Decio Machado
ECUADORTODAY
24 de mayo 2026
El Ecuador actual parece haberse convertido en una sociedad atrapada en una sala de espera política. El gobierno paulatinamente pierde legitimidad, pero nadie en la oposición política consigue posicionarse como alternativa de poder creíble, esperanzadora y deseable. La ciudadanía ve cada día más frustradas las expectativas en su momento depositadas en el actual gobierno, pero pese a la creciente decepción y pesimismo, todavía no hay ruptura emocional generalizada con el imaginario que llevó al poder al presidente Noboa y el deterioro continúa de forma gradual y no explosiva. Así las cosas, el país profundiza su rumbo hacia la normalización de la incertidumbre.
Los datos de la última encuesta (16-17 mayo/2026) del Centro de Investigaciones y Estudios Especializados (CIEES) son extraordinariamente reveladores.
Un gobierno cuya confianza ciudadana cae al 23%, cuya calificación apenas alcanza el 26% y cuyo nivel de agrado pasó del 44% en marzo al 31% actual, debería, en teoría, estar ingresando en los pantanosos terrenos de una crisis de legitimidad. Sin embargo, eso no ocurre… o al menos no todavía.
¿Por qué?
Porque pese a los indicadores anteriores, el rechazo consistente al gobierno apenas alcanza el 40%, mientras que su apoyo duro -aunque con sostenida tendencia a la baja- aún se mantiene en torno al 29%. Y, quizás lo más importante, existe un amplio segmento social -casi un tercio de la población- que aún conserva alguna expectativa de mejora en la gestión gubernamental, dado que no encuentra ninguna otra alternativa con capacidad de ofrecer certezas en el abanico político institucional actualmente existente.
Este último dato determina, de forma absoluta, cualquier análisis serio de la coyuntura política nacional. No estamos frente al clásico escenario latinoamericano de deterioro gubernamental agudizado. Asistimos a un fenómeno bastante más complejo y profundamente contemporáneo: el desgaste del poder político sin la emergencia de una alternativa capaz de sustituirlo.
El gobierno de Daniel Noboa pierde potencia simbólica sin que desde la oposición se logre construir una narrativa creíble de reemplazo. De lo anterior resulta una sociedad políticamente decepcionada, fatigada y desconfiada, pero también incapaz de identificar alternativas renovadas de sustitución. Todo lo que hay, más allá de cuando se haya constituido, huele a rancio.
En este contexto, pese a que durante estos dos años y medio de gestión presidencial de Daniel Noboa se ha ido constituyendo el anti-noboísmo, lo que todavía no se hace visible es el post-noboísmo.
Y esa diferencia es crucial, porque en estas condiciones la erosión gubernamental no conduce de forma natural hacia una transición política. Para que eso ocurra, debe existir una fuerza capaz de capturar emocionalmente el vacío social que deja el oficialismo y hoy, en Ecuador, nadie parece estar en condiciones de lograrlo.
El problema de fondo es que el sistema político ecuatoriano lleva años autodestruyendo sus propias capacidades de representación. El colapso de los partidos tradicionales, la hiperpersonalización de los liderazgos políticos, la lógica de marketing electoral permanente y la precarización institucional terminaron construyendo una democracia cada vez más vacía de proyecto histórico y sentido de nación.
La política ecuatoriana dejó de discutir modelos de país y se limitó a administrar percepciones. Se impuso los proyectos de poder sobre los proyectos de nación, y eso en un país subdesarrollo es extremadamente grave.
Es en ese contexto en el que Noboa emergió como un producto político funcional a una sociedad agotada. Un gobernante joven, aparentemente moderno, teóricamente desideologizado, proveniente del mundo empresarial, supuestamente ligero de cargas del pasado, mediáticamente eficiente y emocionalmente distante de la vieja política.
El problema es que gobernar no es lo mismo que administrar imagen, pues la realidad termina erosionando cualquier construcción ficticia de imagen, narrativa y relato. En especial, cuando no existe capacidad efectiva de producir sentido colectivo, estabilidad material y horizonte social.
La narrativa épica y tecnocrática de un gobierno valiente y eficiente en permanente guerra interna contra el crimen organizado lleva meses mostrando signos evidentes de agotamiento. La hiperestetización del poder —tan propia de esta administración— tiene un límite estructural: convierte al liderazgo en un producto de consumo rápido. Y los productos políticos, igual que los productos comerciales, también se desgastan.
Sin embargo, el deterioro del gobierno no produce aún una ruptura psicológica definitiva en la ciudadanía. Gran parte de la población opta por seguir concediéndole tiempo, más que por convicción.. por ausencia de reemplazo.
Ese es el verdadero drama político del Ecuador contemporáneo.
Desde la oposición se critica, se denuncia, se intenta fiscalizar y se confronta, pero ninguna corriente política consigue ofrecer una idea de futuro suficientemente consistente como para transformar la actual decepción social en transferencia política.
Y es ahí donde aparece el más grave factor de riesgo que deriva de este tipo de coyunturas: todo vacío de representación rara vez permanece vacío durante mucho tiempo.
Las sociedades fatigadas en “democracias irritadas” suelen terminar reproduciendo un patrón histórico que transita desde la apatía estructural a las irrupciones antisistema. En otras palabras, cuando la democracia pierde capacidad de generar expectativas, el campo de lo político queda abierto para actores políticos más agresivos, discursos autoritarios o formas extremas de securitización política.
No es casual que el Ecuador viva en estos momentos bajo una lógica de excepcionalidad permanente: militarización social, normalización de narrativa de guerra, suspensión de derechos y levantamiento de garantías que protegen a los individuos que son presentadas como condición sine qua non para la supervivicencia, construcción constante de enemigos internos y externos, concentración del poder en torno a la figura de un mandatario que ejerce como regente, y política gestionada desde el miedo.
Cuando los gobiernos pierden capacidad de entusiasmar, suelen intentar gobernar mediante la administración de amenazas. El problema es que bajo ese modelo se puede obtener control coyuntural, pero rara vez se genera estabilidad duradera.
Mientras tanto, la sociedad ecuatoriana mantiene su travesía por un territorio especialmente peligroso: la normalización del cinismo político. Y ahí, la democracia deja de ser esperanza colectiva y se convierte en mero mecanismo de administración del deterioro.
Como apunte final, una reflexión: entre las múltiples crisis que hoy enfrenta la sociedad ecuatoriana, quizás la más grave, aunque nadie lo vea, sea la ausencia de un proyecto político capaz de disputar el futuro. Y sin futuro, el presente se pudre.
Publicado primero en ECUADORTODAY https://ecuadortoday.media/2026/05/19/ecuador-y-la-politica-suspendida-desgaste-de-noboa-y-vacio-de-reemplazo/


