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martes, septiembre 1, 2026

MORIR EN EL CAPITALISMO – Hugo Noboa Cruz

Hugo Noboa

01 de septiembre 2026

“Mi sueño es morirme porque hago cosas malas”. Respuesta de Cristian, un joven de Medellín víctima del sistema capitalista, a la pregunta sobre sus sueños y anhelos. Proyecto “Mapa de sueños latinoamericanos” 1992 -2013, del fotógrafo argentino Martin Weber. https://www.facebook.com/teleceiba/posts/mi-sue%C3%B1o-es-morirme-porque-hago-cosas-malasentre-1992-y-2013-el-fot%C3%B3grafo-argent/5826529670711847/

La muerte es la única certeza que tenemos, y sobre ello han reflexionado varias personas sabias a lo largo de la historia. Es un tema incómodo que tratamos de evadir.

En los albores de la humanidad, pocos sobrevivían para llegar a ser adultos, y si lo hicieron, probablemente fueron devorados o pisoteados por sus presas de caza. Pero murieron también en las luchas por territorios y por los primeros bienes acumulados, enfrentados unos contra otros, aunque todos entonces éramos hermanos, hijos de un mismo tronco.

Igual que en la vida, la forma de morir hoy nos diferencia. Algunos tiranos, responsables de genocidios, mueren cómodamente en sus camas o en la sala de un hospital privado en alguna metrópoli, rodeados de sus familiares, a veces evadiendo la justicia; ello, aunque no se merezcan esa muerte tranquila. Sus víctimas probablemente desaparecieron en un “vuelo de la muerte”, en una celda inmunda en medio del digno silencio frente a la tortura, aplastadas por la explosión de un misil, o peleando guerras ajenas que sólo benefician al poder político y económico.

Idealmente todos los seres humanos deberíamos llegar a viejos y morir tranquilamente, sin violencia, sin dolor, dignamente, protegidos por la sociedad. Pero no sucede así.

La primera vez que el Estado ecuatoriano publicó oficialmente datos vitales, como el fallecimiento de las personas y las causas de esos fallecimientos, fue en el año 1954[1]. Los primeros datos tuvieron mucho subregistro e inconsistencias; sin embargo, permiten tener un panorama de la forma de morir de los ecuatorianos en esa época.

Para la década de 1960, con unas estadísticas algo más maduras, según los datos históricos del Instituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censos (INEC) una de cada tres defunciones ocurridas en el Ecuador correspondía a niños y niñas menores de un año, una barbaridad, muchos de esos angelitos eran enterrados clandestinamente. Y antes de ello, la situación fue aún peor. Llegar a cumplir un año de edad era toda una hazaña en los hogares más empobrecidos y en especial entre la población rural indígena. Los padres no bautizaban ni registraban a sus hijos hasta que cumplieran un año de edad, y se suponía más o menos asegurada su sobrevivencia, así de grande era la tragedia. Las niñas y los niños morían por hambre, por desnutrición severa, por enfermedades diarreicas, por malaria, por neumonías y otras infecciones respiratorias agudas, muchas de esas muertes se podían haber evitado con intervenciones sencillas como alimentos, vacunas, antibióticos o hidratación oral. Los niños morían de pobreza, de violenta pobreza, de exclusión social.

Hoy, en pleno siglo XXI, en tiempos de auge, pero también de crisis capitalista, la gente sigue muriendo de pobreza, pero hay nuevas formas de morir.

Me impresionó un reportaje sobre las personas que mueren solas en sus casas en Japón, a veces en diminutos departamentos saturados de empaques de comida a domicilio. No es algo excepcional, para el año 2025 (ver reportaje https://www.facebook.com/reel/1036170089339279), según las autoridades japonesas, habrían fallecido 76.941 personas de esa manera, muertas de soledad. Existe incluso un tipo de servicio especial de limpieza para evacuar de esa soledad a los fallecidos y sus pertenencias.

