Por Natalia Enríquez*

En la realidad, por dentro y por fuera, incluso en sus hilos más finos que la componen, perder para a veces ganar, es una acción subversiva, peligrosa, por solidaria y amorosa. Sí, una acción amorosa que rompe la manera en que comprendemos la competición, en la dimensión del deporte, del juego y de la vida. Un espacio naturalizado para la disputa, para la exhibición y la ganancia siempre. El pez grande se come al pequeño y así, nadie está preparado para dejarse ganar.

Por Jorge Basilago

La imagen estremece. Un rostro tumefacto. Los labios, hinchados y deformes, apenas se repliegan hacia dentro de la boca desdentada. Una cicatriz ancha surca la mejilla derecha hasta el límite inferior del ojo, cerrado por la inflamación. Otra herida parte en dos lo que antes fue una nariz. Como un Guernica unipersonal, el pequeño óleo anónimo muestra la destrucción que el hombre puede autoinflingirse. El precio que el estadounidense John Heenan pagó, en 1860, por empatar su combate a puño descubierto contra el británico Tom Sayers. 

Imaginen por un momento que tres países de la zona andina deciden botar abajo sus fronteras con una sola idea: que uno de los tres sea el país que de la vuelta olímpica universal y levante entre sus manos la Copa del Mundo, el trofeo más ansiado por cada uno de los 4.000 millones de seguidores del fútbol soccer que hay en la Tierra.