Tatiana Sandoval
29 de marzo 2026
El 12 de febrero de 2024 conversé con Gloria Pavón Julios, primera voz de Las Tres Marías, y con su sobrina Matilde Méndez Pavón, quien tomó el lugar de su madre, María Magdalena, para que la segunda voz del trío familiar no se apagara. Dos años después, las fechas marcarían otra partitura: Rosa Elena, la tercera voz, partió el 14 de noviembre de 2025 y Gloria decidió reencontrarse con sus dos hermanas el 4 de febrero de 2026. Así, Las Tres Marías llevaron al firmamento la sazón afrochoteña de la música De Taitas y de Mamas.
Dicen que preguntando se llega y en la comunidad de Chalguayacu, en San Pedro de Pimampiro, provincia de Imbabura, no hay quien no conozca a Las Tres Marías, eminencias de la música afro. No tengo cita con ellas en este lunes carnavalero. Sin embargo, don Segundo Norberto Mosquera, desde el Centro Cultural El Juncal, me asegura que sí podré encontrarlas. Sigo sus indicaciones.
Mis pasos son conducidos por la algarabía que caracteriza a la gente del Valle del Chota. Avanzo mientras mis pies se empiezan a mover al ritmo de la música bomba. La espuma y los bombazos de agua no faltan. Trato de esquivarlos sin parar de preguntar en cada esquina por Las Tres Marías. —Siga hasta el fondo de esa calle —me dice uno de los moradores.
Un grupo de niños, niñas y adolescentes contagian su alegría marcando los pasos de bomba en las calles de la parroquia El Juncal, en el límite entre las provincias de Imbabura y Carchi.
De repente, me detengo a mirar una de las distintas casas de adobe del lugar, donde varias personas conversan con un tono de voz bastante alto. El instinto me señala que allí es:
—¿Aquí viven Las Tres Marías?
—Tía Matilde, la buscan —grita su sobrino.
Mientras espero la salida de Rosita Matilde Méndez Pavón, una de las voces de Las Tres Marías, y a quien llamaré de aquí en adelante solo Matilde, observo a don Severino Méndez, su padre. Él está sentado en los exteriores de la casa. Suma 93 años de vida y tiene colocada una sonda urinaria. Con voz pausada me dice:
—Yo tocaba la guitarra con La Banda Mocha.
Los recuerdos se activan, pues tuve el gusto de conocer a esta banda en 2017 durante la presentación de su documental y su actuación musical en Cuenca.
Matilde se asoma con su delantal a cuadros y su cabello trenzado. Tiene 61 años. Ella es hija de María Magdalena Pavón Julios, quien fue la segunda voz de Las Tres Marías. Después de una severa batalla contra la diabetes, el 14 de septiembre de 2018, a sus 77 años, decidió descansar. Desde ese entonces, su hija tomó su lugar para acompañar a sus tías Gloria y Rosa Elena Pavón Julios.
A la vuelta de la esquina vive la tía Gloria y hacia allá me pide Matilde que vayamos para dialogar, de una vez, con las dos. La tía Rosa vive al frente, pero a ella no le gusta hablar mucho. Matilde me comenta que a todos los medios de comunicación que la visitan les dice que su sobrina y su hermana ya lo dicen todo.
Gloria Pavón posa alegre en su casa con su bandeja de guandul.
En una vivienda sencilla y gestionada con el Ministerio de Desarrollo Urbano y Vivienda (Miduvi), con la puerta abierta, sentada y desgranando guandul, frijol con el que se prepara un plato típico de los afros que lleva el mismo nombre, se encuentra Gloria, la primera voz del trío. Este mes de febrero cumplirá ochenta años. Un pañuelo blanco cubre su cabeza y me doy cuenta de que los anillos son sus accesorios favoritos. No puedo dejar de expresarles lo afortunada que me siento de estar con dos de Las Tres Marías.
Matilde me pide que tome asiento en la cama para iniciar la conversa. Gloria continúa con su labor. El calor sofoca y los mosquitos se aprovechan de la nueva sangre que llegó. No obstante, la tertulia fluirá con la sabiduría y la facilidad que tienen Las Tres Marías para contar las cosas con seriedad y gozo al mismo tiempo. En una habitación permanece el esposo de Gloria en total silencio. Él se encuentra bastante enfermo. Debajo de la cama hay una vasenilla. Al cierre de la plática, alcanzo a mirarlo y sus ojos me dicen que nos escuchó con atención. Matilde empieza relatando que cuando su mamá vivía, les hicieron un documental.
—Yo andaba siempre con ellas a todos los lugares donde tenían presentaciones, porque yo las preparaba, las arreglaba para que salgan guapas. Entonces, a raíz de eso, también aprendí los cantos.