Ello se relaciona también con otro fenómeno que es una epidemia en Japón, Corea del Sur y seguramente en otros países del capitalismo central: los jóvenes y no tan jóvenes (incluso adultos de 50 o 60 años) que no estudian ni trabajan y se encierran en sus casas o en las de sus ancianos padres, a sobrevivir, hasta cuando puedan. En Japón, esas personas se conocen como “hikikomori”, y serían más de dos millones en la actualidad. Generalmente, cuando muere el padre o la madre, que los mantienen con su pensión jubilar, los hijos también están condenados a la muerte.

Muchas veces esas muertes en soledad son ignoradas durante meses por los familiares o los vecinos, que sólo se percatan cuando sienten olores extraños que salen de algún departamento.

¿Cómo se explica ese fenómeno, en una sociedad (la japonesa) que es vista como casi perfecta desde el resto del mundo? Una sociedad que lo tiene todo perfectamente organizado, desde el trabajo, la educación y la salud, hasta el transporte y la recreación. Pero que exacerba el individualismo capitalista, hasta llegar a la falta de calidez y la muerte por soledad.

En los países del capitalismo central, esas muertes por soledad, por aniquilación de proyectos de vida, se relacionan también con las altas tasas de suicidio. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estimaba que, para los primeros años de la década de 2020, la tasa de suicidio a nivel mundial era de 9 muertes por cada 100.000 habitantes, un fenómeno que va creciendo en algunas regiones del mundo, incluida América Latina y El Caribe.

En Corea del Sur, esa tasa (27,5 x 100.000 habitantes, al año 2021) sería tres veces más alta que el promedio mundial. Pero el suicidio ocurre también en gran magnitud en los países más pobres del mundo, del capitalismo periférico; según la misma OMS (datos 2021), Lesoto, encerrado en el territorio de Sudáfrica, es el país con más alta tasa de suicidio en el mundo (28,7 x 100.000 habitantes según OMS, pero según otras estimaciones podría llegar hasta la enorme tasa de 80), en América, Guyana tendría la tasa más alta (24,8 x 100.000 según la OMS y hasta 40 según otras estimaciones). Habría que entender las condiciones particulares de la población en países como Lesoto o Guyana, para explicar esas tasas tan altas. De hecho, las más altas tasas de suicidio, en forma global, estarían en los países de ingresos medios bajos.

En el suicidio, que hay que entenderle como una forma grave de violencia social, pesan tanto las condiciones difíciles del capitalismo central (como la soledad), así como la falta de perspectivas de vida en cualquier parte del mundo, incluyendo la pobreza y falta de trabajo digno. Ir a pelear como mercenarios por intereses ajenos, es también una forma de suicidio.

En Estados Unidos de Norteamérica, el non plus ultra del capitalismo imperialista, de la “democracia” occidental, la población convive también con la soledad y el suicidio. Pero, en las últimas décadas el problema más grave es la muerte por sobredosis u otros efectos del alto consumo de drogas; últimamente de manera especial el fentanilo, sobre todo entre la juventud. Para el comienzo de esta década, 2020, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), las estimaciones preliminares en Estados Unidos de muertes por sobredosis de fentanilo apuntaban a más de 107.000 en el año 2021; ello significa el doble de los soldados norteamericanos muertos en la guerra de Vietnam en una década. Prácticamente la juventud de USA está muriendo por el efecto de las drogas, por la codicia del narcocapitalismo, con el que la oligarquía gringa se siente muy cómoda, aunque aparente ayudar a combatirlo. Los datos oficiales del gobierno de Estados Unidos señalan que esas muertes por sobredosis de fentanilo han disminuido ligeramente para los años 2024 y 2025 (lo cual podría ser dudoso, un ocultamiento de información), en todo caso, continúa siendo un muy grave problema interno que los diferentes gobiernos norteamericanos no han enfrentado de manera adecuada, mientras al mismo tiempo agreden a otros países con pretexto del narcotráfico, mientras bombardean botes de pescadores latinoamericanos.

