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miércoles, mayo 27, 2026

BOLIVIA: casi nadie puede ver dónde está la salida a la crisis

alter-nativa comunitaria

27 de mayo 2026

Bolivia fue metida en un nuevo experimento marxista-leninista que terminó reproduciendo un viejo fracaso: el estatismo. Se prometió liberar al pueblo, pero el Estado terminó concentrando cada vez más poder, burocracia, dependencia y corrupción.

La comunidad quedó subordinada al partido, el pueblo reducido a masa electoral y la transformación profunda nunca llegó. Se habló mucho de revolución, pero se mantuvo intacta la lógica occidental del poder centralizado: unos pocos deciden por millones.

De ese desgaste y desencanto sacó provecho la derecha, que ahora pretende imponer el otro extremo del mismo pensamiento: el privatismo. Es decir, entregar la vida colectiva al mercado, convertir el agua, la tierra, la salud, la educación y hasta la naturaleza en mercancías. Un modelo que también ha fracasado en el mundo entero, porque produce riqueza para minorías y abandono para las mayorías. Allí donde el mercado gobierna sin límites, crecen la desigualdad, el individualismo y la destrucción comunitaria.

Lo más grave es que ambos modelos se presentan como opuestos irreconciliables, cuando en realidad comparten la misma raíz: nacieron fuera de nuestros pueblos y ven a la sociedad desde la lógica del control. Uno idolatra al Estado; el otro idolatra al mercado. Pero ambos destruyen la autonomía comunitaria y reemplazan la vida colectiva por estructuras verticales de dominación.

Mientras la población se divide entre izquierda y derecha, entre estatismo y privatismo, casi nadie mira hacia la verdadera alternativa histórica: el sistema comunitario. No como nostalgia romántica ni folclor político, sino como una forma que sostuvo durante miles de años a los pueblos andinos y a muchas otras sociedades del mundo.

Las comunidades originarias no funcionaban bajo la lógica de la acumulación individual ni de la dependencia absoluta del Estado. La tierra era entendida como parte de la vida colectiva; el trabajo se organizaba mediante reciprocidad; la producción estaba ligada al equilibrio y no al saqueo ilimitado. El ayllu, la minga, el ayni y otras formas comunitarias demostraron durante siglos que es posible organizar la sociedad sin convertir al ser humano en mercancía ni en simple pieza de una maquinaria estatal.

Antes de la invasión europea, estas tierras no conocían: miseria, abandono, destrucción ecológica y violencia estructural. Existían conflictos humanos, como en toda sociedad, pero no el grado de fractura social que produjo el modelo colonial y luego republicano. La colonia destruyó gran parte del tejido comunitario para imponer el individualismo, la jerarquía racial y la dependencia económica. Y desde entonces, los pueblos han sido obligados a escoger entre variantes del mismo paradigma occidental.

Por eso Bolivia no necesita elegir entre dos fracasos históricos. No necesita decidir si será administrada por burócratas o por corporaciones. La verdadera discusión es si los pueblos recuperarán o no la capacidad de organizar su propia vida desde abajo, desde la comunidad, desde la reciprocidad y desde una relación equilibrada con la naturaleza.

La salida no está detrás, sino debajo de las ruinas: en las raíces comunitarias que sobrevivieron a siglos de colonización y que todavía laten en muchos territorios andinos. Ahí está no solo el futuro de Bolivia, sino una respuesta para un mundo entero que se derrumba entre el estatismo agotado y el capitalismo depredador.

lalineadefuego
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