Antes de cantar, Matilde bailaba el congo bantú. Esta danza le enseñó su madre desde que era una niña. Congo Bantú también fue un grupo musical donde cantaban sus hermanos, su esposo, sus cuñados y toda la familia. Y es que, en el Valle del Chota, la música es una herencia inevitable que corre por las venas de quienes han tenido la dicha de nacer aquí para ir por la vida cantando y retirarse del mismo modo. Como no podía ser de otra manera, los cuatro hijos de Matilde también disfrutan de la danza y las trovas.
Con indignación recalca que su mamá, al ser conocida local e internacionalmente, no la dejaban en paz, a tal punto que, estando en el hospital, iban a entrevistarla.
—Le preguntaban que si, en caso de que ella fallezca, a quién le gustaría que ocupe su lugar. Ahí dijo mi mamá: «Mi hija, porque ella es la que siempre me acompaña».
A los quince días de su muerte, por el Día del Negro, vio en Ibarra un rótulo bien grande con la fotografía de su mamá que le causó llanto, pues le daba la sensación de que ella todavía estaba viva. Aprovechó la ocasión para pedirle que le diera ánimo para poder cantar, aunque no lo hiciera tan bien como ella. Al contar esto, el sentimiento de tristeza la invade. En ese momento, Gloria interviene para expresar que sus inicios fueron con la guitarra.
—Empezamos ganando un festival en El Juncal. Luego nos llevaron al coliseo de Ibarra. Pero fue Enrique Males el que nos enseñó a nosotras.
Males es un músico y compositor kichwa imbaya reconocido por su canto espiritual. Gloria continúa para decir cómo fue que lograron encontrar su propio estilo de interpretación vocal. Esto implicó abandonar la guitarra.
—Le dije a mi hermana: «Con guitarra no funciona bonito. Hagamos tipo banda. Yo sigo la trompeta, usted sigue el bajo y la otra me acompaña en la voz». Justo nos llevaron a Mascarilla. Ahí fue cuando unos jovencitos le han ido a contar al alcalde de Ibarra que nosotras hacíamos una música tipo banda, pero sin instrumentos. Entonces, nos llevaron a la fiesta de Yaguarcocha, donde al final nos preguntaron: «¿Con qué tocaron ustedes?». Les dijimos: «Con la boca, pues».
Las Tres Marías se caracterizan por imitar con su boca sonidos de la trompeta, tambores y cornetas. Esto se combina con sus cantos y la participación de otros instrumentos, entre ellos la bomba hecha con cuero de chivo. Además, danzan con la botella en la cabeza.
—Este chistecito nunca pensé que iba a salir bien —confiesa Gloria. En ese instante a su mente llega Lindberg Valencia, docente y marimbero de San Lorenzo-Esmeraldas, quien reside en Quito.
—Lindberg nos vino a ver y nos pidió que tocáramos una musiquita para oírnos.
—Pata pata patarara, pata pata patarara, pata pata patarara. Pam pam pam ra ra, pam pam pam ra ra, pam pam pam ra ra baaa…
—Eso sí, está bueno —me dijo Lindberg y enseguida nos preguntó: «¿cuánto nos va a cobrar?» Yo le dije: «¿cuánto nos va a pagar?» Él no tardó en decirnos trescientos dólares.
Ese valor la sacudió de la emoción y hasta ahora la hace temblar, que al rato en que lo cuenta simula caerse de la silla de la impresión. —Con esa cantidad empezamos —reafirma Matilde, a lo que su tía comenta que en Esmeraldas les gustó su presentación y de ahí las llevaron a Quito, a la Casa de la Cultura.
—¡Ay, Diosito lindo!, cómo le agradezco a él.
Gloria se refiere a Lindberg, quien siempre las llevó para todos lados donde él se presentaba.
Después se fueron para Colombia, a Cali y Buenaventura. En Ecuador se han presentado en Muisne, Cuenca, entre otros sitios. Antes de que llegara la pandemia de la COVID-19, estaban a punto de viajar a Loja. «Llegó la pandemia y nos hizo leña», comienzan los versos de Gloria, donde se expresa su riqueza oral.
—A mí me gusta hacer bailar a la gente, por eso estoy mal, porque no me llevan.
Sus presentaciones desde 2020 quedaron truncadas. Para no quedarnos en la pena, les pregunto de dónde tomaron la decisión para hacerse conocer musicalmente como Las Tres Marías. Gloria y Matilde me explican juntas que al principio se llamaban Las Tres Milencas, nombre que adoptaron de una telenovela colombiana. Así se presentaban hasta que llegó Lindberg y les sugirió que se pusieran Las Tres Marías. Con este apelativo despegaron y ya después los comentarios eran que hasta en España las conocían y que sus actuaciones estaban recorriendo en vídeos por el mundo entero.
