De la vulnerabilidad de la agroexportación a la resiliencia de la soberanía alimentaria

Cada día queda más claro que la crisis en la que se encuentra el mundo debido al brote y la expansión del Covid-19 es sólo en el primer momento una crisis sanitaria. Más allá de las amenazas directas para nuestros cuerpos y para los sistemas de salud nacionales, nos espera una larga cola de impactos socioeconómicos que recién se van vislumbrando poco a poco, dejando espacio para la imaginación sobre la gravedad de la situación en los próximos meses.

“La situación social en Ecuador es lamentable. El 75% de la renta nacional recae en menos del 20% de la población. El resto sobrevive con salarios mensuales de poco más de 5.000 pesetas y la situación de los obreros subempleados es aún peor. Problemas heredados de 150 años de historia que sin duda tienen una solución a largo plazo”. Con esta frase concluyó un artículo publicado en mayo de 1979 en el diario español El País, en el que describía el perfil del entonces ganador de los comicios presidenciales del retorno a la democracia representativa, Jaime Roldós Aguilera.

Las palabras que más se escuchan actualmente en todo el mundo, desde los presidentes, altas autoridades mundiales, millonarios, filósofos, personalidades, hasta el más simple y pobre ser humano es: cooperación, solidaridad, unión, coordinación, apoyo, organización, colaboración, responsabilidad, disciplina, conciencia, comunidad, común.

Si la salud y la enfermedad son dilemas  esenciales en la vida de personas y pueblos, las epidemias son amenazas visibles a la existencia que se constituyen en componentes de crisis que agudizan  determinantes de la economía y la convivencia social, atravesando; valores, principios éticos, recursos naturales y el saber. Todo esto pone en reflexión la supervivencia del ser y del planeta.

La prioridad de la humanidad debe ser la lucha por la vida. La pandemia mundial del coronavirus ha jaqueado al planeta. Incluso, se ha acelerado la tendencia hacia una nueva crisis financiera global (que ya se veía venir), quizá mucho más grave que la crisis de 2007-2009. Tal situación puede ir cerrando el acceso al financiamiento desde los mercados internacionales, tema complejo sobre todo para aquellos países exportadores de un petróleo cuyo precio se va acercando a mínimos históricos de un poco más de 20 dólares por barril.

Resulta imposible llegar con recetas provenientes de otras realidades y otras circunstancias. Lo que si puede es compartir experiencias, nada más que eso. Experiencias, que para ser provechosas deben partir de lecturas críticas con el fin de ofrecer opciones que podrían ser analizadas en función del actual proceso constituyente en marcha.

Entre una crisis estructural y una fragilidad mortal

El Ecuador enfrenta una coyuntura llena de urgencias fiscales y con un ambiente internacional muy complejo –incluyendo el efecto del coronavirus– que estrangula las cuentas externas. Sin embargo, tales urgencias solo manifiestan una crisis económica estructural, profunda y de larga duración.

El 12 de febrero de 2020 fue una fecha histórica para nuestro país**. En Quito comenzó el juicio contra el ex mandatario y su camarilla delincuente. De cierta manera, se creó una distracción para satisfacer los bajos instintos de revancha popular. Mientras tanto, el mandatario actual, acompañado por sus 40 cómplices “empresariales” (en realidad, se trata de los representantes rentistas y defraudadores fiscales) se reunió en Washington con el “genio estable” y peor presidente gringo en la historia del país (El Universo 2020).

La rebelión como semilla de un nuevo futuro

Sí, rebelión en los Andes ecuatorianos y en muchos otros puntos de toda Nuestra América como Chile, Bolivia, Colombia, Haití… En definitiva, la frustración popular creada y acumulada por la civilización de la desigualdad y los estragos que ésta va dejando en la periferia del mundo, ha generado una explosión social que hace temblar al escenario político nacional y regional. Semejante movilización popular equivale a un terremoto que mueve y cuestiona las bases de nuestras sociedades inequitativas e injustas, y hasta cuestiona a las viejas formas y los viejos conceptos usados para entender a los sectores populares y su sufrimiento.

Entre desigualdades coyunturales y estructurales[1]

 Joseph Schumpeter llamó al capitalismo la “civilización de la desigualdad” (1949, p.419)[4]. Pero, si refinamos el análisis, vemos que el capitalismo no posee una sola desigualdad, sino múltiples desigualdades de diferentes dimensiones (económicas, étnicas, de género, políticas, regionales, etc.) que tienden a entrecruzarse. En particular, dentro del capitalismo encontramos desigualdades estructurales que muchas veces quedan ocultas tras el inmediatismo de las desigualdades coyunturales.

¿Ecuador entre los países más felices?

A finales de 2019 se publicó el Reporte Mundial de la Felicidad realizada por la ONU, a través de una encuesta realizada por Gallup. Los entrevistados evalúan su vida en una escala de 0 a 10, donde 0 representa la peor vida y 10 la mejor vida posible. Se incluyen seis componentes: niveles del PIB, esperanza de vida, generosidad, apoyo social, libertad y corrupción.