Por Jonathan Báez* 

El 2020 mostró de lo que son capaces las élites empresariales para mantener sus privilegios, depredando las vidas de miles de personas sin límite alguno. La reconfiguración de un régimen de desigualdades, que antecede a este año se implementó, se institucionalizó y legitimó a través de la captura de las decisiones públicas: la verdadera pandemia. Dicho proceso involucra a una serie de actores, prácticas y redes que constituyen el “neoliberalismo a la ecuatoriana”. 

Luego de  la caída del muro de Berlín, la aspiración de feligreses en fuga fue desarrollar planteamientos pluriclasistas, pluralistas y democráticos, cual  motores de búsqueda para  ganar representatividad en  el sistema: la “racionalidad democrática” sustituyó la visión   insurreccional y  el  gradualismo evolucionista abandonó toda perspectiva revolucionaria.

Mientras Argentina se entrega a las exigencias del Fondo Monetario Internacional profundizando la pobreza y Colombia eligió a un presidente que está en contra del proceso de paz, Brasil les sigue pero con un escenario aún peor: la elección de un nuevo presidente de extrema derecha, Jair Bolsonaro. Su victoria tiene varias causas, entre las que se puede destacar: la campaña de la iglesia evangélica, las fake news, un uso (abuso) de los errores del Partito de Trabajadores (PT), que se centra en el rechazo de la clase política atrapada en grandes escándalos de corrupción.