—Ya me conocen en la televisión, ¿cuándo iba a pensar eso? Ahora usted aplasta en TikTok y ahí sale todito —manifiesta Gloria con gran ternura.
Mientras tanto, Matilde, no con gran encanto, expresa que muchas de las veces los pobladores de Chalguayacu le dicen: «Venga a ver este vídeo que ha salido en YouTube». Ella no duda en responder:
—Vea, yo ya estoy cansada de estarme viendo a cada rato.
En 2004, Matilde fue elegida coordinadora de Mujeres Negras de la provincia de Imbabura. En la actualidad, admite que ya no asiste mucho a las reuniones de esta coordinación por falta de tiempo, ya que también está al frente de otros grupos como la Pastoral Afro y el movimiento Juan XXIII. El diálogo se interrumpe con el ingreso de uno de los hijos de Gloria que anda entonado con los tragos y el Carnaval. Matilde me dice que ella ya mismo se va a jugar.
—A mí me gusta por demás el Carnaval. Yo me sé ir a Pimampiro los domingos a vender para luego, lunes y martes pasar jugando.
A Pimampiro se va a vender el guandul con chuleta y ensalada. Otro de los platos que prepara es la chicha de arroz, el seco de pollo, el menudo de chancho con yucas y el caldo de patas. Es imposible que no se haga agua la boca al pronunciar cada plato.
Gloria sigue desgranando guandul y afirma que con eso se mantienen, pues es bien vendible. Sus lugares para la venta son Otavalo, Ibarra, Tulcán y Quito. Les pregunto si continúan haciendo presentaciones y responden que el 8 de marzo, por el Día Internacional de la Mujer, estarán en Quito. Aún no saben bien en qué parte. A Matilde la contactan; por este motivo no puede cambiar de número de teléfono.
—¿Con qué tiempo de anticipación ensayan? —les consulto.
—Unos tres días nomás.
Un grupo de niños, niñas y adolescentes contagian su alegría marcando los pasos de bomba en las calles de la parroquia El Juncal, en el límite entre las provincias de Imbabura y Carchi.
Se preparan en la casa de Gloria o de Matilde. Son seis músicos en total los que participan entre hombres y mujeres. El hijo de Matilde toca el güiro y su sobrino el bombo grande. Con todos estos instrumentos se arma una verdadera fiesta que alivia todos los males. A propósito de esto, Gloria cuenta la siguiente anécdota:
—A mí me gusta cuando la gente baila. Cuando baila, pongo más ritmo para cantar. Recuerdo que en una presentación en Quito estaba bien enferma, venía recién de Ambato. ¿Y ahora, podré yo, podré cantar después de salir del hospital? Ja, cuando llegué, una hora parada cantando. ¡Qué gusto me daba al ver cómo se movían esas caderas! Puro gringo, cómo se movía. Mis dos mil dólares a la lista [una risa estrepitosa suelta Gloria].
Matilde también se dedica a curar el espanto a los niños con «las puntas», la colonia, la oración al espíritu santo y la magnífica. Garantiza que su trabajo es más efectivo que el de los doctores que les mandan un montón de remedios que no les hacen nada a los niños.
—Aquí se les da paico a los guaguas cuando nacen para limpiarles el estómago. Con la misma leche de la mamá se aplasta la hierbita, unas dos hojitas. Pero, ahora, las mamás son bien descuidadas.
Gloria ya está rebobinando una de las cosas que nunca se le escapa decir en todas las entrevistas que le hacen. Menos mal que tampoco lo olvida conmigo. Se trata del hueso de res que antes se usaba para darle sabor a los caldos que llevaban yuca o camote. Lo curioso de esto es que ese hueso iba de casa en casa.
—Comadre, présteme un ratito su hueso para hacer el caldo. Así nos decíamos —rememora Matilde.
Se podría decir que ese hueso era un sazonador comunitario. Pero no solo eso ha cambiado. En los nuevos tiempos también se ha llegado a diversificar los estilos y las formas de llevar las trenzas. Cuando buscaba a Las Tres Marías, pude percatarme de que, en las casas donde particularmente la lavandería parece ser la entrada principal, niñas y mujeres adultas lavaban con gran esmero sus pelucas. Para no quedarme con la curiosidad, le pregunto a Matilde.
—Justamente este mes de febrero es el Carnaval. Usted ha de ver a todas las negritas con las trenzas… Unas tienen su propio pelo, otras se ponen. El Señor a unos nos deja de una manera y a otros de otra manera. A unos nos deja con un buen pelo, a otros sin pelo y a otros bien motosos. Ahora hay extensiones, pelucas, peluquines. Por eso, a una negra que así sea fea, el pelo le acomoda.
