Por Samuel Guerra Bravo*

El subtítulo de este artículo evoca a “El séptimo sello”, la famosa película de Ingmar Bergman en la que un caballero atormentado que vuelve a su castillo tras diez años de luchas inútiles en las Cruzadas, reta a la muerte a una partida de ajedrez en busca de respuestas a preguntas clave de la vida.

Actualmente vivimos un ajedrez de circunstancias mortales frente a las cuales la filosofía se ve abocada a probar su poder o su debilidad, su actualidad o caducidad. El drama es que debe hacerlo ante la amenaza inmisericorde de la muerte representada por un “enemigo invisible”: el coronavirus.

¿Puede la filosofía decir su palabra coetáneamente a los hechos de la pandemia o debe callar y esperar a que ésta sea superada o solucionada por las ciencias para reflexionar sobre lo ya acaecido? Esta es la cuestión a debatir.

Las élites latinoamericanas acaban de ratificar su menosprecio por sus países, por pueblos de los cuales se sienten albaceas, pero no parte. La pandemia del coronavirus no es una catástrofe colectiva que afecta a millones de personas, sino una oportunidad para replantear y repotenciar sus negocios. Al menos así queda en evidencia cuando revisamos los discursos de sus representantes políticos, los pronunciamientos de sus voceros empresariales, las decisiones que fuerzan en medio de la crisis.

En tiempos de pandemia, cuando todos los esfuerzos están encaminados en pensarnos y re-pensarnos el ahora y el después de una peste que no sabemos en qué desencadenará; es importante plantearnos diversos escenarios. Sobre esto se han escrito numerosos artículos científicos, políticos, económicos. etc., en donde se indica que esto será irremediable y catastrófico.

Huérfano de neuronas y de shungo el gobierno de Lenín Moreno ha puesto otro clavo en el viacrucis de los ecuatorianos. Como si no fuera suficiente la tragedia y el dolor que está causando la pandemia y el confinamiento obligatorio, intenta crear una “cuenta nacional de asistencia humanitaria” con una “contribución progresiva” de 9 meses que saldrá de los bolsillos de los trabajadores que ganen más de 500 dólares mensuales.

La administración de Donald Trump a diario presenta reportes de sus fracasos en la lucha contra el Covid 19, hecho que contrasta con la realidad de sus colegas de Alemania, Japón y Corea del Sur donde la alta morbilidad expresa al mismo tiempo una baja mortalidad, un indicador de rechazo a la tesis fatalista de ciertos gobernantes que anticipan certificados mortuorios o establecen aritmética preconcebida con tasas de muerte admisibles.

Desde el pasado lunes 16 de marzo, el gobierno ecuatoriano impuso medidas obligatorias para restringir la libre movilidad de los ciudadanos. Pero hay familias que no se pueden quedar en casa, pues si no salen a la calle, no pueden sobrevivir. El COVID-19 es una crisis sanitaria sin precedentes, pero como toda crisis, afecta más a las personas que menos tienen: trabajadores informales, personas sin techo y migrantes.

Pandemia es el capitalismo, no el coronavirus. No obstante, la Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de emitir una alarma que someterá al mundo entero a esa perversa ecuación comercial entre pánico y consumo. Como tantas otras veces en la historia, las gigantescas corporaciones médicas harán su agosto vendiendo mascarillas, medicamentos, tratamiento e insumos de laboratorio.