y reproduce la misma jerarquía sobre quienes se encuentran más cerca de aquello que él ha aprendido a despreciar.
Por eso, la superación del colonialismo no consiste simplemente en cambiar gobernantes, banderas o discursos. Tampoco se alcanza sustituyendo a una élite blanca por otra de rostro indígena si permanece intacto el mundo desde el cual se gobierna.
Una transformación profunda exige sacar la colonia de las instituciones, del pensamiento, del cuerpo, de los sentimientos y del deseo. Exige interrumpir su reproducción dentro de nosotros y entre nosotros.
Porque un pueblo comienza verdaderamente a sobreponerse cuando recupera no solamente su territorio y su pensamiento, sino también su carne, su deseo y los ojos con los que se mira a sí mismo.
** NOTA: Resumen de un libro de próxima aparición



Este autor es paradójico, cuestiona la colonización y sus categorías y escribe en el lenguaje de los colonizadores y utiliza sus categorías.