Esto que dice Matilde con mucha seriedad no evita que podamos reír junto a Gloria. El peinado con trenzas es una tradición ancestral afro. La diferencia es que antes las trenzas solo se hacían con el propio pelo. A Matilde sus sobrinas la han peinado. Ella no niega que una parte de sus trenzas sean naturales y otras artificiales. Este peinado le dura de dos a tres meses. El problema es que después de cada baño, el cabello tarda en secarse por completo cerca de tres días. Gloria agrega que ella peinaba a su sobrina cuando era pequeña y que en ese tiempo era bien pelona.
La conversación está bien entretenida. Siento que podrían pasar muchas horas, pero no quiero que Matilde se pierda el Carnaval que a todos inquieta en El Chota y que además se ha convertido en un atractivo turístico. Sin mayores dilaciones, Matilde habla sobre la discriminación racial desde su experiencia.
—El racismo ahora sí se apagó un poco, porque antes, cuando uno se subía a una buseta para irse a Ibarra, a uno no lo querían dejar sentar, yo me acuerdo. Alguien se subía a la buseta y los otros pasajeros comenzaban a taparse la nariz, como si uno estuviera podrido.
Gloria no puede contener la indignación en una risa disimulada. Matilde continúa a todo pulmón.
—Un día me iba a Ambato y apenas me subí a la buseta, una señora se tapó la nariz y quería que me sentara atrás, no adelante. ¡Qué sentimiento me dio! ¡Oh, yo le di mis dos manazos a esa señora por abusiva! «¿Qué te crees? ¿Acaso porque soy negra? Te corto tu cara y me corto mi cara y sale la misma sangre», le dije. La piel nomás es negra; de ahí uno debe tener la conciencia limpia.
Hay mezcla de ira y dolor en Matilde al recordar este mal momento. En sus palabras también hay tenacidad.
—Mi piel es bien firme, negra soy y negra moriré.
«Con estos zapatos negros se viste la mejor dama» es otro de los versos que Gloria hace calzar con precisión en este punto de nuestra conversación, donde hablar de discriminación no es nada sencillo. Me surge la inquietud por conocer si decir la palabra «negro» o «negra» significa para ellas un acto racista. Matilde responde:
—A mí no me molesta que me digan negra, pero si me dicen morena, ahí sí no me gusta, porque moreno es el toro. A mí tampoco me gusta identificarme como afroecuatoriana. Eso salió recién como moda para pulirnos un ‘pite’. Negro tiene que ser, porque somos negros.
Gloria alza su voz y lo corrobora.
—La propia palabra es negro.
Luego empieza a cantar. Su hermana María Magdalena ha vuelto a ella con la memoria.
—Si me voy, si me voy, te juro que nunca jamás volveré. Ruega a Dios, ruega a Dios que algún día tendremos que volver. Pata pata patarara, pata pata patarara, pata pata patarara. Pam pam pam ra ra, pam pam pam ra ra ba. Se fue mi hermana —lo dice chocando las palmas de sus manos para que las lágrimas no se apoderen de sus ojos.
Así son dos de Las Tres Marías. A la tristeza y a la alegría les ponen música desde el Valle del Chota, lugar donde durante la colonia se esclavizaron a los negros para el cultivo de la caña de azúcar y otros productos.
Antes de retirarme de la casa de Gloria, voy lentamente mirando las fotografías de sus familiares que están colgadas en la pared. En una de ellas están las tres hermanas: Gloria, Magdalena y Rosa. En otra, en blanco y negro, se encuentra su padre, quien tocaba en la Banda Mocha la flauta de carrizo que él mismo fabricaba. Es la clara demostración de la herencia musical. Tampoco quedan dudas de que en cada imagen hay una sonrisa sincera que los afrochoteños han sabido mantener, pese a la historia de esclavitud, la pobreza extrema y su lucha permanente por el reconocimiento.
Me despido de Gloria, y como aquel que no se quiere ir, no dejamos de abrazarnos. Nos hicimos familia en un tiempo tan corto. Voy saliendo de su casa junto a Matilde. En el camino ella va saludando y avisando que ya se une al Carnaval. Estamos de vuelta en su casa y esta vez la espero a que salga con los CD de Las Tres Marías. En uno de ellos le pido que me regale un autógrafo que enseguida se acompaña de un fuerte abrazo. También me despido de su padre, Severino. Su humildad los hace grandes.
En el camino de retorno hay muchos niños y jóvenes que se dirigen al Río del Valle del Chota. Debajo del puente de El Juncal ya está armada la tarima para seguir con la fiesta en la que todos se mojan al compás de la bomba y la salsa choke.
La caña de azúcar sigue siendo el motor de la economía en el Valle del Chota. En el camino me encontré a varios de sus habitantes pelando las cañas.