Los problemas del capitalismo central, incluyendo su crisis económica y sus guerras colonialistas, repercuten en todo el mundo, y lo hacen de manera grave en el Ecuador y Latinoamérica. Recientes reportes de medios como RT o BBC, dan cuenta de como miles de jóvenes latinoamericanos (sobre todo colombianos, brasileños y mexicanos) se dejan engañar por los cantos de sirena de los reclutadores (muchas veces por redes sociales) y van a morir como mercenarios en los conflictos de Ucrania u Oriente Medio. Y no desde ahora, los mercenarios de origen latinoamericano han estado presentes en las invasiones de USA a Iraq y Afganistán desde comienzos del siglo XXI.

Sin embargo, uno de los problemas más graves en la actualidad es la muerte de jóvenes reclutados por pandillas y otros grupos delictivos al servicio del lumpen narcocapitalismo, generalmente con vínculos con los estados y con grupos tradicionales de poder (la aristocracia oligárquica); ello, tanto en el Ecuador como en otros países de Latinoamérica.

El espeluznante panorama dentro de las cárceles ecuatorianas que denunció la valiente periodista Karol Noroña en su reportaje “Encerrados para morir”, no puede ser más revelador de ese grave problema humanitario, que tiene sin cuidado al necro gobierno ecuatoriano de Daniel Noboa. Muchas de las víctimas que mueren de hambre, desnutrición extrema, tuberculosis y otras enfermedades, son jóvenes detenidos como microtraficantes (a veces consumidores confundidos a propósito como tales) u otros delitos menores, presos sin sentencia, que son carne de cañón de la violencia estructural.

Y no sólo en las cárceles ocurre ese verdadero genocidio de jóvenes empobrecidos y racializados. Los barrios populares de las grandes ciudades de Latinoamérica, pero también los bastiones “latinos” y tercermundistas de las ciudades estadounidenses y europeas, son escenarios de prácticas de exterminio estatal y del acoso de grupos extremistas neonazis. El caso del crimen de Estado de los cuatro niños de Las Malvinas en Guayaquil, sólo es uno de los tantos ejemplos de esa política de exterminio, que muchos analistas han definido como parte del necroliberalismo, pero también de necroestados, necrogobiernos. De necrooligarquías y sus vasallos que hoy se han tomado varios gobiernos latinoamericanos con el aval y ayuda de la CIA, del Departamento de Estado gringo y del sionismo internacional, que literalmente están expandiendo una sociedad fascista y asesinando a nuestros jóvenes.

El récord genocida del capitalismo es mayor que en cualquiera de los modos de producción que lo antecedieron: el esclavismo y el feudalismo. Las modernas tecnologías multiplican la potencia genocida. Lo vimos en los campos de concentración y exterminio nazis, en las cerca de 200.000 víctimas civiles de las armas atómicas gringas en Hiroshima y Nagasaki, en los millones de campesinos vietnamitas asesinados durante la guerra de ocupación estadounidense, y en los cerca de 100.000 víctimas del genocidio sionista en Gaza, la quinta parte de los cuales son niños y niñas.

El capitalismo mata de hambre, de soledad, de enfermedad y de otras formas de violencia, de guerras imperialistas. Mata con sus productos nocivos del industrialismo acumulador de riqueza; anualmente son millones de personas en el mundo que mueren por efecto de productos industriales, no sólo armas, sino alimentos y bebidas ultraprocesados, bebidas alcohólicas y productos de tabaco, agrotóxicos y contaminantes químicos.

Por ello es que muchos combatientes contra el capitalismo imperialista y sus atrocidades, prefieren morir en batalla, antes que someterse a la muerte lenta, que, para muchos, es la única opción que ofrece el capitalismo.

Mientras no cambie la sociedad, para bien, los oligarcas (con raras excepciones) seguirán muriendo tranquilamente en sus camas, de viejos; en tanto que los pueblos empobrecidos del mundo seguirán siendo víctimas de la violencia estructural del capitalismo, en todas sus formas, del terrorismo de Estado y de los grupos de poder.

 

[1] El primer Anuario de Estadísticas Vitales de la República del Ecuador lo publicó la Dirección General de Estadística y Censos del Ministerio de Economía, en el año 1954 https://www.ecuadorencifras.gob.ec/documentos/web-inec/Poblacion_y_Demografia/Nacimientos_Defunciones/2018/Historia_nacimientos_y_defunciones.pdf

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