12 de junio 2026
Una de las paradojas más desconcertantes de nuestro tiempo es que amplios sectores populares, históricamente vinculados a las luchas emancipadoras, hoy respaldan proyectos políticos que exaltan la autoridad, la jerarquía y el orden vertical. Este fenómeno, lejos de ser superficial o circunstancial, expresa una transformación más profunda en la manera en que las personas comprenden su lugar en el mundo y el sentido de su existencia.
Explicarlo únicamente como ignorancia popular, manipulación mediática o fracaso electoral de la izquierda resulta no solo insuficiente, sino también una forma de evitar el problema real. Lo que está en juego es algo mucho más profundo: una crisis de sentido, una crisis de subjetividad y, en última instancia, una crisis cosmosófica, es decir, una crisis en la forma de comprender la relación entre el ser humano, la comunidad, la naturaleza y el cosmos.
Durante décadas, la izquierda concentró sus esfuerzos en transformar las condiciones materiales de existencia: redistribución de la riqueza, ampliación de derechos, acceso a servicios y bienestar social. Estos esfuerzos, sin duda, produjeron mejoras concretas en la vida de millones de personas. Sin embargo, dejaron prácticamente intacta la estructura interior del ser humano producida por la modernidad. Se intentó cambiar el sistema sin transformar al sujeto que lo reproduce diariamente.
Ese sujeto, aunque sea pobre, precarizado o históricamente excluido, ha asimilado profundamente el pensamiento del amo. No solo lo reproduce: lo desea. Aspira a convertirse en nuevo patrón, a tener poder sobre otros, a acumular riqueza y prestigio, a garantizar su seguridad mediante la competencia y la diferenciación. Interpreta la vida desde la lógica del éxito individual, no desde la relacionalidad comunitaria. Por ello, no existe contradicción alguna cuando termina votando por proyectos de derecha: simplemente actúa de acuerdo con la subjetividad que ahora le habita.
Aquí se revela una de las ilusiones más persistentes de la izquierda: creer que la pobreza genera automáticamente conciencia crítica. Pero la pobreza, en el mundo moderno, no produce necesariamente resistencia; muchas veces produce frustración dentro del mismo horizonte de aspiración. El deseo no cambia, solo cambia la posición desde la cual se intenta alcanzarlo.
Sacar a una persona de la pobreza sin sacarla de la mentalidad colonial, individualista y capitalista es, en muchos casos, entregarla ideológicamente a la derecha. No porque haya sido engañada, sino porque ahora puede realizar aquello que antes solo deseaba desde la carencia. La izquierda suele lamentarse cuando esos sectores abandonan sus filas, pero rara vez se pregunta por qué ocurre. No comprende que puede mejorar las condiciones materiales de vida de las personas y, al mismo tiempo, fortalecer los valores que sostienen el sistema que pretende superar.
La paradoja es aún más profunda: mientras la derecha genera recurrentemente las crisis propias del capitalismo: desigualdad, precariedad, desintegración social, la izquierda termina administrando sus consecuencias, estabilizando el sistema mediante reformas, derechos y mecanismos de contención social. De este modo, ambas fuerzas, aunque enfrentadas en el plano discursivo, terminan operando dentro del mismo horizonte civilizatorio.
El avance contemporáneo de la derecha, incluso en expresiones cercanas al fascismo, no puede entenderse solamente como una disputa ideológica. Es también una respuesta a un vacío existencial. En un mundo atravesado por la incertidumbre, la fragmentación, la soledad y la pérdida de vínculos significativos, las personas buscan algo que el sistema no les ofrece: identidad, pertenencia, dirección, sentido.
La derecha ha aprendido, no necesariamente de manera consciente, pero sí eficaz, a ofrecer respuestas simples a esas necesidades profundas. La izquierda, en cambio, ha ido perdiendo su capacidad de generar horizonte vital. Habla de derechos, pero no de sentido; habla de igualdad, pero no de comunidad; habla de justicia, pero no de la experiencia concreta de vivir juntos, de compartir la vida, de sostener vínculos reales.
El problema de fondo es que gran parte de la izquierda continúa atrapada dentro de la misma ontología moderna que critica. Comparte con el capitalismo la centralidad del individuo, la idea de progreso ilimitado y la separación entre ser humano, comunidad y naturaleza. Cambia los fines, pero conserva la misma concepción del mundo, la misma estructura de pensamiento y, sobre todo, la misma forma de desear.
Incluso Karl Marx, hacia el final de su vida, comenzó a intuir que las formas comunitarias ancestrales podían contener caminos alternativos al desarrollo capitalista y a la propia modernidad. Sin embargo, esa intuición quedó relegada por una tradición política que siguió apostando casi exclusivamente por la industrialización, el desarrollo económico y la toma del Estado como vía privilegiada de transformación.
Si el capitalismo fuera únicamente un sistema económico, bastaría con redistribuir la riqueza para superarlo. Pero el capitalismo es, sobre todo, una forma de organizar el deseo, una manera de estructurar la aspiración humana. Mientras los seres humanos continúen deseando desde la acumulación, la competencia, el control y el reconocimiento individual, el sistema seguirá reproduciéndose incluso bajo discursos aparentemente transformadores.
Por ello, la cuestión decisiva no es únicamente política ni económica, es existencial y cosmosófica. Se trata del retorno de lo comunitario: no como una nostalgia romántica del pasado, ni como idealización de formas ancestrales, sino como la construcción consciente de otra manera de habitar el mundo.
Lo comunitario implica pasar del individuo aislado a la relacionalidad viva; de la acumulación al equilibrio; de la dominación a la participación; de la competencia a la complementariedad; de una razón fragmentada a una conciencia integrada de la vida. Implica comprender que el ser humano no existe separado de la comunidad, de la naturaleza ni del cosmos, sino que emerge en y a través de esas relaciones.
Pero este giro exige una transformación más profunda que cualquier reforma institucional o cambio de gobierno: la reconstrucción de la subjetividad. Reaprender a vivir en relación, transformar nuestros deseos, sanar las fracturas interiores producidas por siglos de colonialismo, modernidad y separación, y generar experiencias reales de comunidad donde pueda florecer otra forma de existencia.
Sin esa transformación, el vacío de sentido seguirá siendo ocupado por proyectos autoritarios que ofrecen identidad, pertenencia y dirección a quienes ya no encuentran esas experiencias en las propuestas emancipadoras.
El fracaso histórico de la izquierda no radica únicamente en sus derrotas electorales ni en sus errores estratégicos. Su límite más profundo ha sido intentar transformar las estructuras sin transformar el modo de ser humano que las sostiene. Ha querido construir poder popular sin transformar la subjetividad que entiende el poder como dominación.
Por eso, la pregunta fundamental de nuestro tiempo ya no es solamente cómo cambiar el sistema. La pregunta es más radical y más incómoda: ¿cómo transformar la conciencia, cómo reconstruir la comunidad y cómo volver a habitar la vida de tal manera que pueda emerger una humanidad distinta?
Porque mientras esa transformación no ocurra, no importa cuántas veces cambien los gobiernos o los discursos: el mundo seguirá reproduciendo la misma lógica, bajo distintos nombres. Y en ese punto, el problema deja de ser político, se vuelve cosmosófico


